
Semanas, meses e incluso años antes del apagón que dejó sin luz a toda la península el 28 de abril del año pasado, el sector nuclear ya hablaba de esa posibilidad en el caso de que España, a contracorriente, decidiera apagar sus centrales. Al argumento de las emisiones o el coste en la factura, el sector añadía el de la "firmeza" que proporcionaban sus plantas al sistema. En abril de hace un año, tecnicismos como "inercia" o "energía síncrona" se hicieron más que habituales cuando se pasó del terreno de las hipótesis al de los hechos: aun sin haber cerrado aún ninguna planta, el sistema eléctrico español se fue a cero evidenciando las lagunas de una red que había cambiado radicalmente en pocos años con una intensísima penetración de fotovoltaica y eólica que hacía mucho más complejo manejarla.
¿De qué hablaba el sector cuando ya antes del apagón defendía las bondades de la nuclear para garantizar la estabilidad de la red? En su comparecencia en el Senado en la comisión del apagón, el expresidente de Foro Nuclear Ignacio Araluce lo resumió con una imagen: la del grupo "turboalternador" de cualquier central nuclear española. Una mole de "más de 500 toneladas, que gira a 1.500 revoluciones por minuto", con los álabes de la turbina dando vueltas a 1,2 veces la velocidad del sonido. La "inercia gigantesca" que provoca este movimiento regular y constante hace que los desequilibrios en la red tarden unos segundos cruciales en afectar a la velocidad de la turbina, contó. "Una eternidad en el mundo eléctrico", resumía, ejemplificando así por qué las centrales síncronas, que cuentan con esta enorme energía rotatoria como la hidroeléctrica, los ciclos combinados o el ya apagado carbón, amortiguan las oscilaciones.
Mientras desde antes del apagón voces como la del ahora pronuclear Jordi Sevilla contaban cómo los técnicos de Red Eléctrica le decían que dormirían más tranquilos si siguieran en marcha, y después múltiples expertos y los propios operadores enfatizaban la importancia de esta fuente de energía para evitar sobresaltos, desde el Gobierno se aferraron a la hipótesis del accidente "inevitable" e "imprevisible" sin abrirse, de cara a la galería, a cambios en su política energética. Entre farragosas explicaciones, en una estrategia prácticamente idéntica a la exhibida por Óscar Puente en Adamuz, el Ejecutivo dijo que no faltó "inercia" (a día de hoy las eléctricas siguen sosteniendo que sí faltaba en la zona cero del apagón), presumió de cómo volvió la electricidad a las casas sin asumir culpa alguna por el hecho de que se hubiera ido y, en un giro especialmente desconcertante, salió en defensa de la solar arremetiendo contra la energía nuclear, dejando claro que no habría cambios drásticos como consecuencia de este golpe de realidad y señalando las carencias de estas centrales mientras pedía que no se atacara a las renovables.
De las nucleares, el presidente Pedro Sánchez llegó a decir que "lejos de ser una solución fueron un problema" el día del apagón, argumentando que no fueron "más resilientes" ya que se desconectaron "como el resto de tecnologías" y que hubo que "desviar hacia ellas grandes cantidades de energía para mantener sus núcleos estables". Un señalamiento trufado de medias verdades que asombró al sector, que ha continuado meses después de forma más o menos velada y que coincide con un momento crítico para la política energética española: será en estos meses cuando el Gobierno, previo informe del Consejo de Seguridad Nuclear, decida si permite a la central nuclear de Almaraz seguir abierta otros tres años. El Ejecutivo respondió a esta petición de prórroga con tres líneas "rojas": la seguridad de suministro, la estabilidad de la red y que no supusiera un coste para el ciudadano, motivo por el que las empresas renunciaron a reclamar una bajada de impuestos. Y a la espera de un dictamen que llegará seguramente en otoño, el sector dice que confía en un sí porque esta decisión evitaría el enorme coste político de que pueda volver a pasar lo que ya ocurrió.
En estos meses de ruido y explicaciones deliberadamente complejas, destaca la claridad de las conversaciones de los operadores de días y meses antes del 28 de abril y declaraciones rotundas como la de Mario Ruiz-Tagle, CEO de Iberdrola, en el Congreso: preguntado sobre si Red Eléctrica pudo haber pedido a Almaraz el día antes del cero que su unidad 2 operara a plena potencia, contestó que sí, y que el riesgo de apagón hubiera sido "probablemente menor" (ese día, uno de los reactores de la central extremeña estaba apagado por los bajos precios mientras que el otro estaba al 70%). Almaraz, avisan, es "crítica" por ser de las pocas centrales síncronas en la zona donde se desencadenó el apagón. Lo mismo ocurre con otras plantas nucleares, como Cofrentes (aporta el 50% de la energía valenciana) o las aún más imprescindibles Ascó y Vandellós para Cataluña.
Se impondrá "el sentido común", dicen en el sector recordando, además, que para cerrar Almaraz aún habría que aguardar a un informe de Red Eléctrica señalando si sería seguro hacerlo. Lo que sí parece claro es que, si ese día llega, seguirá sin haber asunción de culpas.

