
Hace tres meses, un buen amigo nos regaló a mi hijo y a mí un cachorro de Cane Corso. Se llama Winston Churchill de Todos los Santos, lo que explica con razonable exactitud nuestras admiraciones personales y, de paso, una cierta idea de españolidad que conviene declarar pronto y sin disculpa: el nombre rinde tributo al hombre que entendió antes que casi nadie qué era el totalitarismo, y al santoral que durante siglos articuló la vida común de este país. Para casa nos basta con llamarle Winston.
Winston ha resultado ser un perro maravilloso, y entre las muchas cosas que ha hecho por la familia hay una inesperada: enseñarme, cada mañana, una lección de economía política que en algún momento del bachillerato debí desatender.
Como cualquier dueño primerizo bienintencionado, lo adiestré con el catálogo habitual del aficionado serio: galletitas de cereales y pienso de buena marca, varitas de carne desecada, tiritas de pato deshidratado. Funcionó. El cachorro hace lo que se le pide y se comporta como debe, con la esperanza —ya no siempre cumplida, porque el hábito está adquirido— de la recompensa. Hasta aquí, nada notable: la operante de Skinner aplicada al mejor amigo del hombre.
Hace unas semanas, sin embargo, descubrí por puro accidente —se me habían acabado las varitas y tenía a mano otra cosa— que un trozo de pico de pan frito en aceite de Antequera produce en Winston exactamente el mismo entusiasmo que la tira de pato gourmet. La misma agitación de la cola, el mismo brillo en los ojos, la misma sentada inmediata. La diferencia está en que el pico de pan, incluso siendo de buen pan y excelente aceite, me cuesta alrededor de un ochenta por ciento menos. Y como el ahorro me predispone a la generosidad, hasta puedo permitirme premiarle con más cantidad. Todos contentos: él come más, yo gasto menos, y el adiestramiento avanza.
¿Por qué ocurre esto? Porque a Winston le da rigurosamente igual lo que me cuesta a mí el premio. Su valoración del bien no se forma a partir del precio objetivo, ni del trabajo incorporado en producirlo, ni del prestigio de la marca, ni de la cadena de proveedores que llevó la varita de carne de pato desecada desde una granja de los Países Bajos hasta el lineal de mi tienda de mascotas. La valoración del cachorro es íntegramente suya, está en su cabeza canina, y depende de lo que él, y solo él, espera obtener al hincarle el diente. Si dos bienes le proporcionan una satisfacción equivalente, son equivalentes para él. Punto. El precio que yo pagué pertenece a otro mundo —el mío— y a Winston no le concierne.
Esto que un Cane Corso de seis meses ejecuta con disciplina cartesiana se llama, en lenguaje técnico, teoría subjetiva del valor. Y conviene saber dos cosas sobre ella.
La primera es que es la única teoría del valor que efectivamente funciona, en el sentido modesto de que es la única que explica los precios que observamos en los mercados sin tener que explicarlos como anomalías, desviaciones o injusticias. La segunda es que la descubrieron los españoles. No los austriacos, aunque a los austriacos les debamos la formulación rigurosa que se enseña hoy en algunas facultades (en otras ni eso). Tres siglos antes de que Carl Menger publicara en 1871 sus Principios de economía política, los doctores de la Escuela de Salamanca habían escrito, en castellano, lo esencial. Diego de Covarrubias dejó dicho hacia mediados del XVI que el valor de un bien no depende de su naturaleza sino de la estimación común de los hombres. Luis Saravia de la Calle, en su Instrucción de mercaderes de 1544, lo hizo aún más explícito al afirmar que el justo precio nace de la abundancia o escasez de las cosas, de los mercaderes y del dinero, y de la afición de quererlas o no quererlas. Esa última cláusula —la afición de quererlas o no quererlas— es, sencillamente, teoría subjetiva del valor en castellano del siglo XVI. Luis de Molina y Juan de Mariana operaban en la misma órbita intelectual.
Que esto se nos haya olvidado, y que tengamos que recordárnoslo importando el adjetivo «austriaco» como si la idea hubiera nacido a orillas del Danubio en lugar del Tormes, dice más de nuestra desmemoria intelectual que de la historia del pensamiento económico.
Mientras Salamanca trabajaba con buen tino, otra tradición se enredaba en un acertijo que tardaría en desatar: ¿cómo es posible que el agua, indispensable para la vida, valga tan poco, mientras que el diamante, perfectamente prescindible, valga tanto? Adam Smith planteó la paradoja sin resolverla bien. David Ricardo se convenció, con elegancia matemática y mala intuición, de que el valor de las cosas dependía del trabajo socialmente necesario para producirlas. Y Karl Marx, heredero filosófico y dialéctico de Ricardo, llevó la teoría del valor-trabajo hasta sus últimas consecuencias morales: si el valor lo crea el obrero, el beneficio del capitalista es, por definición, robo, y el sistema entero merece ser expropiado.
El problema es que la teoría sobre la que descansaba esa indignación moral era falsa. Eugen Böhm-Bawerk, austriaco él, lo demostró con un ejemplo que en justicia debería repetirse en cualquier curso introductorio: imaginemos una tarta de barro elaborada con prodigios de paciencia, horas de trabajo, talento técnico, refinamiento estético. Tiene incorporadísimo el trabajo. Y, sin embargo, no vale absolutamente nada, porque nadie en su sano juicio quiere comérsela. Conclusión: el trabajo, por sí solo, no produce valor. Lo produce el deseo del que valora. Y si nadie valora el bien, no hay teorema marxista que lo redima.
Winston, que no ha leído a Böhm-Bawerk pero practica su corolario cada mañana, aceptaría sin problema ese veredicto. La varita de pato puede haber consumido más trabajo, más capital y más cadena logística que el pico de pan; le da igual. Lo que él valora es la satisfacción que le produce, no la biografía industrial del bocado.
Hasta aquí, la lección económica. Pero la anécdota tiene también una segunda lectura, más incómoda, que un buen austriaco —Hayek, sin ir más lejos— no habría dejado pasar. Porque resulta que los políticos también han descubierto sus picos de pan.
El adiestramiento del votante funciona, en lo esencial, igual que el de un cachorro: se asocia un comportamiento deseado —el voto— con una recompensa que el sujeto valora subjetivamente. Lo verdaderamente interesante, y lo que un estratega electoral medianamente competente sabe en su segunda campaña, es que el coste de la recompensa para quien la administra no tiene por qué guardar proporción alguna con el aprecio que el votante tiene por ella. Un gesto simbólico bien colocado, una identidad halagada en el momento oportuno, una transferencia modesta empaquetada con la retórica adecuada, una promesa cuyo cumplimiento se verificará tarde y sin testigos: todo eso son picos de pan. Cuestan poco. Funcionan.
La diferencia entre Winston y el votante es, naturalmente, que Winston no paga la factura del pico de pan. La pago yo, y la pago contento, porque el ahorro objetivo se traduce en mayor bienestar para los dos. El votante, en cambio, paga la factura de su pico de pan —vía impuestos, vía deuda, vía inflación— y, sin embargo, raramente la lee. La asimetría es perfecta para quien adiestra: el coste recae sobre el adiestrado, mientras la recompensa subjetiva la disfruta él en la urna.
No es esto, desde luego, una novedad histórica ni una patología de un solo color político. La izquierda lo hace con identidades y derechos enunciados; la derecha lo hace con identidades y rebajas anunciadas; los populismos de ambos signos lo perfeccionan con virtuosismo. La teoría subjetiva del valor explica por qué les resulta tan rentable el procedimiento: el votante no compara el coste objetivo de lo que recibe con el coste objetivo de las alternativas que paga de su bolsillo. Compara su satisfacción subjetiva con el premio ofrecido frente a su satisfacción subjetiva con el premio del rival. Y entre dos picos de pan razonablemente bien fritos, decide.
Conviene, por todo esto, recuperar la teoría subjetiva del valor no solo como herramienta económica sino como categoría política. Reconocer que el valor lo decide quien valora —y no quien produce, ni quien legisla, ni quien promete— es devolver al sujeto, sea consumidor o ciudadano, una soberanía que la teoría objetiva, en cualquiera de sus encarnaciones, le retira. Salamanca lo entendió en el XVI con claridad teológica. Viena lo formalizó en el XIX con claridad analítica. Y un Cane Corso de pocos meses lo ejecuta cada mañana en mi casa con claridad olfativa.
La diferencia entre el mercado y la política, al cabo, no está en que uno trate al hombre como soberano y el otro como ganado. Está en lo que cada uno hace con la verdad que ambos conocen. El mercado, cuando funciona, respeta la valoración subjetiva del cliente y compite por satisfacerla al menor coste posible: por eso Winston come pico de pan y yo gasto menos. La política, cuando funciona mal —y es su tendencia natural cuando nadie la vigila—, manipula esa misma valoración subjetiva para abaratar su propio adiestramiento del electorado.
Que conste que Winston no tiene la culpa de nada. Su comportamiento es inocente, eficiente y entrañable. Es a los humanos -salmantinos, vieneses o de donde sean- a quienes la teoría subjetiva del valor obliga a estar atentos.