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Carta lacrada a Pablo Iglesias (5)

El callejero del Ensanche de Barcelona es, si bien lo miras, un repertorio de puro nacionalismo español.

José García Domínguez
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Wikipedia

Caro Pablo:

En la carta de la semana pasada, lo recordarás, ya te puse en guardia ante la llamada Renaixença, ese tocomocho intelectual que constituye la piedra Rosetta del relato romántico sobre la recuperación de la lengua a principios del siglo XIX merced a una pretendida toma de conciencia identitaria por parte de la entonces emergente burguesía catalana, el cuento patriótico que todos los escolares catalanes aprenden e interiorizan en los colegios desde bien niños. Las mitologías nacionalistas, como tú conoces mucho mejor que yo, suelen ser muy similares entre sí, casi calcadas las unas de las otras podría decirse. Y ese remitir los orígenes primeros de la toma de conciencia nacional a movimientos literarios que, a través de la vindicación de la lengua, lograrían liberar de su adormecida postración al genuino espíritu del pueblo constituye algo muy común a todos los nacionalismos europeos, los que surgieron como setas a principios del XIX. Llámese la pequeña nación oprimida Cataluña, Galicia, Serbia, Chequia, Grecia o Irlanda, que eso es lo de menos, la periodificación mitológica que establecen los nacionalistas sobre sus propios orígenes responde siempre a una misma sucesión de secuencias. En una primera fase, la germinal, un grupo de poetas y prosistas imbuidos de los más elevados sentimientos patrios darían forma a una corriente estética empeñada en purificar la lengua propia, postulado su uso exclusivo como vehículo de expresión individual y colectiva. En la segunda, ese primer empeño gramático y sentimental adoptaría la forma ya madura de un movimiento político llamado a promover la plena soberanía territorial mediante la creación de un Estado propio. La tercera, en fin, sería la de la consumación plena de ese proyecto nacional segregado. Así, al igual que en la religión hindú la Tierra es sostenida por los lomos de cuatro elefantes gigantes que, a su vez, apoyan sus patas sobre el descomunal caparazón de una tortuga superlativa, el proyectado golpe contra la Constitución que la Generalitat tiene previsto cometer el próximo octubre se sustenta todo él en la legitimación mítica que le ofrece el cuento decimonónico de la Renaixença. Ya ves, Pablo, que, aunque lo parezca a primera vista, este que nos ocupa no es un asunto baladí. Pero el problema del cuento es que no es más que eso, un cuento.

Las ciudades, Pablo, son libros que se leen con los pies. Y si lees con un poco de atención –y de olfato político–, la Barcelona del famoso Ensanche que ideó el ingeniero Cerdá, o sea la Barcelona de la burguesía triunfante de principios del XIX, la misma que derribó las murallas de la ciudad medieval, descubrirás las primeras grietas de sentido lógico en el relato nacionalista, ese de la pretendida Renaixença. Repara, Pablo, en la carga simbólica de los nombres con los que aquella presunta burguesía catalanista decidió bautizar las principales arterias, las más nobles, de su nueva y flamante urbe. Porque algunas se llamaban, y todavía se siguen llamando, Consejo de Ciento, Diputación, Roger de Flor o Gran Vía de las Cortes Catalanas, pero otras, y no menos importantes que las primeras, responden por Bruc, Tetuán, Numancia, Pelayo (¡Pelayo!), Caspe… ¿Toda una élite dirigente imbuida de un incipiente sentimiento antiespañol que elige bautizar Pelayo y Caspe a dos de las principales calles de su recién estrenada capital? Convendrás conmigo, Pablo, que esa historia, la del nomenclátor de Barcelona, no hay por dónde cogerla en clave nacionalista catalana. Catalana no, pero española sí. A fin de cuentas, esa sopa menestra, la mezcla de referencias espaciales que remiten a personajes, instituciones y episodios memorables tanto de la historia de Cataluña como de la del resto de España tenía un objetivo político evidente: incorporar elementos específicamente locales, esto es catalanes, al gran retablo iconográfico del nacionalismo español en construcción. Aunque tu afluente Pisarello seguramente no tenga ni la más remota idea del asunto, las calles Lepanto o Bruc se llaman así por el destacado papel que los catalanes tuvieron en esos hitos de la historia nacional de España, no por ninguna otra razón. Sí, Pablo, sí: el callejero del Ensanche de Barcelona, ese supremo orgullo arquitectónico de la burguesía catalana de la primera mitad del XIX, es, si bien lo miras, un repertorio de puro nacionalismo español. Mas volvamos a la lengua, el asunto que aquí nos convoca. ¿No te parece, como mínimo, extraño que el muy acelerado proceso de castellanización de las clases acomodadas y dirigentes de la Cataluña de principios de siglo coincida en el tiempo con la instauración de los Juegos Florales, esto es, con la supuesta recuperación del catalán como lengua nacional? ¿Y no te parece más raro aún que los mismos burgueses, políticos e intelectuales que promovieron los Juegos Florales fueran también ellos mismos los primeros que se estaban pasando en masa al castellano, tanto en su forma oral como en la escrita, en sus actividades públicas cotidianas? Esa aparente contradicción, convendrás conmigo, resulta más difícil aún de explicar que lo de Don Pelayo. Repara, por ejemplo, en que la Taula de Canvi de Barcelona, que por cierto fue el primer banco público de Europa (se fundó en 1401), nombre que a ti tal vez te recuerde el de una revista homónima del PSUC, aquella en la que ejerció su magisterio Manolo Vázquez Montalbán, quien tanto influyera en tu etapa de formación como intelectual y académico, continuó utilizando el catalán para elaborar sus libros de contabilidad hasta fecha tan tardía como 1838. Pero ese de los libros era un ritual casi litúrgico. Los honrados burgueses que llevaban aquellas anotaciones en la lengua tradicional ya se habían pasado al castellano, y de forma entusiasta, en sus tratos comerciales y demás actividades sociales diarias. ¿A ti te parece pertinente, Pablo, que todavía se pueda seguir tildando de renaixença a algo así? La verdad, o sea lo en Cataluña innombrable, Pablo, es que una burguesía, la catalana, comprometida de forma decidida, activa y entusiasta con un nacionalismo, el español, estuvo por aquel entonces dispuesta a renunciar de grado a su lengua propia en beneficio del proyecto nacional ibérico, que, por cierto, también aspiraba a dirigir. Esa, Pablo, es la dura verdad que los catalanistas contemporáneos no pueden admitir.

La Renaixença, como ves, es el timo de la estampita nacionalista. La próxima semana te lo ampliaré.

Tuyo afectísimo.

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