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Pedro de Tena

4º centenario del nacimiento Molière. España, macrogranja de tartufos

Se cumplen 400 años del nacimiento del dramaturgo Molière, máximo referente de la comedia francesa. Lo fundamental del éxito del tartufismo contemporáneo es su habilidad para no ser descubierto.

4º centenario del nacimiento Molière. España, macrogranja de tartufos - Pedro de Tena
Jean-Baptiste Poquelin (1622-1673) | Cordon Press

Hace 400 años que nació en enero, no se sabe exactamente el día pero sí que se bautizó el día 15 de 1622, el gran Molière. Se llamaba, en realidad, Jean-Baptiste Poquelin y el destino - su futuro no parecía ser el de autor teatral a pesar de su buena educación jesuítica -, le convirtió en el máximo referente de la comedia francesa, que lo considera su padre fundador.

Sus obras, a pesar de tres siglos largos transcurridos, se siguen representando con asiduidad y sus tipos ideales, desde el "misántropo" al "hipocondríaco", desde el "avaro" al "burgués" (incluso al "don Juan", gracias a la influencia de Tirso de Molina), son generalmente excusa para la sátira y la burla, no con el fin de reformar radicalmente a los viciosos o de exterminar sus vicios sino con el propósito de encauzar tales defectos presentes en la vida real para la mejora de la convivencia de las personas de carne y hueso. Una estrategia moderada.

Uno de sus grandes personajes es Tartufo, que da título a una de sus comedias más famosas. Ha recordado el pasado día 12 Andrés Amorós en La Mañana de Federico, que "tartufo" es palabra italiana que significa "trufa" (truffe, en francés), un hongo cuya apreciada variedad, la trufa negra, se encuentra enterrada. La trufa se usa mezclada y combinada, como condimento o guarnición, con otros alimentos a los que incorpora sus muy estimadas propiedades.

Hacer una comedia satírica sobre la hipocresía o la impostura de origen religioso que tiene consecuencias familiares, civiles y económicas llevó a Molière a dar el nombre de Tartufo a su personaje principal. Seguramente con ello quiso subrayar el carácter enmascarado y oculto de la simulación que hace el impostor de sus verdaderas intenciones para alcanzar sus fines y tal vez para señalar que son escasos, tanto como las trufas. Quién sabe, si además, tuvo el propósito no explícito de atacar la influencia de la Iglesia en la corte de Luis XIV, a quien servía.

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Sillón de Moliere en el teatro Comedia Francesa

Es el propio Molière quien atina con la esencia misma del tartufismo: "El mal no consiste nunca sino en el escándalo que promueve". Esto es, el mal, el daño, el delito no existen en sí mismos sino en tanto son conocidos y producen condena social restando apoyos e influencia a quien los perpetra. No gustó mucho el asunto a Baudelaire que calificó esta obra de "panfleto" porque entregaba a la canalla cuestiones demasiado graves.

El tartufismo, además de una falta absoluta de principios, se muestra aderezado con la desconfianza (la mayoría de los demás puede ser como uno mismo, ojo); la perfecta simulación (sólo es posible con un gran conocimiento de lo simulado y la detección del prójimo incauto e incapaz de reconocer la mentira) y el dominio absoluto de la táctica y la maniobra para interpretar sin escrúpulos todo lo que ocurre en beneficio propio.

Puede deducirse que el tartufismo es la columna vertebral de la política tal y como es observable, tanto en los regímenes totalitarios (hipocresía para sobrevivir o para dominar) como en los democráticos (hipocresía para alcanzar y conservar el poder).

Esas notas ya fueron destacadas con los nombres de tiranía y demagogia por Aristóteles pero, en realidad, el tartufismo actual va mucho más allá. Es una actitud moral contraria al reconocimiento y defensa de la verdad, al respeto de las normas y leyes pactadas de convivencia y a la debida coherencia con las creencias que se predican. Esto es hoy cosa de héroes.

Lo fundamental del éxito del tartufismo contemporáneo es su habilidad para no ser descubierto, su actividad en el subsuelo social y político de modo que la realidad de su fealdad moral y social no se vea o se vea metamorfoseada en supuesta ejemplaridad. Por ello, cuando un "tartufo" es desabrigado de sus mentiras, aparece como "malhechor del bien" (Benavente dixit) y se precipita en el ridículo.

En la España de hoy todo partido político – deseo que haya alguna excepción – es una universidad de tartufos de serie. Por señalar, digamos que hasta Gregorio Peces Barba fue considerado "Tartufo" Peces Indigno por Federico. Todos lo saben y todos lo sabemos, lo cual da pie a pensar en la forja deliberada de una España ridícula en la que los tartufos ni siquiera se esmeran en disimular que embaucan con beaterías políticas y eslóganes licuados.

Unos pespuntes. Desde el caso de OTAN, no, pero sí, de Felipe González; desde aquello que los programas electorales se hacen para incumplirlos de Tierno Galván o desde la ganadería industrial de Pedro Sánchez y el "probe" Garzón al caso de la defensa de la "independencia" del poder judicial de Pablo Casado, pasando por el siniestro espectáculo del 12-M; la simulación peneuvista y socialista sobre la catadura de los asesinos de ETA o la farsa de CIU sobre su respeto a la Constitución o la inconsecuencia moral de los "marqueses de Galapagar", el tartufismo político español, ridículo por evidente y descarado, se ha ido intensificando hasta hacernos creer que es algo natural y que lo raro es que puedan predominar la veracidad y la decencia.

Francisco Sosa Wagner lo explicó más a fondo:

"Si queremos ser sinceros y no militar en el tartufismo, procede proclamar que (los partidos) expresan deficientemente el pluralismo político, concurren muy mal a la formación y manifestación de la voluntad popular y carecen de la condición de instrumento para la participación política (todas las señas de su identidad contenidas en la Constitución). A menudo no respetan la ley y por supuesto ni en su estructura interna ni en su funcionamiento son democráticos. Es decir, que es todo pura falacia… "

O sea, que España se ha ido convirtiendo en una macrogranja política que produce tartufos de manera intensiva. Clara Campoamor ya estimaba que tartufos de la política eran todos los que predicaban en la calle lo que no soportaban en casa. O sea, casi todos. Además, al arrojarse el sambenito de tartufos los unos a los otros en una ceremonia de la confusión interminable, el público queda perplejo, harto e incapaz de discernir qué es qué y quién es quién.

¿Cómo salir de este tartufismo generalizado? No es sencillo. El genio, y el oportunismo político, de Molière, hizo que el impostor Tartufo, cuando es descubierto ("pecar a calladas no es pecar") y denunciado por sus víctimas, sea castigado por la autoridad superior, entonces el Rey, un poder que superaba y anulaba las tropelías perpetradas por el infame.

El representante real, el "exento", expone al final de la obra :

"Vivimos bajo un príncipe enemigo del fraude, de un príncipe cuyos ojos leen en los corazones y a quien no engaña todo el arte de los impostores. Su alma grande, posesora de fino discernimiento, sabe mirar rectamente todas las cosas. Nunca hay nada que logre tener en extremo entrada a esa alma, ni cae en ningún exceso su firme razón. Siempre da a los hombres de bien gloria inmortal, hace brillar su celo sin ceguera, y el amor por los verdaderos no cierra su corazón al horror que deben inspirar todos los falsos."

Pero ¿quién podría representar este papel en nuestra comedia democrática española en la que un Rey, por justo y honrado que sea, no puede intervenir? No cabe duda de que el Poder Judicial. Pero ya ven cómo, a pesar de la letra y el espíritu de la Constitución, casi todos los tartufos políticos del arco parlamentario se esmeran en despiezarlo, ocuparlo y manipularlo para que los tartufos con carné de partido o sus amigos salgan siempre impunes.

De triunfar en tal empeño y de vivir hoy en España el Tartufo de Molière, San Tartufo para Arthur Rimbaud, habría vencido a sus víctimas dos veces, una por la estafa moral sufrida y otra por la imposibilidad de obtener justicia.

Coda para el Tartufo más famoso de la política española

Su fama deriva de la intención política que quiso identificar al personaje de Molière con los miembros del Opus Dei que, por aquel entonces, libraban batalla gubernamental con los, más o menos azules, miembros del régimen franquista. Para hacerlo posible, se encargó una versión de la comedia que hizo Enrique Llovet, un hombre del régimen franquista rolando a la izquierda, y que dirigió Adolfo Marsillach.

Su estreno tuvo lugar el día 3 de octubre de 1969 en el Teatro de la Comedia de Madrid donde José Antonio Primo de Rivera vistió de largo a su Falange en otro octubre, qué coincidencia, de 1933.

El Tartufo de Llovet y Marsillach fue un escándalo político, y así es recordado por quienes lo vivieron. Según Gregorio Morán, que escribió El cura y los mandarines, un retrato de la cultura española de la democracia (el cura es Jesús Aguirre, ex sacerdote y luego duque de Alba), recuerda aquel acontecimiento sin precedentes en plena dictadura franquista:

"La versión del Tartufo de Molière que hizo el dúo Llovet-Marsillach iba dirigida a ridiculizar a los personajes del Opus Dei que controlaban la situación. Su doblez religioso-económica, su descaro, su hipocresía, no necesitaban de un espectador avispado para detectar qué se denunciaba y qué se ponía en solfa. Su estreno…causó estupor. Estábamos en plena utilización del "Caso Matesa", cuya denuncia había sido facilitada por el ministro Fraga y su cuñado Robles Piquer, que para algo controlaban la información, la cultura y lo que les viniera al pelo."

La batalla entre los tecnócratas religiosos del Opus y los herederos "azules" del viejo Movimiento se ensarzaron en una dura batalla. Fue entonces cuando Manuel Fraga, amigo de Enrique Llovet, planeó desmarcarse de algún modo del franquismo en el poder con el impulso a esta representación teatral. Marsillach en sus Memorias cuenta que Fraga le dijo: "Mire, Marsillach, a mí no sólo no me molesta que se metan ustedes con el Opus, sino que me divierte."

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Adolfo Marsillach estrenaba el 3 de octubre de 1969 una polémica versión de la comedia de Molière

Pero "el Churchill de Villalba" (así le llama Morán) no previó adecuadamente las consecuencias. Cabreado Franco por una división tan evidente en su régimen, dejó pasar unos pocos días antes de destituir a Fraga y a conceder más poder del disfrutado a los miembros del Opus Dei en su gobierno. Llovet y Marsillach fueron "animados" con suculentas subvenciones a pasear la obra por Iberoamérica por el nuevo ministro opusiano, Alfredo Sánchez Bella.

Hay quien como Cándido aseguró en 2002 en ABC que la obra fue prohibida terminantemente por el régimen, pero otros recuerdan que estuvo ocho meses en cartel con gran éxito de crítica y de público. El propio Marsillach, en el libro ya mencionado, confirma que "la obra llegó hasta final de junio de 1970. Cuatrocientas setenta y dos representaciones con más de ciento cincuenta carteles de "no hay billetes" y eso, que precisa, el miedo que sentían todos no cabía en el teatro.

En cualquier caso, una rebelión de aquel calado en un régimen como el franquista fue un acontecimiento político de primer nivel y, seguramente desde entonces, la plena libertad de expresión se fue abriendo paso de forma inexorable.

Imaginen que, en nuestra democracia, las televisiones afines a la coalición del gobierno social comunista, de la Primera a la Sexta, exhibieran una obra, un programa, un documental, un debate, que contuvieran una crítica acerada y visible de sus comportamientos políticos. Sí, sí. Ya sé que es imposible, aunque presumamos de una total libertad de expresión.

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