
El pasado 2 de julio, en la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo celebrada en Sevilla, el ministro de Asuntos Exteriores reclamó al resto de países desarrollados que cumpliesen de una vez con el compromiso del 0,7% del PIB para Ayuda Oficial al Desarrollo. Lo hizo con el aplomo de quien predica desde un púlpito que él mismo no ocupa: España destina hoy el 0,34%, la mitad escasa de la cifra exigida. Pero no es de la incoherencia política de lo que conviene hablar. Conviene hablar de algo más profundo, que afecta por igual al ministro y a quienes le aplaudieron. Conviene hablar del propio 0,7%.
La conferencia se llamaba, literalmente, "de Financiación para el Desarrollo". El nombre delata la confusión. Se cree, y se legisla, que el desarrollo se financia. Que el hambre se combate con dinero. Que la pobreza se erradica transfiriendo. Y se establece como métrica oficial del esfuerzo internacional un porcentaje del PIB destinado a transferencia. Por si fuera poco, el mismo ministro Albares acudió esa tarde a un evento paralelo titulado, sin pestañear, "Más allá del PIB", donde defendió que el PIB no mide bien el desarrollo. Es decir, exige un porcentaje de una magnitud que él mismo reconoce que no sirve. La hemeroteca es generosa con las paradojas.
El dinero no es riqueza. El dinero es medio de pago, aceite que permite el intercambio. La riqueza es producción de bienes y servicios, y su intercambio libre. Quien tiene hambre necesita comida, no euros: necesita que alguien produzca cereal, lo lleve a su mercado y se lo pueda vender. Quien necesita vivienda necesita una casa, no una transferencia: necesita que alguien construya y que esa casa pueda alquilarse o venderse en condiciones libres. Confundir el dinero con la riqueza es como confundir la receta con la comida. Tiene su utilidad en la cocina, pero no se come.
Frédéric Bastiat lo escribió hace ciento setenta y cinco años, en aquel breve y extraordinario ensayo titulado Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas. Lo que se ve es el dinero repartido: el cheque, la transferencia, el subsidio, la ayuda. Eso fotografía bien, eso vota bien, eso llena conferencias en Sevilla. Lo que no se ve es la cosecha que no se sembró, la fábrica que no se montó, la vivienda que no se construyó, el agricultor que se hizo perceptor en lugar de productor. Lo que no se ve, decía Bastiat, es lo que importa.
La aritmética acompaña. Si los más de treinta países donantes del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE cumpliesen simultáneamente el 0,7% sobre su Renta Nacional Bruta combinada, se movilizarían en torno a cuatrocientos mil millones de dólares al año. La FAO calcula que erradicar el hambre en el mundo de aquí a 2030 requeriría unos treinta y tres mil millones adicionales anuales. La cuenta da de sobra: doce veces lo necesario. Acabaríamos con el hambre del planeta y aún sobraría para hospitales.
La estimación para acabar con el hambre
Lo más perturbador es que ni siquiera hace falta llegar al 0,7%. La Ayuda Oficial al Desarrollo efectivamente desembolsada por los donantes ya supera, año tras año, los doscientos mil millones de dólares. Es decir, seis veces lo que la FAO estima necesario para acabar con el hambre. Y, sin embargo, el hambre persiste. Persiste desde hace décadas. La pregunta de columna no es por qué falta dinero, sino por qué con tanto dinero el problema sigue ahí.
Curiosamente, la respuesta la apuntó el propio ministro en Sevilla, cuando admitió que la Ayuda Oficial al Desarrollo "por sí sola será insuficiente". Es decir, intuye que el dinero solo no basta. Lo que no intuye es por qué. La respuesta es la de Bastiat: porque el dinero no produce comida. La produce el agricultor que tiene tierra que puede cultivar, semilla que puede comprar, herramientas que puede importar, mercado donde vender lo cosechado y un Estado que no le confisque la mitad antes de cenar. Sin esas condiciones, todo el oro del mundo no transforma un campo de África en un granero. Con esas condiciones, una generación basta. Lo demostraron Corea del Sur, Taiwán, Chile, Polonia, Vietnam y, por encima de todos, China desde el día en que renunció a planificar la cosecha. No fue la cooperación al desarrollo lo que los sacó de la miseria. Fue el mercado.
En España la confusión categorial está, además, blindada por escrito. La Ley de Cooperación para el Desarrollo Sostenible y la Solidaridad Global, aprobada en febrero de 2023, elevó a rango legal el compromiso del 0,7% para 2030. Hemos legislado, en otras palabras, una transferencia, no un resultado. La ley fija el medio y abandona el fin. Si en 2030 alcanzáramos el 0,7% y el hambre del mundo siguiera intacta, el Estado español habría cumplido escrupulosamente con el ordenamiento. La métrica, no la pobreza, es lo que cuenta. Es la versión legal del problema: medimos el cheque, no el resultado.
Esto los teólogos-economistas de Salamanca lo entendieron en el siglo XVI mejor que muchos legisladores del XXI. Conmemoramos este año, precisamente, el quinto centenario del acceso de Francisco de Vitoria a la Cátedra de Prima de Teología de Salamanca, en 1526: la fecha fundacional de la escuela. Vitoria sostuvo que el comercio entre los pueblos era derecho natural, anterior al poder político —el ius communicationis: el derecho a producir, vender y comprar a través de las fronteras como condición civilizatoria—.
Sus discípulos refinaron la doctrina monetaria. Juan de Mariana, en De monetae mutatione, escribió que alterar el medio de pago sin alterar la base productiva era un fraude al intercambio justo. Martín de Azpilcueta sostuvo que el dinero vale por lo que con él se puede comprar, no por su número. Domingo de Soto enseñó que la justicia conmutativa exige libertad real de las partes, y que sin producción libre no hay intercambio justo. Cuatrocientos años antes de los planes de cooperación, sabían que la riqueza es producción y que el dinero es solo lenguaje. España, paradójicamente, es la patria de quienes primero lo escribieron. Y la patria, también, de quienes primero lo olvidaron.
Hay una prueba indirecta de que la sociedad lo intuye, aunque no acierte a formularlo. Si el problema fuera realmente de dinero, y de tan poco dinero como las cifras apuntan, el contribuyente no protestaría: pagaría sin chistar treinta y tres mil millones a cambio de erradicar el hambre del mundo, igual que paga sin chistar el seguro del coche para no andar en autobús. Pero protesta. Protesta porque, sin haber leído a Bastiat ni a Vitoria, sabe que el dinero que entrega no se transforma en lo que dice transformarse. Sabe, sin saberlo, que está pagando un teatro, no una solución. La queja del contribuyente, que tantas veces se descalifica como insolidaria, es en realidad la última defensa intelectual contra la confusión categorial del legislador.
Por eso conviene decirlo en voz alta, aunque a algunos les queme: el capitalismo es el sistema que más ha hecho por los pobres en la historia. No por bondad de los capitalistas, ni por compasión, ni por ética: por eficacia estructural. Es el único orden que alinea la producción con el intercambio libre, y el intercambio libre con la elevación material de quien menos tiene. Saca a la gente del hambre porque permite que produzca algo que otros quieran comprar. Saca a la gente del frío porque permite que se construyan casas que otros puedan alquilar. Saca a la gente de la enfermedad porque incentiva que alguien invente la medicina y la venda. El subsidio mantiene; el mercado emancipa.
La ayuda oficial al desarrollo no fracasa porque sea cara. Fracasa porque sustituye el desarrollo por la ayuda. El día en que la métrica del esfuerzo internacional deje de ser el porcentaje del PIB transferido y pase a ser el porcentaje de pobres incorporados al mercado mundial, ese día empezaremos a hablar en serio de erradicar el hambre. Hasta entonces, seguiremos celebrando conferencias en Sevilla, firmando "compromisos" en Sevilla, legislando en Madrid y preguntándonos, con genuino desconcierto, por qué después de tanto dinero sigue habiendo niños que no cenan.
Bastiat no se sorprendería. La Escuela de Salamanca, tampoco.

