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José García Domínguez

La Quinta Internacional (progre)

La izquierda ya no es el partido de los trabajadores, sino el exquisito club de los graduados universitarios, gentecilla con mala conciencia.

Pedro Sánchez en la Global Progressive Mobilisation celebrada en Barcelona. | Cordon Press/Ignacio Lopez Isasmendi/ZUMA Press Wire

Se ha paseado por Barcelona la plana mayor del progrerío mundial, en una suerte de romería laica oficiada por Pedro Sánchez para conjurar, entre canapé y muy empalagosa retórica multiculti, el espectro de Donald Trump. El evento, una Global Progressive Mobilisation de nombre pretencioso y gramática cipaya, ha cumplido su función litúrgica: certificar que España es el nuevo faro de Occidente para esa izquierda que, a falta de ideas, se aferra al sucedáneo de la gesticulación impostada. Ha sido un éxito de estética huera; un retablo de las maravillas donde el presidente alérgico a la prioridad nacional se exhibió como el último dique de cartón piedra frente a los malos.

Como advierte Josep Burgaya, a la socialdemocracia le han perpetrado no un cambio sino un "cambiazo" histórico. Branko Milanovic lo ha teorizado diciendo que la izquierda ya no es el partido de los trabajadores, sino el exquisito club de los graduados universitarios; gentecilla con mala conciencia por los golpes que no les ha dado la vida, que diría el poeta de Tabacos de Filipinas. Así, con la coartada de la globalización, la socialdemocracia abandonó a los obreros que todavía quedan para pasar a identificarse con los intereses de una élite meritocrática y urbana, olvidando que su fuerza residía en la homogeneidad de una clase obrera industrial ahora desguazada.

Según Milanovic, al romperse esa cohesión y virar hacia políticas que favorecen a los sectores más cualificados —los "brahmanes" que diría Piketty—, la izquierda ha empujado a los perdedores de la globalización hacia los brazos de la extrema derecha. En nombre de un pragmatismo cínico, la socialdemocracia con mando en plaza aplica el mismo recetario que se elabora en las factorías de producción doctrinal del establishment anglosajón, pero aderezado con unas gotitas de cursilería buenista, solo unas gotitas. Así, en el sarao no hubo rastro de nada parecido a un programa, tampoco brizna de autocrítica. Que defienden la democracia y la libertad, dicen. Alguien se ha tenido que destrozar el cerebro para llegar a proclamas tan originales. En fin, ya lo dijo el novio de Hannah Arendt: la nada nadea.

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