El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha reconocido públicamente que el PIB de la isla cayó un 4% en el tercer trimestre de 2025, que la inflación se ha disparado y que las entregas de alimentos no satisfacen las necesidades de la población. Una declaración que resume, con inusual crudeza para un dirigente comunista, la magnitud del desastre económico y social que atraviesa Cuba tras más de seis décadas de revolución. Esta semana, en La Pizarra de Domingo Soriano hemos analizado las claves de este colapso.
Para entender la dimensión real de la situación conviene partir de un dato que a menudo suele pasarse por alto, a mediados del siglo XX, Cuba contaba con una renta per cápita superior a la de España y la de algunos países europeos. La isla, además, reunía condiciones excepcionales para el desarrollo: proximidad con Estados Unidos, una clase media en crecimiento y algunos recursos. Lo que habría podido ser Cuba sin la revolución del 59 es, hoy, una pregunta posible, y los datos invitan a pensar que podría haber alcanzado una posición económica equivalente a la de un país europeo.
La realidad de la revolución cubana
La realidad, sin embargo, es bien distinta. El salario medio de Cuba no alcanza los 15 dólares mensuales, siete de cada 10 cubanos no realizan tres comidas al día, y el 89% de la población vive en situación de pobreza extrema. Los cortes de electricidad, que de forma habitual superan las 20 horas, pueden llegar a extenderse en determinadas zonas. Los edificios se derrumban por la ausencia de mantenimiento y la ayuda humanitaria que llega del exterior acaba en las empresas estatales.
Antes esta situación, más de un millón de personas han abandonado la isla desde 2021, muchas de ellas arriesgando su vida en embarcaciones precarias. Un éxodo que, en ausencia de un conflicto armado, resulta difícil de explicar si no es por la dirección que ha tomado la clase dirigente.
Más allá de las estadísticas, el análisis apunta a una causa estructural que explica buena parte de los males de Cuba y, por extensión, de cualquier economía planificada. En el socialismo, todo el poder lo detenta el Estado. No existe competencia que obliga a mejorar la oferta ni incentivos para satisfacer al consumidor. El resultado es el desabastecimiento crónico, las colas interminables y una ciudadanía que depende de la voluntad del partido para acceder a bienes de primera necesidad. Y es que el deterioro no solo es material, pues la reconstrucción de Cuba exigirá revertir décadas de distorsión en las relaciones sociales y económicas de su población; un proceso que podría resultar tan complejo como costoso.


