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Los sesos de Jayne Mansfield

La Marilyn de baratillo sabía cómo venderse. Este jueves se cumplen 50 años de su muerte.

Rosa Belmonte
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Jayne Mansfield | Cordon Press

A John Waters siempre le ha gustado más Jayne Mansfield que Marilyn Monroe. La chica de segunda clase frente a la de primera clase. La Marilyn de baratillo. Pero sabía cómo venderse. Cuando iba a casarse con Mickey Hargitay en la Wayfarers Chapel diseñada por el hijo de Frank Lloyd Wright (o sea, Lloyd Wrong), lanzó sobre Hollywood miles de tarjetas rosas que invitaban a verla casarse a través del cristal con hora y emplazamiento (tuvo mucha más premeditación que Lolita en su ingenuidad hablando con Íñigo). Al día siguiente, la mamá de Mariska Hargitay estaba en todas las portadas. El Herald Examiner contaba que se presentaron 8.000 personas y que 1.500 burlaron a la policía y consiguieron llegar a los pies de la capilla, desde donde observaban y gritaban "¡We want Mansfield!, ¡We want Jayne!".

Mansfield se fue al otro barrio más joven que Monroe. 34 frente a 36. Edades a las que da asco morirse. El jueves se cumplen 50 años de la desaparición de Jayne Mansfield, que perdió la vida el 29 de junio de 1967 en una carretera de Louisiana camino de Nueva Orleáns. Aunque su cabeza no desapareció, pese a la leyenda de que murió decapitada en el accidente de coche. Fue una peluca lo que se vio en el capó. Carole Lombard sí perdió la cabeza cuando su avión se estrelló en 1942. Clark Gable no pudo identificar a su mujer porque estaba carbonizada y con la cabeza separada.

Jayne había nacido en 1933 en Bryn Mawr (Pensilvania), donde está la universidad pija en la que estudió Ana Patricia Botín, aunque de niña se fue a vivir a Texas y empezó a participar en producciones teatrales mientras estudiaba Arte Dramático en la Universidad de Dallas. Fue una de las estrellas femeninas destacadas de los años 50 y 60. Bette Davis decía que para Jayne Mansfield el arte dramático era cómo rellenar un jersey. Que Bette Davis hable de ti, aunque sea en términos bitchescos, es síntoma de que eres alguien. Con 1,68 de altura, sus medidas eran 102-56-89. Esa cintura imposible se ve perfectamente en Una rubia en la cumbre (1956), que tanto gustaba a John Waters desde que la vio a los 10 años. Era su secreto infantil hasta que encontró a Divine, su propia Jayne Mansfield. "Bueno, un cruce entre Jayne Mansfield y Godzilla", bromeaba el director.

La despampanante jovencita, que retomó sus estudios en UCLA, empezó a participar en concursos de belleza y como modelo en revistas. Cuando debutó en el cine, su papel era el de rubia explosiva. Y siguió siéndolo a lo largo de su carrera. Lo era en El blues de Pete Kelly (1955), con Janet Leight y Peggy Lee o en La sirena de las aguas verdes (1955), película dirigida por John Sturges y coprotagonizada por Jane Russell, otra escuchimizada. Quizá dos de sus mejores películas fueran Bésalas por mí (1957), dirigida por Stanley Donen y con Cary Grant, o Una mujer de cuidado (1957), de Frank Tashlin, que ya había dirigido su relleno de jersey en Una rubia en la cumbre. De ese año es la famosa foto en la que Sofía Loren le mira el escote. Años después, la italiana contó que tenía miedo de que aquello fuera a caer sobre su plato.

Cuando se casó con Hargitay, después de divorciarse de Paul Mansfield, siguió teniendo hijos y se retiró temporalmente. Volvió en 1959 con La rubia y el sheriff (1959), de Raoul Walsh. También la dirigió Terence Young en Too hot to handle (1959). Su carrera continuó en el nicho de la medianía, pero seguía trabajando su estrellato acudiendo a todos los sitios donde la invitaban. También se había divorciado del cachas Hargitay y casado con Matt Climber, con quien tuvo un quinto hijo llamado Antonio. Hablaba cinco idiomas. Y gastaba un cociente intelectual de 163.

Jayne tenía con Marilyn muchas coincidencias. Al menos en hombres a los que se había cepillado. Entre ellos, John y Robert Kennedy. Pero también el Papa Negro, el siniestro Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán (al parecer, un tipo de grandes prestaciones en la cama). En ‘The secret life of a satanist: The authorized biography of Anton LaVey’, habla de ambas como amantes de la literatura. Marilyn cargaba con pesados libros y pasaba el tiempo con gente inteligente para absorber conocimientos. Jayne era capaz de aprenderse de memoria cualquier tocho (en ese momento ‘La Biblia Satánica’ de La Vey). Marilyn le insistía en que leyera ‘Del amor’, de Sthendal. Jayne quería que leyera Historia de O, de Dominique Aury. También I, de Jan Cremer.

Según Jardiel Poncela, en Hollywood uno no sabe si ha visto veinte rubias o veinte veces la misma rubia. Pero no se habría cruzado con estas dos. Sobre todo, con Jayne Mansfield.

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