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No somos iguales

En la izquierda, la conspiranoia más demente es el núcleo de su argumentación.

En la izquierda, la conspiranoia más demente es el núcleo de su argumentación.
Jesús Cintora, Silvia Intxaurrondo y Javier Ruiz. | RTVE

De verdad que me gustaría escribir de otras cosas, pero la corrupción del PSOE es a España lo que la arena al Sáhara. El socialismo robando se ha convertido en algo tan común que es simplemente un paisaje visto desde la ventana del tren, el fondo de pantalla de Windows, el papel pintado del salón de casa de la abuela. Sólo que en casa de la abuela no hay colocadas una docena de sobrinas a sueldo del ministerio.

El enésimo borbotón de aguas fecales surgido de las alcantarillas de la calle Ferraz coincide en el tiempo con varios juicios a antiguos altos cargos del Partido Popular. En otras circunstancias los casos Kitchen o Montoro ocuparían si no las portadas, si un porcentaje apreciable de la información política, pero las sucesivas oleadas de mugre del sanchismo tardío entierran todo a su paso, incluida la corrupción de gobiernos anteriores.

El caso Montoro lo destapó una investigación de Javier Chicote en ABC. Según cuenta, ha sido víctima de repetidos intentos de perjudicarle en lo económico y en lo personal, hasta el punto de haber denunciado personalmente a la cúpula del Ministerio de Economía por su persecución. Un periódico conservador destapando un caso de corrupción de un gobierno del mismo signo no es una excepción. El primer diario en mencionar los papeles de Bárcenas fue El Mundo, a través de una famosa investigación de Esteban Urreiztieta y el denostadísimo Eduardo Inda. Esos dos mismos periodistas fueron los que destaparon el caso Noos, que acabó con Iñaki Urdangarín en la prisión de Burgos. A la Infanta Cristina la sentó en el banquillo Manos Limpias. También fue Inda parcial o totalmente responsable de la dimisión de Cristina Cifuentes o de la salida de España del rey emérito.

Comparemos este comportamiento de la prensa conservadora o liberal cuando gobierna el PP con lo que los medios de izquierdas llevan haciendo durante los ocho años de sanchismo. No es sólo que ni uno solo de los muchísimos medios progresistas no hayan sido capaces de destapar un solo caso de corrupción del PSOE, es que han dedicado cantidades ingentes de energía, espacio y tinta en denigrar e insultar a los periodistas que sí han hecho su trabajo. Y siempre repitiendo los argumentarios gubernamentales, sin desviarse un solo milímetro. Y ha sido así con todo; durante años, ni un solo periodista de izquierdas fue capaz de elaborar la más leve de las críticas acerca del encierro tan ilegal como innecesario al que nos sometió el gobierno durante la pandemia, o a los catastróficos resultados de la gestión de Simón, Illa y el propio Sánchez. Nadie podrá encontrar una sola palabra en la hemeroteca de la SER contra los indultos y la amnistía al golpismo nacionalista catalán. Hasta su caída en desgracia, el total de tertulianos, comunicadores y escribidores zurdos que habían mencionado algo acerca de las licenciosas costumbres del ministro Ábalos ascendía a un total de cero. La prensa de izquierdas es con el PSOE como la prensa catalana con los gobiernos de la Generalidad: es incapaz de encontrarle un solo fallo.

Alfredo Urdaci desapareció de la primera línea mediática después de aquel desafortunado Ce Ce O O hace más de dos décadas. Al lado de lo que hacen Intxaurrondo y Javier Ruiz cada día, todos los días, los informativos de Urdaci eran la cumbre del periodismo neutral, merecedores de un Pulitzer y de la invención del Nobel de Periodismo. Todo el mundo tiene sus sesgos, sus lealtades, sus pagadores y sus anunciantes, pero ningún periodista de la derecha se ha comportado de manera tan obsesivamente lacayuna con políticos conservadores como la práctica totalidad de los comunicadores zurdos lo han hecho durante los ocho años negros del sanchismo. Lo cual explica buena parte de las infinitas trapalladas socialistas: si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente, y durante dos cuatrienios nadie desde su propio espectro político le ha exigido rendición de cuentas al gobierno. En la no-izquierda no ha existido, ni podrá existir jamás, algo tan profundamente infame y enfermizo como el Manifiesto contra el Golpismo Mediático y Judicial que la flor y nata del periodismo progresista se apresuró a firmar tras un chasquido de dedos de Pedro Sánchez. Un auténtico manifiesto por la impunidad de los poderosos, publicado precisamente por los encargados de impedirla. Es inimaginable algo así en el espacio conservador y liberal; habría que irse a buscar friquis en los extremos de la campana de Gauss. En la izquierda, la conspiranoia más demente es el núcleo de su argumentación.

Unos cuantos comunicadores están saltando ya del barco del sanchismo en previsión de su posible naufragio, pero en la calle y en las redes hay muchísima gente que no va a volver del lugar oscuro al que les han enviado dos legislaturas de propaganda. Mientras tanto y como en la famosísima escena final de El Hundimiento, en el búnker de Sánchez ya sólo quedan los más fanatizados, y todos tienen pánico a decir la verdad y sufrir las iras del dictador.

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