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El Papa y la riqueza: historia de un error muy extendido

Los datos rebaten al Pontífice: el progreso global nace del mercado y de las políticas basadas en la apertura económica.

Hay una noticia que los datos confirman con rotundidad y que, sin embargo, rara vez ocupa titulares: la pobreza en el mundo lleva décadas retrocediendo de forma sostenida. Desde 1990, el porcentaje de personas que viven con menos de tres dólares al día —una referencia que, además, se ha ido revisando al alza en términos reales, no por inflación— se ha desplomado tanto en términos relativos como en números absolutos.

El debate ha cobrado actualidad tras unas declaraciones del Papa León XIV en las que insinuaba que la existencia de riquezas desproporcionadas en manos de unos pocos es una de las causas de la pobreza mundial, apelando a una distribución más justa como respuesta. La intención moral es intachable. El análisis económico que la sustenta, sin embargo, no tanto. Esta semana, en La Pizarra de Domingo Soriano, Nuria Richart y Domingo Soriano desgranan cómo ha evolucionado la pobreza en el mundo.

Los números

La pirámide de patrimonio mundial revela una realidad que contradice el relato de la acumulación en manos de una élite. Más del 84% de los habitantes del planeta tiene un patrimonio inferior a 100.000 dólares, y ese grupo concentra apenas el 13% de la riqueza global. El tramo siguiente, con patrimonios de entre 100.000 y un millón de dólares, acumula en torno al 40% del total. Y aquí está el dato que más incomoda al relato redistributivo: cualquier ciudadano español que sea propietario de una vivienda y haya amortizado una parte significativa de su hipoteca ya se encuentra en ese segundo tramo. No es un gran empresario ni un especulador; es la clase media occidental la que acumula buena parte de la riqueza a nivel mundial.

Junto a ellos, el 1,5% de la población mundial que supera el millón de dólares en patrimonio —una franja que incluye desde Elon Musk hasta cualquier persona con una casa pagada en Madrid, unos ahorros y un fondo de inversión— concentra cerca del 48% del patrimonio global. La conclusión es incómoda para quienes proponen soluciones redistributivas: la riqueza acumulada no está en manos de unos pocos multimillonarios, sino fundamentalmente en las clases medias-altas de los países occidentales, a las que se han ido sumando en las últimas décadas clases medias chinas y de otras economías emergentes.

Redistribución

De la misma forma, el ejercicio de igualar la renta per cápita mundial arroja resultados que vale la pena visualizar. España tiene una renta per cápita que es más del doble de la renta media mundial. Para lograr un reparto completamente igualitario, el ciudadano español medio —no sólo Amancio Ortega, sino también quien gana 30.000 euros al año— tendría que ceder el 60% de sus ingresos antes de impuestos a los países más pobres. El ciudadano danés, en torno al 75%. Y ese esfuerzo no llevaría a nadie a la prosperidad: simplemente acercaría hacia abajo a los países ricos hasta converger con la renta media actual de países como Brasil o México.

La dificultad no es solo política, sino estructural. La riqueza de los grandes patrimonios no existe en forma de dinero líquido repartible. Las acciones de Inditex que constituyen el grueso del patrimonio de Amancio Ortega valen lo que valen, en parte, precisamente porque él está al frente de la empresa. Redistribuir ese activo destruiría gran parte de su valor antes de que pudiera beneficiar a nadie.

El verdadero modelo de reducción de la pobreza está documentado empíricamente. Los países del sureste asiático —Bangladesh, Vietnam, India— que en los años setenta protagonizaban las imágenes de miseria que hoy se asocian a África, salieron de esa situación mediante la integración en los circuitos del comercio internacional y el desarrollo de economías de mercado. La globalización, tan atacada en los últimos años, es precisamente el mecanismo que explica la caída histórica de la pobreza en el último medio siglo.

El reto real no es cambiar el modelo que ha funcionado, sino extenderlo a las regiones que aún no se han integrado en él, con sentido moral, con caridad —también la voluntaria, cuyo papel resulta fundamental— y sin abandonar el camino que ha demostrado ser el único que reduce la pobreza de forma sostenida y estructural.

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