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El franquismo como continuidad

A Franco le apoyó siempre una buena porción de españoles, incluidos vascos y catalanes.

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El fenómeno del franquismo ha sido visto más bien con la óptica de la comparación con los regímenes totalitarios fascistas. Lo han tratado así los hispanistas extranjeros, y muchos nacionales han seguido sus pasos. Copiar es más fácil que pensar. Prefiero el tratamiento de Juan J. Linz al considerarlo un "régimen autoritario" sui géneris. Añado que se entiende mejor si lo observamos como una continuidad del régimen oligárquico de la Restauración. La prueba es que la España de Franco no fue invadida por los aliados de la II Guerra Mundial. Es más, Franco abrazó a Hitler pero también a Eisenhower. El manifiesto de Franco del 18 de julio de 1936 termina con este grito: "¡Libertad, igualdad, fraternidad!". Poco fascista parece.

Franco no fue un ideólogo, no fundó un partido. Lo del Movimiento, como tantas otras cosas, fue pura retórica y plástica decorativa. Si acaso, las únicas ideologías que suscribió fueron negativas: contra el caos de la República, contra el comunismo. Por encima de todo, lo que le interesó fue el orden público, que el cuartel (España) estuviera limpio y en permanente estado de revista. Personalmente, lo que Franco pretendió fue legitimarse como un rey absoluto ("por la gracia de Dios"), algo prepóstero. Aunque pueda parecer extraño, a Franco le apoyó siempre una buena porción de españoles, incluidos vascos y catalanes. No en vano Franco ganó una larga y cruenta guerra civil.

Franco trajo de Inglaterra el Estado de Bienestar, solo que no tuvo medios para poder financiarlo. Además de una imitación de la moda inglesa del momento, trató de continuar la tradición castiza del Instituto de Reformas Sociales de principios del siglo XX. Se sumó también a las ideas industrializadoras de Miguel Primo de Rivera, otra controvertida figura. Era una especie de paternalismo obrerista, con el impulso de las obras públicas, pero sin veleidades democráticas.

Franco supo evolucionar desde la onerosa autarquía de los años 40 y 50 a una especie de capitalismo modernizante a partir de los años 60. Se propuso y logró industrializar el país gracias al esfuerzo acumulado de una generación de españoles. La fórmula consistió en hacer que se enriquecieran las clases empresariales, pero con la condición de que no interfirieran en el Gobierno. Linz los llamó "privilegiados impotentes". Por cierto, el notable éxito económico coincidió con el final del franquismo. No fue un obstáculo para que se transitara tranquilamente hacia una democracia plural y de partidos. La transición no procedió del exterior sino de las fuerzas interiores, también de los falangistas que se pusieron camisa blanca.

Podríamos aprender la lección de que la bonanza económica no legitima la continuidad de los Gobiernos. Pero sería mucho pedir que los españoles aprendieran de la Historia.

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