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Pedro Fernández Barbadillo

La letal 'dama española'

Los remedios para detener la expansión del coronavirus son los mismos que los aplicados hace mil años: aislamiento y cuarentena.

Pedro Fernández Barbadillo
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Los remedios para detener la expansión del coronavirus son los mismos que los aplicados hace mil años: aislamiento y cuarentena.
Cordon Press

La difusión del coronavirus ha mostrado la fragilidad de nuestras sociedades y uno de los lados oscuros de la globalización. Un virus desconocido contra el que no hay remedio se transmite de una manera veloz debido a las comunicaciones. Y los remedios para detener su expansión son los mismos que los aplicados hace mil años: aislamiento y cuarentena.

La ‘generación más preparada de la historia’ reacciona con una conducta atávica muy similar a la de los nómadas analfabetos. Rumores disparatados sobre el origen de la enfermedad, persecución de los sospechosos de transmitirla, tráfico con remedios infalibles, renuncia a libertades personales con la esperanza de salvarse... Y muchos gobernantes demuestran su incompetencia y su maldad: para no perder poder o prestigio, callan antes que alertan y mienten antes que decir la verdad.

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EEUU en 1918 bajo la epidemia de gripe española

Para un médico militar español el peligro se encuentra en la debilidad moral del ser humano de 2020, más que en el virus.

"Este virus no es tan mortal, estadísticamente, como para ser un gran peligro. Puede como máximo causar una muerte de un 5%. Eso para una gran epidemia o pandemia es asumible, ya que fundamentalmente es mortal en personas de mucha edad o inmunodeprimidas. Pero una sociedad hedonista y anclada en la comodidad como esta puede generar que los excelentes recursos sanitarios que tenemos se vean colapsados, y eso puede elevar geométricamente la mortandad y destruir a la sociedad en su conjunto."

Viruela, gripe, sida, peste bubónica…

Para introducir calma, voy a recordar otras pandemias de las que ha sufrido la humanidad, alguna de las cuales pudieron concluir con su aniquilación, pero a las que ha sobrevivido. Igual ha ocurrido con las catástrofes naturales.

En los años posteriores al 536 después de Cristo, la humanidad se enfrentó a una durísima crisis de supervivencia. La erupción de un volcán en Islandia, que arrojó tal cantidad de cenizas a la atmósfera que causó una neblina, la cual debilitó la luz del sol y causó malas cosechas.

Además, luego estalló la Plaga de Justiniano, que mató a millones de personas en Asia, Europa y África. Su origen fue una variante de Yersinia pestis, la bacteria que provocó las pestes negras (bubónicas) de los siglos XIV y XIX. Desapareció sin más. Es el patógeno más antiguo del que se ha obtenido el genoma completo.

Las enfermedades venéreas han diezmado no sólo a marineros y soldados lujuriosos, sino a casas reales. Francisco I de Francia murió a causa de la sífilis y el príncipe imperial Rodolfo, hijo de Francisco José de Austria, causó la esterilidad de su esposa Estefanía al contagiarle le gonorrea que había adquirido por sus amantes.

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Prensa norteamericana en 1918

Los príncipes de Asturias Diego Félix, hijo de Felipe II, y Baltasar Carlos, heredero de Felipe IV, murieron de viruela a los 7 y 17 años de edad, respectivamente. Una epidemia de esta enfermedad impulsó el fin de la Guerra de Sucesión española cuando mató al emperador José I, con lo que elevó al trono imperial a su hermano, el archiduque Carlos; éste se apresuró a abandonar Barcelona por Viena. La locura de Jorge III de Inglaterra le incapacitó para gobernar y favoreció el asentamiento del Gobierno parlamentario.

Las enfermedades llevadas a América por los españoles y portugueses redujeron la población indígena, desprovista de anticuerpos para ellas. Una epidemia de viruela en el siglo XVIII eliminó tribus de apaches y comanches dadas a la guerra y otra causó que el rey Carlos IV pusiese en marcha la Real Expedición Filantrópica de la Viruela, cuya labor desapareció debido a las guerras de independencia.

Desde su aparición a mediados de los 80 del siglo XX, por causa del sida, pueden haber fallecido treinta y dos millones de personas en todo el mundo.

La ‘gripe española’

La pandemia más maligna que ha padecido la humanidad es la gripe de 1918-1919. En la Primera Guerra Mundial los muertos militares se calculan en más de 9 millones y los civiles en 5 millones. Las principales causas de muertes de civiles fueron el genocidio armenio cometido por los turcos, el éxodo de los serbios tras la invasión austriaca de su país y la gripe. Pero esa gripe, especialmente virulenta, no quedó encerrada en Europa. En todo el mundo infectó a 500 millones de personas y causó entre 25 y 50 millones de fallecidos en menos de año y medio.

Hoy se considera que el centro emisor de la enfermedad fue el hospital militar de Etaples, cerca de Calais (Francia). Y la vía, una cepa del virus de la gripe que pasó de los pájaros a los cerdos y de éstos a los hombres. La epidemia tuvo tres olas: primavera de 1918, otoño de 1918 (la más letal) e invierno de 1919.

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Canadá, 1918

¿Por qué recibió el apodo de ‘gripe española’, en especial en los medios anglosajones que la han recordado? Sucedió que España, país neutral, publicó libremente las noticias sobre la aparición y la extensión de la epidemia de gripe. Las primeras noticias aparecieron en la prensa, no sometida a censura militar, en mayo de 1918. En los demás países, se censuraban las muertes.

Por tanto, al buscar el ‘paciente cero’ los primeros casos reseñados aparecieron en la prensa española, y por eso se atribuyó el foco a España. La Real Academia de Medicina británica mantuvo durante años esa afirmación, que hizo que quedase la referencia como gripe española o la ‘Spanish Lady’.

20% de fallecidos en Samoa

Entre 1917 y 1918 el Ejército de Estados Unidos registró 48.909 muertos en acción; por la gripe los fallecidos ascendieron a más de 62.000. La India fue el país con más muertes registradas: por encima de los 13 millones. Sin embargo, las comunidades más afectadas se encontraban en las pequeñas islas del Pacífico Sur, donde la peste penetró por la negligencia del hombre blanco anglosajón.

Esas islas estaban bajo la administración de Nueva Zelanda, dominio del Imperio británico. El Gobierno local envió un mercante con alimentos y suministros, el Tulane. Aunque se declararon varios casos de gripe a bordo, el capitán mantuvo el rumbo, con lo que el buque, como el jinete del Apocalipsis, llevó la muerte adonde atracase. El 7 de noviembre de 1918 arribó a Upola (Samoa Occidental); al mes había muerto el 20% de la población, el mayor porcentaje del mundo. Sus siguientes destinos fueron Fiji y Tonga.

A Sudamérica y el Caribe llegó por barcos que zarparon de España y Portugal. En una aldea esquimal de Alaska de cuyo cementerio se exhumaron varios cadáveres en 2006 para buscar cepas intactas del virus, murieron 72 de sus 80 vecinos en una semana.

Se ha tratado de explicar su expansión y morbilidad por la Gran Guerra: el hacinamiento de cientos de miles de soldados en las trincheras, junto a ratas y a parásitos; la desnutrición de millones de habitantes de Centroeuropa causada por el bloqueo de los Aliados; la falta de una alimentación regular y de medicamentos...

Pero la enfermedad causó la misma proporción de muertos en las neutrales Suecia y Suiza como en las debilitadas Francia y Alemania. La diferencia consiste en que los movimientos de las tropas impulsaron la difusión de la enfermedad por todo el mundo.

En España, del rey abajo

Dada la inexistencia de vacunas, sólo se pudieron aplicar medidas de prevención, como el aislamiento de los enfermos (cuarentenas) y la dispersión de las aglomeraciones. La segunda ola de gripe coincidió con verbenas, romerías, fiestas populares y cosechas. En muchos casos la Administración no pudo hacer cumplir las órdenes y así se difundió la gripe.

En septiembre cayeron enfermos Alfonso XIII, el presidente del Gobierno, el conservador Eduardo Dato, y dos de sus ministros.

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Octubre fue el mes más letal en todo el mundo. De los aproximadamente 260.000 fallecimientos atribuidos a la gripe en España, el 45% ocurrió en ese mes. En Londres se registraron 2.225 muertos, más que en todos los ataques aéreos alemanes de la guerra. En Berlín, el día 15 hubo unos 1.500 fallecidos. En Nueva York y otras ciudades, el personal de limpieza y sanitario se movió con las rudimentarias mascarillas de entonces y se multó a los que escupían en el suelo.

Como ahora en China, la producción industrial y las comunicaciones se detuvieron. El Gobierno español cerró la frontera con Portugal y devolvió trenes enteros a Francia.

De la misma manera inesperada en que había aparecido, la gripe se desvaneció.

Y según las supersticiones a las que rinden culto los ‘guerreros del bien’ el hombre está a punto de destruir la naturaleza y el planeta entero.

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