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Crítica: 'Point Break (Sin Límites)', con Edgar Ramírez y Luke Bracey

El único mérito del remake de'Le llaman Bodhi' es, precisamente, confirmar el estatus de culto de la anterior.

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Hay un momento en esta Point Break (Sin límites), remake confeso del mitificado filme de acción noventero Le llaman Bodhi, que define perfectamente el tipo de filme ante el que estamos. Después de la muerte de uno de los miembros del equipo de deportistas-atracadores (¡!) que protagoniza el filme, Bodhi (Edgar Ramírez) y Johnny Utah (Luke Bracey) queman su cuerpo en una pira funeraria vikinga... mientras alrededor se monta una rave al estilo Chimo Bayo, sólo que más pija. Una idea que de tan descabellada sólo puede ser deliberada, por mucho que el show orquestado por el director de fotografía Ericson Core nunca sea del todo consciente de sus bazas.

Es una pena, como decimos, que el resto del filme tampoco acabe de volverse loco, sobre todo teniendo en cuenta la ausencia de otros elementos. Porque aquí ni siquiera existe el gancho humano del anterior Le llaman Bodhi, un filme que quizá en sí mismo no era un clásico del cine, pero que sí se guardaba un buen número de ases en la manga muy bien utilizados que, al menos para quien esto escribe, justifican su estatus de culto. Para empezar, dos estrellas (Patrick Swayze y Keanu Reeves) en la cumbre de su belleza masculina y sensualidad, por no hablar de una directora (Kathryn Bigelow) de enorme poderío visual, y a la que sólo le faltaba un leve empujón para salir del cascarón (ese filme fue el prodigioso Días extraños, de 1993). No faltará el menosprecio en la comunidad crítica hacia Le llaman Bodhi, por no hablar del olvido de los nuevos espectadores, pero en todo caso es suficiente para convertir esa idea original en, al menos, una buena muestra del cine de acción de su época.

El éxito de la saga Fast & Furious, cuya primera entrega de Rob Cohen ya era una actualización bastante maja de aquélla, y la nostalgia por los filmes testosterónicos de esa época han sido la excusa necesaria para la realización de éste, un trabajo mediocre y sin gracia firmado por el director de fotografía Ericson Core. El guión de Kurt Wimmer para esta Point Break cambia Los Angeles por un escenario natural e internacional, al tiempo que añade algunas ideas bien tiradas (ese gusto por los patrocinios de la era Youtube) puntuadas por ciertos guiños a la película anterior y las inevitables ideas subversivas con las que, en ocasiones, el guionista de Un ciudadano ejemplar adorna sus libretos. Pero nada de esto es suficiente para arrancar el nuevo invento, culminado con una excusa ecologista que resulta ridícula, insuficiente. Lo grave es, sin embargo, la falta de ironía y maldad del filme, y el hecho de que, en conjunto, éste carezca de todo el carisma del de Bigelow. El nada disimulado aroma filo-gay de la amistad de Bodhi y Utah, mitad adversarios mitad amigos, no añade una particular diversión a la misión dada la falta de aliento humano del conjunto. Point Break no es una mala película por lo que es (aunque quizá sí) sino porque no sabe balancear su particular ecuación de estupidez y seriedad, rechazando además la exuberancia y colorido del anterior con una fotografía desaturada y mustia que trata de resultar cruda pero sólo refleja la escasa pasión de este largometraje sobre machos presuntamente pasionales. Todo muy lejos de la sensualidad del filme de 1990.

Point Break enfatiza la idea de los deportes de riesgo, convertidos aquí en el único motor del relato en ausencia de personajes y motivaciones. En este sentido, sus abundantes escenas de acción -en las que los efectos visuales se han reducido al mínimo, confiando en la labor de especialistas- son lo mejor del conjunto, pero Ericson Core para literalmente la película cada vez que tienen lugar. El resultado es que anulan del todo el elemento de intriga policial que antes sí existía, si bien en clave de filme de acción ochentero, y que aquí apenas sirve para dar inicio y cierre a la aventura. No, el viejo Bodhi no tiene pinta de dejarse caer esta vez.

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