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Agapito Maestre

De Menéndez Pelayo a Ortega

En don Marcelino se revela toda la maestría de un humanista capaz de integrar en su relato la historia, la literatura y la filosofía.

Agapito Maestre
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En don Marcelino se revela toda la maestría de un humanista capaz de integrar en su relato la historia, la literatura y la filosofía.
José Ortega y Gasset | Cordon Press

El Brujo de Villahizán ha añadido un nuevo texto de don Marcelino a su particular biblioteca de historia de la filosofía española. Se trata De las vicisitudes de la filosofía platónica en España, una conferencia para inaugurar en 1889 el curso académico de la Universidad Central. Los profesionales de la historia de la filosofía consideran este discurso, junto con su De los orígenes del criticismo y del escepticismo y especialmente de los precursores españoles de Kant, pronunciado en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1891, los dos textos más relevantes de su filosofía. Pero sería a todas luces una arbitrariedad, casi una falsificación imperdonable, reducir la filosofía de don Marcelino a esos dos textos, según hacen los taxidermistas de nuestra historia de la filosofía, porque estarían ocultando la otra cara de su filosofía.

Sí, una cuestión es descubrir los poderes del pensamiento clásico y otra, muy distinta, es mostrar esas ideas en la literatura española. Estos dos discursos son, sin duda alguna, piezas clave de su pensamiento, entre otras razones, porque muestran la importancia de la historia de la filosofía en general, y de filosofía clásica en particular, en el devenir de la historia de la cultura española a la par que resaltan las contribuciones españolas a la filosofía europea. Pero, por otro lado, toda esa labor quedaría coja si olvidamos los análisis puramente literarios de don Marcelino que demostrarían ese vínculo entre el pensar clásico y nuestra civilización. Son esos análisis, precisamente, la otra cara de su filosofía. Ahí es donde se revela toda la maestría de un humanista capaz de integrar en su relato la historia, la literatura y la filosofía. ¡No sirve de mucho saber algo de neoplatonismo y no haberlo visto y estudiado en nuestra civilización en lengua española!

Mi amigo Ángel interrumpe mi perorata y concluye diciéndome: "O sea que habría tanta filosofía en Menéndez Pelayo en sus estudios sobre el devenir de Platón en España como en sus análisis ‘puramente literarios’ de El Quijote, o Los diálogos del amor de León Hebreo", traducidos por el Inca Garcilaso. Pues sí, creo que no está mal resumida la cosa. Son dos caras de una misma moneda: en una aparece la filosofía formal y académicamente considerada, y, en la otra, la filosofía contenida en múltiples formas de expresión literaria y cultural. Por desgracia, la estulticia instalada en la Universidad española impide el estudio de la obra filosófica de Menéndez Pelayo tanto en las facultades de Filosofía y Humanidades como de Historia y Filología. Eso sin contar el odio ideológico institucionalizado en algunas universidades contra la obra entera de don Marcelino. El desprecio y odio hacia nuestro personaje ha llegado hasta tal punto de irracionalidad, según me cuenta José Luis Roldán, que puede aplaudirse una ponencia sobre qué es filosofía basándose en textos de don Marcelino siempre que no se cite su nombre.

Sí, querido Ángel, eso ha sucedido hace unos días en un centro universitario de Madrid, que no citaré su nombre para no desprestigiarlo más de lo que está. Merece la pena narrar el asunto, sobre todo, para destacar el coraje para pensar y el talento para expresarlo de José Luis Roldán. ¿Quién es José Luis Roldán? Un joven filósofo español. Lo tuve como alumno de la asignatura de Filosofía Política y también en la de Teoría de la Racionalidad Práctica. Creo que es uno de los más excelentes estudiantes que he tenido en la última década. Acabó sus estudios hace un par de años con un trabajo de fin de carrera sobre Ortega y Gasset. Un año antes corregí y leí con placer un ensayo que escribió sobre Menéndez Pelayo y los precursores españoles de Kant. Hace un mes me mandó un delicioso correo electrónico, aunque estaba escrito en la forma dramática de un náufrago. Gritaba. Pedía auxilio filosófico. Me decía que estaba perdido. Después de exponerme las distintas maneras de abordar el tema qué es filosofía para una clase de bachillerato, me pedía algo más que orientación bibliográfica… ¡Orientación filosófica!

¿Qué decir a esta llamada de náufrago? Lo obvio. No iba a entretenerlo hablándole de mis naufragios. La mitad del asunto ya la tenía resuelta. De verdad. Basta con que expreses estas mismas desazones —le escribí— y cites todos esos autores extranjeros de los que me hablas en el email para introducir y desarrollar la primera parte del tema. Y, luego, céntrate en un autor y conversa con él. Puedes utilizar un manual de Historia de la Filosofía, por ejemplo, el de Julián Marías. Lee el prólogo que le escribió Zubiri para sumergirte en un ambiente filosófico, y, sobre todo, estudia con atención el epílogo que le puso Ortega y Gasset. Naturalmente, antes de despedirme de José Luis, aproveché para recordarle que la parte central de la unidad didáctica ya la tenía bien orientada, incluso casi redactada. Vuelve, por favor, le insistí, sobre tu trabajo de hace unos años dedicado a Menéndez Pelayo. Ahí está casi todo. Es menester que compares, como hacíamos en clase, algunas de las grandes tesis de don Marcelino con las desarrolladas por Ortega en el Epílogo de la filosofía. Centra tu ensayo en la relación entre Filosofía e Historia de la Filosofía. El resultado de todo ese intercambio de opiniones es un magnífico trabajo, aunque José Luis está triste por la reacción que halló, cuando citó a Menéndez Pelayo en el ecuador de su exposición. Vamos con la excelencia del asunto y dejemos la mancha para el final. Aquí te resumo, querido doctor Cidad, las tesis de José Luis que más te interesan para tus lecturas de don Marcelino. ¿Cuáles son las cuatro ideas de Ortega sobre la historia de la Filosofía que ya encontramos en la obra de don Marcelino medio siglo antes? Primera. Toda doctrina surge como respuesta, ya sea por desarrollo o negación, de una filosofía precedente. Dice Ortega en 1945: "No parece haber habido ninguna filosofía que comience de nuevo, sino que todas han brotado partiendo de las anteriores y —desde cierto momento— cabe decir que de todas las anteriores". Pero don Marcelino pronunció esto en 1891: "Semejante prole sin madre no ha existido jamás en ninguna ciencia, y menos que en otras ha podido existir en filosofía, donde todo pensamiento nace de otro como desarrollo o como antítesis".

Segunda. La imposibilidad de una filosofía sine matre creatam (sin madre creada) lleva a sendos autores a apreciar un ritmo dialéctico en la historia de la Filosofía. Leemos en Ortega: "La serie dialéctica que hemos recorrido no es, en sus puntos temáticos, una hilera de pensamientos arbitrarios ni solo personalmente justificados, sino el itinerario mental que habrá de cumplir todo el que se ponga a pensar en la realidad ‘pasado de la filosofía’". Pero don Marcelino ya advirtió que no hay historia, especialmente la de la Filosofía, "donde no pueda seguirse más claramente la genealogía de las ideas y de los hechos, que jamás aparecen como fortuitos y vagos, sino como enlazados por ley superior y sujetos a cierto ritmo dialéctico". No obstante, ninguno de los dos autores llegó al extremo de formular una historia de la Filosofía en clave hegeliana. Advierte Ortega: "Lo dicho en el texto no da por supuesto que el proceso histórico de la filosofía ha sido ‘como debía ser’, que no hay en él imperfecciones, agujeros, fallas graves, importantes ausencias, etc. Para Hegel, el proceso histórico —el humano en general y, en especial, el filosófico— ha sido perfecto, el que ‘tenía que ser’, el que ‘debía ser’". Don Marcelino ya se había adelantado a Ortega al decir: "La historia de la filosofía ha sido comúnmente escrita por filósofos hegelianos o por pensadores armónicos que han querido introducir en ella un orden artificial que quizá no responde a la realidad de las cosas".

Tercera. Una de las consecuencias de concebir de tal modo el origen de toda filosofía y su relación con otras en la historia es la idea de que toda filosofía es deudora de sus precedentes. Afirma Ortega: "En nuestro presente comportamiento filosófico y la doctrina que de él resulta, tenemos en cuenta y a la vista una buena parte de lo que se ha pensado antes sobre los temas de nuestra disciplina. Ello equivale a decir que las filosofías pretéritas colaboran en la nuestra, están en ella actuales y vivaces". Curioso. La idea de Ortega es la misma que ha regido los dos discursos de don Marcelino hasta el extremo de que ya en sus títulos podemos intuirla. Sirva como botón este fragmento del texto de 1891 a propósito de Sócrates y los filósofos jónicos: "No es de ningún modo indiferente el punto y hora de la aparición de un sistema o del menoscabo y ruina de otro, ni sería lícito invertir los términos, haciendo, verbigracia, que la filosofía socrática de los conceptos apareciese antes que la filosofía jónica de la naturaleza, sino que era lógica e históricamente necesario que sucediese todo lo contrario, esto es, que la especulación filosófica partiese de lo exterior, e intentase temerariamente la explicación del mundo, antes de convertir los ojos a lo interior y estudiar las propias formas del entendimiento".

Cuarta. El reverso y complemento de la anterior idea no es otro que la aserción de que en una filosofía pretérita apreciamos las semillas de las filosofías futuras. Afirma Ortega: "Si tomamos una más antigua veremos al trasluz de ella, como gérmenes, como tenues perfiles, aún no encarnadas, muchas de las ideas posteriores". Esto mismo ya lo encontramos formulado en el título del discurso de Menéndez Pelayo sobre los precursores españoles de Kant. El propio don Marcelino nos indica cómo debemos interpretar este título: "Al hablar de precursores de Kant, no lo entiendo en el pueril sentido de que Kant robase o se apropiase sus ideas, que probablemente no conoció, sino que encuentro y hago notar una coincidencia de pensamiento, derivada, no de conceptos accidentales, sino de una general tendencia filosófica". Después de estudiar la obra de Luis Vives concluye Menéndez Pelayo que: "La más original y la más influyente de las Críticas no carecía de precedentes en España; siendo los de Luis Vives tan obvios y manifiestos, que sólo a la escasa lectura de sus obras inmortales puede atribuirse el que ningún español haya reparado en ellos hasta ahora".

Además de la comparación de esas tesis de don Marcelino con las de Ortega, José Luis Roldán dedicó la segunda mitad de su exposición a mostrar el rendimiento que puede obtenerse de la obra de Menéndez Pelayo en las clases de Filosofía para el bachillerato. El discurso sobre las vicisitudes del platonismo nos enseña que el único diálogo platónico conocido hasta el siglo XIII era el Timeo; que las principales vías de transmisión del platonismo son las obras de Lucio Apuleyo, San Agustín y del Pseudo Dionisio Areopagita; que la obra de Platón, a pesar de las escasas noticias de su treintena de diálogos hasta el Renacimiento, ha pervivido por milenios no tanto como doctrina como por ser un ideal de explicación del mundo; y que la literatura española del Siglo de Oro sólo puede entenderse a partir del enriquecimiento que obtiene de los Diálogos de amor, de León Hebreo, donde se compila, con un estilo intachable, la filosofía neoplatónica. No es de extrañar que Cervantes escribiese en el prólogo del Quijote: "Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas". El discurso sobre los orígenes del escepticismo y los precursores de Kant nos enseña que la vehemente crítica del aristotelismo, a través del nominalismo y la afirmación de la autonomía del presente, antes que en Descartes, ya se encuentra en el Que nada se sabe (1576), de Francisco Sánchez el Escéptico; que las distinciones entre fenómeno y noúmeno, razón práctica y especulativa, materia y forma del conocimiento no son originales de Kant, sino de Luis Vives. Y no sólo eso, don Marcelino además nos ofrece en este texto desde una historia del escepticismo hasta una síntesis de la estética, la analítica y la dialéctica trascendental de la Crítica de la razón pura.

La ponencia de José Luis Roldán, por decirlo en corto y por derecho, es sobresaliente. Pero —ay los terribles peros de la nefasta universidad española— cuando mencionó el nombre de don Marcelino, notó entre el público cuchicheos, resoplidos y alguna que otra risita disimulada por las mascarillas. ¡Para qué escribir sobre los comentarios del profesor! Naturalmente, es para sentir tristeza, pero José Luis se vino arriba enseguida. José Luis ha hecho suya la sabiduría de Sancho: "Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes". Vuelta a empezar, pero con energías renovadas.

En fin, querido doctor Cidad, espero que estas notas de José Luis Roldán te sirvan para saber que no estás solo en tus lecturas filosóficas y, sobre todo, que todos los que leemos a don Marcelino tropezamos con similares estultos.

En Cultura

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