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Desde que vi a Connery en 'La liga de los hombres extraordinarios', siempre he envidiado a los ancianos.

Luis Herrero Goldáraz
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Desde que vi a Connery en 'La liga de los hombres extraordinarios', siempre he envidiado a los ancianos.
Sean Connery | Cordon Press

La primera vez que Sean Connery me hipnotizó yo tendría unos diez años y él hacía de Allan Quatermain en La liga de los hombres extraordinarios –soy millennial, no me lo tengan en cuenta–. Me acuerdo bien de ese momento porque durante bastante tiempo anduve por el colegio diciendo que ese hombre canoso de puntería legendaria era mi actor favorito. Teniendo en cuenta la calidad de la película, entenderé que lean lo que resta sin darme demasiado crédito. Y tendrán razón. Al fin y al cabo, juraría no haber visto más de cinco papeles suyos en toda mi vida. Lo que pasa es que yo no he venido aquí a hablar de Sean Connery, el actor. Yo he venido aquí a homenajear al viejo que sólo necesitó dos tomas para borrar de mi mente al resto de protagonistas con los que compartía pantalla y convencerme, al mismo tiempo, de que ningún jovenzuelo podría protegerme mejor que él durante una amenaza planetaria. Estoy casi seguro de que aquella fue la primera vez en que me reconocí admirando mucho más la sabiduría que la fogosidad. Desde entonces siempre he envidiado a los ancianos, con su calma llena de conocimiento y su saber vivir después de años de no haber hecho otra cosa. Pienso a menudo en eso. Al final de La liga de los hombres extraordinarios, Quatermain moría como mueren los grandes mentores, igual que Jim Malone en Los intocables de Eliot Ness, y yo ahora me doy cuenta de que el viejo zorro de Connery llevaba décadas preparándonos para su partida, consciente antes que nadie de que no hay orfandad que llegue nunca en buen momento.

Para un grupo de jóvenes incautos, Sean Connery no es James Bond. A lo sumo es el padre de Indiana Jones. Para mí es el hombre que desaparecía por arte de magia al final de La Roca y del que después nadie se creía realmente que había podido morir volatilizado. Así de puto amo era John Mason. Entenderán entonces que no me extrañe lo más mínimo su faceta de galán hollywoodiense, por más que todo lo anterior a su etapa de senex me haya llegado en forma de legado, que es la palabra que yo utilizo para referirme a las anécdotas que cuentan de alguien terceras personas. En una escena de El caso Slevin –por seguir hablando de películas malas pero vistosas–, el personaje interpretado por Josh Harnet se enamora de Lucy Liu cuando, en mitad de una discusión acerca de quién es el verdadero Bond, ella zanja cualquier posible réplica susurrándole al oído un “Viva Escocia”. Tal vez esa sea la prueba más elocuente que demuestre que Connery ha trascendido su condición de actor y ya comparte espacio con el resto de cosas que no necesitan ni ser nombradas para generar consenso. Ni siquiera importa realmente si tenía talento o si revolucionó el método. Simplemente, jugaba en una liga distinta.

Sucede con muchos famosos que cuando salta la alerta de que han muerto la gente se sorprende de que siguieran vivos. Pero lo de ahora es diferente. No voy a decir que su muerte sea inverosímil, pero sí que tiene menos peso, como si de pronto ese trance fuese menos trágico una vez él ya lo ha pasado. Esto me ocurre porque todavía tengo en la retina aquella primera vez que me hipnotizó, como he contado, en esa película tan mala que acababa con un primer plano de una tumba en la que la tierra comenzaba a removerse. Intuyo que de alguna manera sigo creyendo que no es posible que el héroe muera definitivamente, ni que los niños asustados tengamos que aprender alguna vez a vivir sin el apacible manto de su protección.

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