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Agapito Maestre

A vueltas con España. España, tradición y proyecto

Escribo sobre la Idea de Nación de Ortega para defenderme de quienes pretenden arrebatarme mi carnet de identidad, que dice que soy uno más, nada más y nada menos, entre todos los españoles.

Agapito Maestre
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Escribo sobre la Idea de Nación de Ortega para defenderme de quienes pretenden arrebatarme mi carnet de identidad, que dice que soy uno más, nada más y nada menos, entre todos los españoles.
Cordon Press

Asistimos a un cambio de régimen político. El gobierno de Sánchez no oculta sus intenciones, planes y acciones para derribar por completo el régimen de la Transición. Trata de cancelar definitivamente un sistema político basado en la conciliación y concordia de los españoles para instalarse en algo aún impreciso y oscuro. Nadie puede saber cuánto puede durar este proceso, pero creo que no pasaremos con extrema facilidad de la actual Monarquía parlamentaria a un régimen de "República confederal". Tengo la sensación de que ciertos límites intelectuales de los principales protagonistas de esa "transformación", que podríamos tildar de revolucionaria, impediría la consumación de su programa, pero lo relevante es que el gobierno de Sánchez persiste en borrar o eliminar a la Oposición a la hora de legitimar nuestro principal bien público: la Nación. Esto no es una farsa, según finge o simula un periodismo mediocre con la utilización de malas metáforas. Esto es real. Esto es el fracaso de España. Está a la vista de todos: asistimos a la última etapa de la destrucción de la Nación dirigida por dos individuos, Sánchez e Iglesias, sin otras acreditaciones políticas que su holgada y profunda voluntad de servicio al separatismo vasco y catalán por un lado, y su interés, reiteradamente demostrado, por establecer fuertes vínculos económicos, ideológicos y políticos con los "dirigentes" que han llevado a un país, Venezuela, a la más profunda miseria material y moral de la historia reciente de América, por otro lado.

Con ese escenario de fondo, querido lector, escribir sobre la plausibilidad, viabilidad y, en fin, vigencia de la doctrina de Ortega sobre la nación española no puede dejar de moverse entre la nostalgia y la esperanza, entre lo que pudo ser y lo que debería ser. No sé, en verdad, si este ejercicio de recordar a un gran pensador, como es Ortega, puede ser de alguna utilidad para los españoles que asistimos impotentes a la destrucción de la nación. Dudo de la eficacia de mi esfuerzo, pero no cumpliría con mi deber intelectual, o peor, estaría renunciando a la utilización de la escritura, único instrumento que tengo para enfrentarme a los "criminales" de guante blanco, que están destruyendo mi primera seña de identidad: mi nación, España. Escribo sobre la Idea de Nación de Ortega para defenderme de quienes pretenden arrebatarme mi carnet de identidad, que dice que soy uno más, nada más y nada menos, entre todos los españoles. Escribo contra quienes consideran que los españoles no podemos seguir siendo libres e iguales ante la ley. Escribo, en fin, para que España siga siendo una tradición y una empresa, que es la idea clave del pensamiento de Ortega sobre la nación.

En mi última entrega de esta "A vuelta con España" decía que nuestro filósofo había desarrollado ese pensamiento en varias etapas; mientras que la primera podría englobarse en la frase "España es un plebiscito cotidiano o no es", la segunda se referiría con mayor insistencia a los elementos más tradicionales, costumbres y creencias de la historia de la nación, que sería concebida como "algo previo a toda voluntad constituyente de sus miembros", la nación, insiste Ortega "está ahí antes e independientemente de nosotros, sus individuos. Es algo en que nacemos, no es algo que fundamos". Algunos intérpretes de la obra de Ortega han querido ver una gran contradicción entre esas dos etapas, yo mismo he mantenido aquí que el Ortega cosmopolita habría acabado pactando con lo mejor de nuestro casticismo, o sea de buscar una salvación para España en Europa habría pasado a afirmar que no habría otra solución que volver a España.

¿Para qué volver a la idea de España?

Para repensarla, en efecto, como tradición, pero también como proyecto. No existe en la filosofía de Ortega contradicción entre ser español, sí, por haber nacido en España, y querer serlo, es decir, participar activamente en una empresa común. El tránsito entre el ser y el querer ser hemos de situar la perseverancia de Ortega a lo largo de toda su obra por construir una Idea de Nación, escritas con mayúsculas, que vendría a ser uno de los grandes precipitados de la razón histórica. Si la vinculación narrativa del pasado con el presente y el futuro es una cuestión recurrente en toda su obra, alcanzará sus mayores matices y exquisiteces intelectuales en el trato del filósofo con la Idea de Nación. Nadie debería dejar de repensar la gran aportación de Ortega a la filosofía española, especialmente para comprender la realidad política de aquí y ahora, o sea, para hacer compatible, conciliable y hasta placentero pensar la nación como tradición y empresa. Quien había mantenido desde su juventud que "todo nacionalismo merece exquisito desprecio", quien además siempre consideró un anacronismo defender que la nacionalidad es la "forma más perfecta de vida colectiva", en su plena madurez intelectual y filosófica no sólo arremetió con justeza contra el decadente cosmopolitismo de postguerra, sino que legitimó con determinación filosófica, o sea con argumentos, la idea de nación desde el propio seno que la acogía, Europa.

Pocos grandes autores, en la Europa de la postguerra mundial, han interpretado tan prodigiosamente como Ortega la nación desde su sustancia europea. Entre sus últimos grandes textos destacaría: Sobre una interpretación de la historia universal (1948) [1] y De Europa Meditatio Quaedam (1949) [1] y Cultura europea y pueblos europeos (1954) [3], daban continuidad y profundidad a las grandes ideas que había desarrollado en su obra de juventud y, sobre todo, en España invertebrada y La rebelión de las masas. La Idea de Nación, en fin, atraviesa toda la obra de Ortega. Asociada a los vocablos tribu, pueblo, raza, Estado, referida a cambio de ideas políticas, transformaciones históricas y culturales, teorizada y ensayada para servir de guía a un grupo político durante alguna etapa de su vida, o expuesta, sencillamente, a modo de supuesto para mostrar las diferencias y similitudes entre pueblos solidarios, como pudiera ser el británico, y "tribus" sociables, como las que habitaron y aún sobreviven en España, en fin, para saber por qué, para qué y cómo los seres humanos adquieren un primer grado de identidad racional, la cuestión de la Nación es clave en toda la filosofía raciovitalista.

Digo cuestión, y digo bien, porque el tratamiento que ofrece Ortega sobre qué sea una nación, como corresponde a una genuina actitud teorética, va cambiando a lo lo largo de su vida. Su pensamiento se mueve entre certezas y dudas, clarividencias y oscuridades, o sea, Ortega piensa de verdad cuál es la realidad y la viabilidad de la nación, e incluso justifica las dificultades para construir una teoría de la nación, en la Europa de postguerra. Además de los andamios y los acarreos de materiales que a cada momento nos muestra el filósofo para pensar la Nación, quien lea a Ortega de modo sistemático, o sea, prestándole la misma atención a sus obras de juventud y madurez, extraerá sin muchas dificultades una más que aceptable "teoría" sobre la nación, cuyo principal punto de partida es, según expone en La rebelión de las masas, la fragilidad de las naciones europeas para regirse por "el principio nación". El centro de su pensamiento político sobre la nación no es otro que el reconocimiento de que Europa, los pueblos de Europa, tendrán que enfrentarse, más pronto o más tarde, a su mayor problema, a saber, su capacidad de supervivencia.

Aunque siempre tuvo presente que la nación no podría ser considerada como la "forma última constituyente de la vida colectiva", jamás renunció a pensar todas y cada una de las posibilidades que presentaba el tema, incluida la de aquellos "nacionalistas" que no veían salida mejor para los individuos desarrollados moral y políticamente que la nación. Ortega no se casa con nadie. Discute con los nacionalistas con tanta pasión como combate a su críticos atolondrados por prejuicios cosmopolitas. No basta con rebatir a quienes parten de una mera definición o una breve descripción de los "particularismos" nacionalistas, ni tampoco cae en la arbitrariedad pseudointelectual de imponer su creencia privada sobre el "espíritu de nacionalidad" a una colectividad. Nada tiene que ver el impulso teórico, la voluntad de saber, de Ortega sobre qué sea la nación y que le cabe esperar en la construcción de la ultranación o supranación con la actitud desdeñosa que exhiben ciento de autores, a la hora de enfrentarse a esta delicada cuestión, por ejemplo, Toynbee, que "nos arroja a la cara", según Ortega, "su odio personalísimo a la idea de nación y su fe bastante vaga en no sabemos qué otra cosa llamada a sustituirla" [4].

Por ese camino pedregoso y árido, que empieza y termina con un absoluto desprecio a la aportación racional de la idea de nación al mundo moderno, Toynbee consigue que, incluso los no nacionalistas, como es el caso de Ortega, no acepten una "idea de nación tan ridícula e inconsistente e impropia de un hombre de ciencia como la emitida por Toynbee en los umbrales de su gran producción" [5]. La noción de nación de Toynbee no es de recibo para Ortega, porque comienza y termina en una vaga definición del espíritu de nacionalidad o nacionalismo:

"El espíritu o tendencia que induce a la gente a sentir, actuar y pensar acerca de lo que es parte de una sociedad dada como si fuera el todo de una sociedad".

Esta definición, según la llama el mismo Toynbee, no pasaría en el mejor de los casos de la definición exacta que habría dado el mismo Ortega de separatismo. "Ser nación", sin embargo, "no es algo así como ser particularismo colectivo" [6]. La Nación no es separación sino integración.

Pero no nos adelantemos a Ortega. Vayamos por parte. Reconozcamos, en primer lugar, la importancia, relevancia o, sencillamente, la imposibilidad de pensar el individuo en la historia sin la noción de nación. Ya en sus "mocedades", allá por 1906, lo dejó escrito con precisión:

"El individuo no ha existido nunca; es una abstracción. La humanidad no existe todavía: es un ideal. En tanto que vamos y venimos, la única realidad es la nación, nuestra nación lo que hoy constituye nuestros quehaceres diarios, es la flor de lo que soñaron nuestros abuelos" (I, 39).

Cuatro años más tarde, en el texto que concluía con la celebérrima frase: "España era el problema y Europa la solución" (I, 520), reiteraba la reflexión:

"La realidad concreta humana es el individuo socializado, es decir, en comunidad con otros individuos; el individuo suelto, señero, absolutamente solitario, es el átomo social. Sólo existe real y concretamente la comunidad, la muchedumbre de individuos influyéndose mutuamente" (I, 513).

Además, también desde sus inicios tuvo muy claro que la comprensión del individuo a través de la nación, o mejor, el proceso de inmersión de la persona en la realidad nacional tiene que entenderse vinculado a la construcción del futuro:

"¡Patria, patria! ¡Divino nombre, que cada cual aplica a su manera! Por la mañana cuando nos levantamos, repasamos brevemente la serie de ocupaciones más elevadas en que vamos a ocupar el día. Pues bien; para mí eso es patria; lo que por la mañana pensamos que tenemos que hacer por la tarde"(I, 244).

Es el factor futurista, dinámico y vital dominante y constante a lo largo de toda su obra. La aventura hacia el porvenir es lo que mejor define la nación como entidad histórica:

"La convivencia nacional es una realidad activa y dinámica, no una coexistencia pasiva y estética como el montón de piedras al borde del camino" (III, 73).

"La patria", como había dicho en su Viaje de España,

"no es nunca una cosa hecha, cumplida, histórica, hieratizada y perfecta, sino un perpetuo problema, una tarea nunca acabada, una futura realidad, un conflicto entre posibilidades presentes" (I, 527).

Es, en efecto, ese factor futurista de la nación, que fue desarrollado, en sus grandes obras clave para hacernos cargo aquí y ahora del potencial de su idea de nación para aquí y ahora. Pero eso lo dejamos para una próxima entrega, que seguirá mostrando argumentos a favor de una sociedad que promociona la Idea de Nación que es a la vez tradición y empresa.

[1] OC, IX, 1187 y ss.

[2] OC, X, 73 y ss.

[3] OC VI, 931 y ss.

[4] OC, IX, 50.

[5] Idem.

[6] Ibídem, RO, 74.

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