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De Laclau y Fraga a Pablo Iglesias

Podemos es como un agujero negro que situado en la mitad de la galaxia izquierdista amenaza con tragarse todo lo que orbite a su alrededor.

Santiago Navajas
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La confusión a la que se enfrenta el PSOE sólo es comprensible en su magnitud desde la emergencia de Podemos. El partido de Pablo Iglesias es como un agujero negro que situado en la mitad de la galaxia izquierdista amenaza con tragarse todo lo que orbite a su alrededor. Si, como cuenta la leyenda, Alfonso Guerra advertía a los suyos que "el que se mueve no sale en la foto", Iñigo Errejón ha conseguido que el que no se mueve lo suficientemente rápido en la izquierda es devorado por la atracción del "núcleo irradiante".

Sin embargo, Podemos es un partido tan sui generis que amenaza con fagocitarse a sí mismo. Del mismo modo que González y Guerra terminaron por no dirigirse la palabra tras un alejamiento ideológico, que llevó a González de la socialdemocracia al utilitarismo tecnocrático, Iglesias y Errejón viven el vértigo de la interpretación de sus maestros comunes, Ernesto Laclau y Chantal Moffat.

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'Hegemonía y estrategia socialista'.

El libro de cabecera de ambos es Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Me parece un buen libro de filosofía política postmarxista. Quizás el mejor de los últimos años junto a Imperio de Negri y Hardt y El Capital del siglo XXI de Piketty. El concepto de "hegemonía" implica que la revolución hay que trabajársela, como advirtió George Lakoff en el ya clásico manual para ganar elecciones No pienses en un elefante, cambiando los valores dominantes mediante la retórica política. No basta con sentarse a esperar que el tiempo y las "contradicciones" hagan pasar por delante de tu puerta el cadáver del capitalismo (llevan un par de siglos esperando el apocalipsis de los mercados), sino hay que producir los "memes" adecuados que gripen la máquina de producción y legitimación de la economía de mercado y la democracia constitucional. Unos maestros de la estrategia populista fueron tanto Goebbels entre los nazis como Münzenberg entre los comunistas. Laclau, más fino que los propagandistas totalitarios, aconseja cambiar las "mentiras" por "significantes sin significado". Es decir, palabrejas con mucha carga emocional y poca densidad semántica. Por ejemplo, "gente".

"Radicalización de la democracia"

La "estrategia socialista" para una "radicalización de la democracia" significa que la destrucción de la "democracia burguesa" ya no pasa por el uso de las armas y el terrorismo, aunque Iglesias se haya declarado un nostálgico de la guillotina, sino que tiene que hacerse desde dentro del propio sistema, llevando hasta el límite sus posibilidades para conducirlo a una crisis. La revolución ya no puede ser la partera de la historia, como teorizaba Marx y ponían en práctica ETA o las FARC. ¿No queréis elecciones? Pues tomad dos referéndums. A diferencia de la cerebral Suiza, las pasionales Venezuela y Colombia muestran que los referéndums pueden ser usados torticeramente para encubrir la autocracia de izquierdas con un falso barniz de respetabilidad electoral. Se trata, en suma, no de poner una bomba lapa en un coche sino de conducir el mismo a toda velocidad, llevando el motor a su máximo de revoluciones durante tanto tiempo que termine él mismo por estallar.

Pero no queda claro ni la velocidad ni la intensidad a la que debe circular el "núcleo irradiante" de conceptos y prácticas para que llegue a fundir el motor del "neoliberalismo" del que abominan. Si para Errejón es fundamental que primero se apuntale todo el edificio populista, para lo que necesita ganar el mayor tiempo posible para negociar con "el enemigo", para Pablo Iglesias es todo lo contrario: una aceleración de los procesos de ruptura a través del enfrentamiento callejero constante. Pactos frente a trincheras. Errejón ha elegido "trato"; Iglesias, "truco".

"La calle es mía"

Las claves del pensamiento sobre la "hegemonía socialista" que defienden Laclau y Moffat son el colectivismo, de donde se sigue que el sujeto de la acción política no es el individuo sino la tribu (que denominan "gente"); la concepción del adversario como enemigo al que hay que destruir ("el miedo cambia de bando") y de la discusión política como una "guerra de trincheras"; la lógica "equivalencial" que es una especie de dialéctica maniquea que lleva a establecer "fronteras internas" dentro de la sociedad, cordones sanitarios contra el que discrepe; una ruptura institucional de inspiración marxista en la que se concibe el intercambio social como un juego de suma cero, de donde se deriva el odio hacia empresarios como Amancio Ortega ya que serían necesariamente "explotadores"; la vinculación con un líder carismático, de Lenin a Hugo Chávez, de Castro a Iglesias; y la susodicha "hegemonía de un núcleo irradiante", que no es sino una reformulación de la clásica propaganda creada por una "vanguardia del proletariado", siendo "la gente" el nuevo sujeto que si no es capaz de revolución violenta, dado que se ha aburguesado, cabe radicalizarlo para llevarlo a hacer escraches a los banqueros, los periodistas y los parlamentarios desafectos. De Manuel Fraga a Pablo Iglesias, el lema de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense podría ser "La calle es mía".

En realidad, el populismo de Podemos es una variante del postmarxismo que cambia el colectivismo de clase por uno nacional, vinculado a los fuertes sentimientos comunitarios y patrióticos de la población obrera y estudiantil. Gramsci fue el primero en comprender que en el capitalismo avanzado el "proletariado" se había disgregado en diversas fuerzas dispersas y fragmentadas que sólo se podrían reordenar en una "voluntad colectiva" bajo un líder supremo. Paradójicamente, fueron Hitler y Mussolini los mejores ejemplares de esta estrategia.

El último eslabón de la cadena intelectual podemita, que nos hecho retroceder de Laclau a Gramsci, es Herbert Marcuse, otro postmarxista de la Escuela de Frankfurt que desde su exilio dorado en California acuñó el concepto de "tolerancia represiva" para impedir la expresión de cualquier idea no izquierdista con la excusa de "ampliar el espacio a los movimientos liberadores". El concepto emergente de "discurso del odio" no es sino una estratagema para reducir la libertad de expresión y perseguir a los políticamente disidentes. De ahí la crítica de Carolina Bescansa a los mayores de 45 años, una generación que no ha caído bajo el mito de que la defensa de la justicia social está relacionada con la intolerancia hacia los que salen de los dogmas izquierdistas, ya sea el feminismo de género, el culturalismo (la creencia de que la biología no juega ningún papel en la conducta humana) y el animalismo. Si Orange is the new black, el populismo es el nuevo falangismo. De aquellos filósofos postmarxistas, estos políticos populistas.

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