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El marido de quien no fue una señora

Las Españas sesudas se van. No tengo muy claro que quede mucho bueno. A mí siempre me aburrió 'Alfanhuí' en el colegio.

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Ferlosio y Juan Carlos, en 2005 | Cordon Press

Mary Karr empieza Iluminada dirigiéndose a su hijo ("Cuente como cuente esta historia, es mentira", se cura en salud sobre sus memorias). He visto una foto con su hijo y es un tiarrón. Cincuenta años de ella cuando lo escribe, 20 de él. Y dos metros de altura. Al ver esa imagen y todo lo que dice Karr de su vástago me acordé de una carta de Elena Fortún a Carmen Laforet: "Imaginará usted que soy una vieja solterona. En lo de vieja acierta, que ya lo soy, pero en lo de solterona no. Me casé cuando aún era adolescente y no había pensado en escribir una sola idea. He tenido cuatro hijos, de los que solo me vive uno, tan lejos de mí material y espiritualmente que es ya como si no tuviera ninguno. Él está casado y vive en Norteamérica. Ahora le parecerá a usted mentira que un hijo, que es el sentimiento más profundo de nuestro corazón, pueda estar separado de la madre sin ningún dolor por ambas partes. Esta es una ley natural. Cuando los hijos son hombres los queremos sólo por el recuerdo de haberlos querido tanto". Esa frialdad sorprende en una época tan sentimental como esta.

También he pensado en Elena Fortún al leer una vieja entrevista de Arcadi Espada en El Mundo a Rafael Sánchez Ferlosio, que también había perdido dos hijos. "¿Hay diferencias entre ser padre y abuelo?". "Ninguna. La paternidad es un sentimiento único". "Tu padre…". "Creo que fui su preferido. Creo que puedo decirlo. Y él me era muy simpático. A veces entraba en mi cuarto y me hablaba. Por ejemplo entro un día con un libro. Y me dijo desde la puerta: ‘¿Puedes creer que alguien haya escrito esto?: Gémula iridiscente. Ortega, claro".

Las Españas sesudas se van. No tengo muy claro que quede mucho bueno. A mí siempre me aburrió Alfanhuí en el colegio. Ese libro de la colección RTV. Biblioteca Básica Salvat. Pero luego me gustaron los ensayos de Ferlosio, los pecios y las entrevistas tocapelotas. Esa en la que soltó de Vargas Llosa Vargas que era un poco de risa y muy malo. Lo decía del Premio Nobel como escritor de prensa (al periódico que lo publica le da igual porque vende muy bien el artículo por el mundo). O cuando alardeaba de que la ostentación de la españolez le causaba náuseas.

A Ferlosio tampoco le habían gustado mucho las novelas de Carmen Martín Gaite. Pero le encantaba El proceso de Macanaz, donde la salmantina rastreó el proceso seguido por la Inquisición a Melchor de Macanaz (1670-1760). Su ascenso y caída en desgracia. Ferlosio creía que era su mejor libro. Recordaba cuando leyó el final (sobre los bienes del secuestro devueltos y el inventario de los mismos). A Marta, su hija muerta a los 29 años, le hizo mucha gracia: "… y en punto de chocolate, se halla al folio 20 la nota ‘se vendió’, pero ni consta por diligencia entrega ni salida…". Lo del chocolate es lo que le gustó.

El proceso Macanaz, que ha vuelto a editar Taurus, está dedicado por Carmen Martín Gaite al padre de Sánchez Ferlosio, a quien fue su suegro, al que se reía de Ortega: "A la memoria de Rafael Sánchez Mazas, que tantas cosas sabía de conflictos entre la Iglesia y el Estado, dedico este trabajo que él me animaba a proseguir, con la pesadumbre de que no haya podido llegar a leerlo".

Otro libro maravilloso de Carmen Martín Gaite, Usos amorosos del dieciocho en España (Siruela), está dedicado a Rafael Sánchez Ferlosio: "Para Rafael, que me enseñó a habitar la soledad y a no ser una señora". Es lo mejor que se ha dicho nunca sobre el escritor.

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