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Malvados o tontos

Cualquier persona que se crea las teorías de la conspiración que el gobierno propaga debe ser tratada con el desprecio que se merecen los canallas

Cualquier persona que se crea las teorías de la conspiración que el gobierno propaga debe ser tratada con el desprecio que se merecen los canallas
Europa Press

Cuando Pedro Sánchez habla hay un método infalible para saber, más allá de toda duda razonable, si está mintiendo: si está moviendo los labios, la respuesta es sí. Por eso todos sabíamos, antes de que se produjera, que la comparecencia presidencial en el Congreso a cuenta de la invasión marroquí de Ceuta iba a consistir en una sarta de embustes, y no quedamos decepcionados. "Es absurdo pensar que el Ejecutivo fue avisado y no hizo nada adrede". No sólo no es absurdo sino que es lógico, primero porque hay pruebas de ello, y después porque en los abundantes antecedentes, el comportamiento del gobierno ha sido idéntico una y otra vez. Sánchez lleva desde 2020 haciendo la misma rueda de prensa, únicamente cambia la tragedia evitable a la que culpa a todo el mundo menos a sí mismo.

Sabemos que la invasión de Ceuta contó con la colaboración activa de Marruecos, y no sólo porque hemos visto los vídeos de gendarmes alauitas descargando con amabilidad literales volquetes de invasores camino de la frontera. También porque nadie con un número de neuronas superior al de dedos de los pies puede creerse que una satrapía como la marroquí, que controla con puño de hierro quién y cómo se mueve en cualquier lugar a menos de 100 kilómetros de Ceuta y Melilla, puede no percatarse de que la población completa de la provincia de Soria se está desplazando hacia una frontera de ocho kilómetros de longitud. Era obvio desde el primer minuto.

Y el gobierno mintió también desde el primer minuto para salvarle la cara a Marruecos. Por eso España se quedó inmediatamente aislada en Europa, porque ¿cómo demonios va a dar la cara por nosotros el resto del continente si nuestro gobierno es incapaz de verbalizar algo que hasta el militante más tonto de la Federación Socialista Madrileña —Rafael Simancas— tenía claro a las siete de la tarde del día de la invasión?

Sabemos que la culpa de la invasión es del PSOE por un motivo muy sencillo: tenemos ojos en la cara. Sánchez puede permitirse culpar a Netanyahu, Trump y Putin de una invasión marroquí porque está convencido de que la mitad del país es igual de imbécil que el activista medio de Bluesky y se traga la papilla de idioteces con la que Ignacio Escolar o Silvia Intxaurrondo alimentan a los despojos fanatizados que aún se creen a este gobierno. Pero cualquier persona alfabetizada y con capacidad de discernimiento sabe que Sánchez miente, igual que ha mentido en todas las ocasiones en las que la incompetencia de su gobierno ha acabado en tragedias y muertos.

El apagón fue culpa de Sánchez, los muertos de la Dana fueron culpa de Sánchez, la masacre de Adamuz fue culpa de Óscar Puente (y por tanto de Sánchez) y que no se tomaran medidas contra la propagación del Covid hasta 12 horas después de la manifestación del 8 de marzo de 2020 también fue culpa de Sánchez y de su gobierno de incapaces y traidores.

Y por abundar en los embustes del egomaníaco monclovita, todos sabemos también que Ábalos, Koldo y Santos Cerdán, puteros y corruptos, no son la excepción sino la norma, que el fiscal general del Estado delinquió para perjudicar a un adversario político y que el hermano del presidente es un chorizo y su mujer una robaperas. Y nada de eso es consecuencia de una conspiración policial y judicial de extrema derecha. Todo eso sucede porque Sánchez es un enfermo adicto al poder que se rodea de gente tan moralmente quebrada como él, y cualquier persona que se crea las absurdas teorías de la conspiración que el gobierno lleva años propagando debe ser tratada con el desprecio que se merecen los canallas o con la compasión reservada a los retrasados mentales. Porque después de ocho años de embustes, quien se crea una sola palabra de lo que Sánchez excreta por la boca sólo puede ser dos cosas: malvado o tonto.

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