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De bibliotecas, Pedro J. y Blanco White

El protagonista del último reportaje bibliófilo de Libertad Digital puntualiza, y mucho, al director de El Español.

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Hace unos días, los libros de mi casa recibieron el inmerecido honor de que Libertad Digital los incluyese en la entrañable sección que, por feliz ocurrencia de los responsables de Cultura, se dedica a fisgonear en las bibliotecas de la gente. Y aunque no tengo cuenta de Twitter, alguien que sí la tiene me hace llegar ahora dos mensajes que Pedro J. Ramírez ha publicado en la suya, no demasiado contento y con razón; porque la segunda entrega del reportaje que digo apareció en Libertad Digital con este título: "El Español que no tiene Pedro J." "—¡Oh, incorregibles embrolladores!", pensé yo al leer semejante pulla, "¡mira que les gusta chinchar!"; y desde luego no dejó de preocuparme que el ex director de El Mundo se preguntase a santo de qué salía él mentado en la entrevista de un señor que no conoce y que parecía querer darse importancia con aquel titular.

Pues el engaño que le han puesto sus colegas ha provocado en efecto la embestida del insigne periodista; pero, como sucede con los buenos lances, éste ha servido, a fin de cuentas, para hacerle mostrar la raza, que es la del entregado amante de la libertad. Digo la libertad y no sólo los libros, porque no creo que la bibliofilia de Pedro J. Ramírez se reduzca a un mero fetichismo del papel: por el contrario, su biblioteca –con la que Libertad Digital inauguró la sabrosa serie de vídeos– cobra pleno sentido en las dos colosales obras que su dueño ha publicado en años recientes, El primer naufragio y La desventura de la libertad; y a su vez ellas, y en general toda la actividad intelectual de Ramírez, se llenan de significado en las advertencias con que previenen a nuestro mundo de hoy frente a las amenazas del totalitarismo, del extremismo, de las pasiones sectarias y caciquiles.

Total, sin embargo, es que el pinchazo me lo he llevado yo, que no le he lanzado capotes a nadie, sino que estaba sentado en la barrera enseñando mis libros, y que, como se ve en el vídeo, no mencioné al Arponero más que para reconocer, muy al contrario de lo sugerido, que mi biblioteca no se compara ni de lejos con la suya. Pero ¿y puede dejar de entenderse que una sección que hurga en la honrilla coleccionista azuce el juego del síle, nole? Por más que a los libros se les ame con conocimiento de causa, toda hormiga que se dedica a acarrearlos a su casa desde las librerías de viejo acaba siendo presa del desasosiego que produce una colección incompleta. La mayoría de los mortales podría echarse sobre los hombros, sin sentir culpa, la acusación de no poseer un ejemplar de El Español de Blanco White; pero ha de comprenderse que Pedro J. Ramírez la tenga por afrenta. Principalmente porque, según han enseñado las mismas cámaras de Libertad Digital, en los anaqueles de Pedro J. están todos los números de El Español de Blanco White, incluyendo, por supuesto, el único y exiguo que tengo yo. Habrá sido tal exigüidad, de hecho, lo que sugirió a los provocadores de Cultura un titular que apelase a ese anhelo de exhaustividad en cuyos logros más fútiles e irrelevantes sólo pueden ver mérito los otros coleccionistas, y que en cambio alcanzamos apenas a explicar al resto de las personas asegurándoles, como Lola Flores cuando buscaba el pendiente, que "mi trabajito me ha costao".

Pues bueno; para mostrar, como hice en la entrevista, el trabajito que pasan los bibliófilos con esto de El Español, me remitiré al ensayo de Antonio Garnica, profesor de la Universidad de Sevilla, incluido en el volumen titulado Blanco White, el rebelde ilustrado, que bajo la coordinación de Antonio Cascales Ramos publicaron a finales de 2009 la propia universidad hispalense y la Junta de Andalucía. Dice allí el profesor Garnica, refiriéndose a los ejemplares que hoy sobreviven de la revista:

A pesar del elevado número de ejemplares que el periódico publicó en su día, es bastante difícil encontrar hoy la colección completa de los ocho volúmenes del periódico político El Español. Refiriéndonos a los dos países donde vivió, Inglaterra y España, en nuestro país sólo hay un ejemplar completo en la Biblioteca Nacional, en Madrid. En la Menéndez Pelayo de Santander falta el último de ellos, el volumen octavo, de 1814, y en las Bibliotecas de las Facultades de Filología y Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla está sólo el tomo primero. En Inglaterra sólo hay otro ejemplar completo con sus ocho tomos en la British Library. A la Bodleian de Oxford le sucede como a la Menéndez Pelayo porque carece también del tomo octavo. En varios repertorios bibliográficos incluso se informa que El Español consta de siete volúmenes.

Alto, pues: en la biblioteca de Pedro J. Ramírez está completa la colección, tal y como se vendió para permitir que los suscriptores tuviesen, agrupados en los ocho volúmenes descritos, todos los cuarenta y siete números que habían ido saliendo entre 1810 y 1814. Se trata, según Garnica, de "reediciones en forma de libros" hechas al final de 1812 (los cinco primeros volúmenes), en 1813 (otros dos) y en junio de 1814 (el último volumen). Explicado lo cual, apostilla el experto:

Ni que decir tiene que no hemos encontrado rastros de números mensuales separados, que serían como flor de un día.

(Garnica llega a afirmar, incluso, que "no se conserva ningún ejemplar suelto de los números de El Español").

Y sin embargo ha sido esto, un número suelto –concretamente el 38, la flor que circuló en junio de 1813–, lo que yo he mostrado a los lectores de Libertad Digital. Una rareza, según se ve, pero bastante menos que lo que guarda Pedro J. Ramírez. En cualquier caso, sirva la aclaración para excitar el interés por Blanco White y por El Español, cuyo espíritu crítico y desapasionado, al que sólo los fanáticos pueden negar un sincero patriotismo, aparece invocado estos días en el auspicioso emprendimiento de su mucho más célebre colega y seguidor.

P.S.: Aprovecho además para pedir a los espectadores del vídeo excusas por mi evidente lapsus linguae al llamar "Constitución del 71" a la primera Constitución francesa, de 1791. Aunque sólo fuera porque al cometerlo tenía delante un ejemplar del tal texto con la fecha impresa, según se advierte en la imagen, me concederán los lectores el beneficio de creer que no albergaba duda sobre el año al que me refería.

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