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Sánchez, Zapatero, Stalin y gente así, explicados

Necesitaríamos un Alejandro Magno con el liderazgo y el coraje para asumir la responsabilidad de cortar el nudo gordiano que atenaza una democracia cada vez más convertida en un juego de antipatriotas, chorizos y bellacos.

Necesitaríamos un Alejandro Magno con el liderazgo y el coraje para asumir la responsabilidad de cortar el nudo gordiano que atenaza una democracia cada vez más convertida en un juego de antipatriotas, chorizos y bellacos.
26/07/2026.- El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada al Puesto de Mando Avanzado instalado en Navaluenga (Ávila). | EFE

Hay un misterio mayor que el universo propuesto por la mecánica cuántica, a saber, el espectáculo de los socialistas justificando lo injustificable, cayendo en la indecencia y, lo que es peor, en el ridículo, solo comparable a esos argentinos que creen que su selección de fútbol ha sido vencida por una conspiración españolista-islámica-woke.

Pero el aparente misterio de la multiplicación de joyas y subvenciones por parte de los socialistas se explica racionalmente. Basta escarbar en la bibliografía académica, de la psicología a la ciencia política, para entender cómo un líder lleno de buenas intenciones –digamos Lenin o Stalin, Sánchez o Zapatero– puede acaparar el poder ilegítimamente, cometiendo toda clase de tropelías (salvando las distancias entre el genocidio perpetrado por los comunistas soviéticos y el asalto a los joyeros por parte de los socialistas españoles). Las respuestas combinan mecanismos cognitivos y de personalidad con incentivos estructurales de supervivencia política.

David Owen ha tenido un pie en cada mundo. Neurólogo y expolítico, ha estudiado cómo el poder prolongado altera la cognición y la personalidad de los líderes. Owen denominó "síndrome de la soberbia" al trastorno desarrollado por la exposición crónica al poder que conduce al desprecio hacia la crítica, la preocupación desproporcionada por la imagen y el legado, así como la identificación excesiva del líder con el Estado o el partido. El poder refuerza su sentido de invulnerabilidad e indispensabilidad. Recordemos que, tras solo siete días como ministro, Máximo Huerta presentó la dimisión ante Sánchez y el presidente centró la entrevista en sí mismo, en qué diría la historia sobre él. En su caso, la soberbia no la adquirió en el poder, sino que venía ya de fábrica.

La literatura sobre narcisismo político (Jerrold M. Post, Narcissism and Politics: Dreams of Glory) muestra que quienes alcanzan altos cargos suelen presentar rasgos narcisistas elevados, por lo que la dimisión o la admisión de responsabilidad amenazaría esa autoimagen grandiosa. Ante evidencias de corrupción –denuncias judiciales, pérdida de apoyo electoral– se activa la disonancia cognitiva descrita por Leon Festinger (A Theory of Cognitive Dissonance) que hace que el individuo reduzca el malestar reinterpretando los hechos como persecución política, exagerando la maldad del adversario o minimizando las acusaciones, mecanismo que tanto los líderes como sus bases leales usan por igual para mantener la coherencia identitaria. El caso de Sánchez y sus huestes lo ejemplifica hasta el detalle.

Dacher Keltner (The Power Paradox) añade otra dimensión. En política se asciende gracias a la empatía y la cooperación –comportamiento típico de las sectas–, pero su ejercicio tiende a reducir la empatía, aumentar la impulsividad y sesgar la atención hacia la propia imagen y supervivencia –o sea, termina convirtiéndose en una mafia–. El resultado es una menor sensibilidad a las señales de erosión de la legitimidad, lo que conduce, en casos tan tóxicos como crónicos, a la actual degeneración política y ética del gobierno y el partido de Sánchez.

Desde la ciencia política, la explicación más potente viene de la teoría del "selectorado" de Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith. En The Dictator's Handbook demuestran que los líderes –democráticos o no– priorizan mantener la lealtad de su "coalición ganadora" (los imprescindibles para seguir en el cargo) por encima de la opinión pública o de normas éticas abstractas. Véase la coalición Frankenstein de Sánchez, con gentes como Puigdemont y Otegi. Mientras esa coalición –partido, aliados, redes que van de RTVE al Constitucional pasando por el Ateneo de Madrid– se mantenga cohesionada, el líder tiene incentivos racionales para resistir ya que las acusaciones contra su entorno se gestionan como costes externalizables, siempre que no rompan la coalición esencial.

En sistemas parlamentarios como el español, hay factores institucionales que refuerzan esta lógica, de la moción de censura constructiva a la dependencia de los gobiernos minoritarios de pactos regionales o de izquierda, pasando por la polarización afectiva y el "voto de bloqueo" que llevan a los socialistas a ver la corrupción de Sánchez y su entorno como un ataque de "lawfare" por parte de jueces "fachas".

Estudios empíricos sobre supervivencia de líderes ante escándalos (Brandon Rottinghaus, "Surviving Scandal") confirman que los costes reputacionales se absorben mejor cuando el líder controla la narrativa interna y los mecanismos de lealtad. Y es que psicológicamente el poder favorece que la supervivencia dependa de mantener una coalición ganadora lo bastante leal. Cuando ambos factores se alinean –un líder con alta tolerancia a la disonancia y un sistema que dificulta su refutación–, resistir se convierte en la estrategia racional dominante. El propio Sánchez ha cultivado públicamente esta imagen de mantenella y no enmendalla (su libro Manual de resistencia).

¿Significa todo esto que estamos condenados los españoles a ser unos Sísifos políticos y cargar con la piedra de la corrupción, la demagogia, el populismo? Al menos Sísifo tenía unos momentos de sosiego mientras bajaba la montaña. Pero nosotros no tendremos pausa. Necesitaríamos un Alejandro Magno con el liderazgo y el coraje para asumir la responsabilidad de cortar el nudo gordiano que atenaza una democracia cada vez más convertida en un juego de antipatriotas, chorizos y bellacos. Mientras, sin que se le moviese un músculo de la cara al saludar a los campeones del Mundial, Sánchez pontificaba sobre ética (diversidad, tolerancia, pluralismo) mientras su gobierno, su partido y hasta su familia son investigados y condenados. Siempre habrá un Javier Ruiz dispuesto a darle un masaje y un Perro Andaluz a lamerle hasta las suelas en RTVE.

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