El Síndrome Sims 2
El Síndrome Sims 2 sólo se cura cuando la realidad golpea y, detrás, no hay nadie que pueda detener el golpe.
En el proceloso mundo de hoy, tan atareado por mantenernos enganchados, existe un síndrome al que, a falta de una terminología más precisa, bautizaré como Síndrome Sims 2. En realidad, si mal no recuerdo, en todos los Sims existía la opción de trucar el dinero virtual que te permitía construir mansiones que le parecerían excesivas hasta a Georgina Rodríguez. Pero yo jugué sobre todo al Sims 2 y, desengañémonos, a nadie más le interesa ponerle nombre a esta patología. Sus síntomas aparecen por primera vez en el umbral de la edad adulta, hasta el punto de que hay teóricos que sostienen que quizá padecerlo sea un requisito indispensable para desarrollar "vejez". Se caracterizan por un ligero achaque mental, algo así como un tropiezo que nos entra, por ejemplo, la primera vez que incursionamos en Idealista. Ese recuerdo muscular que nos lleva a pujar por todo sólo para descubrir, con el indisimulado escalofrío que sólo conocemos quienes nos hemos sentido indescriptiblemente estafados, que el dinero es algo ligeramente diferente a un mero número en una pantalla. Y que es ajeno a nuestros bolsillos, además.
Yo percibo en este síndrome los rasgos de una época y, quién sabe, de una generación. Encierra en sí la sutil pereza cerebral de quien no se ha visto obligado a desperezarse hasta muy tarde y la dulce huida hacia el pasado, que, como toda ficción, es tan sólo una vacía promesa de control. Quienes lo hemos padecido sabemos que el pasado siempre es la infancia y que el control no es exactamente nada, pero bien podría ser una secuencia de botones pulsada rápidamente en un teclado; una partida guardada; en fin, cualquier salida que nos permita reiniciar cuando las cosas se ponen feas, o enfrentarlas con la certeza no del todo consciente de que jamás ha existido verdadera opción a la derrota. A una mala, se baja la dificultad.
El problema de este síndrome es que las personas que lo padecen no parecen darse cuenta de que viven padeciéndolo hasta que las consecuencias de su padecimiento se hacen insalvablemente dañinas, para ellas o para los demás. Uno puede contagiarse el día en que sus hermanos lo sacan del atolladero, se me ocurre, enseñándole a hacer chuletas, yo qué sé. Y terminar de alguna forma llegando a ministro y manejando el BOE como si se tratase de una barra de comandos. Hoy en día existen ejemplos entrañables de este pensamiento mágico, como prohibir por ley el uso del término "alienación parental" en los casos de divorcio conflictivo en los que se sospeche que la madre ha manipulado a sus hijos en contra de su padre. Algo así como taparse los ojos para no ver al caco, ya que, si nosotros no le vemos, por pura lógica él tampoco nos podrá ver. Y luego hay cosas más extremas, como anunciarle al mundo que acogerás en tus puertos un barco infectado por un virus mortífero exhibiendo, al mismo tiempo, fricciones de organización interna, mensajes contradictorios y disputas entre administraciones que no parecen saber ni ellas quién rendirá cuentas, llegado el caso, por haber ostentado la máxima responsabilidad durante la operación. La explicación, en cualquier caso, es bien sencilla. El Síndrome Sims 2 sólo se cura cuando la realidad golpea y, detrás, no hay nadie que pueda detener el golpe. En el caso que nos ocupa, sólo hace falta recordar cómo nuestros eternos adolescentes han gestionado el covid, la dana, los incendios veraniegos o el accidente de Adamuz. Preguntarse qué consecuencias han padecido por su ineptitud. Y concluir que no nos iría peor si nos gobernase la plantilla del Madrid.
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