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EDITORIAL

A gobernar con Vox

De nada valen las ambiciones personales del candidato si las urnas no le permiten llevarlas a la práctica.

Las elecciones de este pasado domingo en Andalucía reflejan un dominio aplastante del centro-derecha, que superó el 55% de los sufragios emitidos y se hizo con 27 diputados más que la izquierda en su conjunto. Es todo un éxito electoral que conviene valorar adecuadamente tratándose de Andalucía, históricamente el primer granero de votos del PSOE.

En las filas populares crece el descontento por no haber alcanzado la mayoría absoluta, el gran objetivo de Juan Manuel Moreno en estas elecciones, pero el hecho es que los electores han otorgado una victoria aplastante a los dos partidos de la derecha, aunque la distribución de escaños no sea del gusto de unos y otros. El deber del candidato popular es asumir la realidad y actuar en función del resultado obtenido, no de sus expectativas.

Las primeras declaraciones del líder del PP andaluz, en las que asegura que su intención es gobernar en solitario, responden más a un deseo personal que al realismo político que debe inspirar a los representantes que ejercen el poder. De nada valen las ambiciones personales del candidato si las urnas no le permiten llevarlas a la práctica, lo que desemboca tarde o temprano en una melancolía estéril que, en el caso andaluz, resulta especialmente llamativa tras el éxito cosechado en los recientes comicios.

Nada hay de malo en que el PP gobierne en coalición en Andalucía. Ya lo hizo en 2019, cuando Juan Manuel Moreno llegó a un pacto de gobierno con Ciudadanos y entregó una vicepresidencia y cinco consejerías a los de Albert Rivera, un acuerdo que contó con el apoyo parlamentario de Vox para desalojar por primera vez al PSOE del poder, tras casi cuarenta años de gobiernos socialistas. En aquella ocasión, el popular actuó como aconseja el sentido común para evitar la repetición de las elecciones, una estrategia que debería aplicar también ahora para responder con celeridad y eficacia al mandato de las urnas.

Los prejuicios contra Vox de una parte del Partido Popular, en el que se incluye de manera destacada el presidente andaluz, son un despropósito que alargaría las negociaciones de la investidura de manera innecesaria para desesperación de los votantes de ambos partidos. El ejemplo de María Guardiola en Extremadura debería ser suficiente para no incurrir nuevamente en ese error.

Acierta Núñez Feijóo, por tanto, al señalar que el adversario del Partido Popular es Pedro Sánchez y no el partido de Abascal, un hecho elemental que, sin embargo, no logra permear adecuadamente en los distintos escalones de su partido cuando los barones no alcanzan sus objetivos personales. Pero los deseos de los dirigentes territoriales del Partido Popular no pueden entorpecer la unidad de acción que necesita el centro-derecha para poner fin al sanchismo, el objetivo que debería primar en todo momento, evitando prolongar las batallas fratricidas a que PP y Vox nos tienen acostumbrados.

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