
La presión tributaria española está en máximos históricos: nuestra libertad como pagadores de impuestos está en mínimos. El gobierno de Aznar terminó con una presión tributaria del 38% del PIB, el de Zapatero con una de 36,2% (por el hundimiento de la economía de 2009-2011, no porque haya bajado los impuestos) y el de Rajoy con una de 37,9%; Pedro Sánchez la subió hasta 42,9%.
Esos 5 puntos porcentuales de aumento de la presión tributaria con Sánchez significan que al sector privado le arrebatan € 84.400 millones más que en 2017. Esa cifra, dividida por los 18,9 millones que trabajamos en el sector privado (los únicos que pagamos impuestos), implica que, de media, cada uno paga € 4.500 anuales más en impuestos que antes del sanchismo.
Dado este punto de partida, es fácil estar de acuerdo en que hay que recortar los impuestos. Más difícil es ponerse de acuerdo en cuáles habría que recortar primero.
Un buen comienzo sería retrotraer el sistema tributario a la situación en que se encontraba en junio de 2018. Sería comenzar suprimiendo todos los impuestos creados por el sanchismo-leninismo: Grandes Fortunas, tasa Google, tasa Tobin, plásticos, etc. En general son impuestos que recaudan poco, pero dañan mucho.
Lo mismo habría que hacer con las cotizaciones sociales: volver al sistema anterior de autónomos (con libertad para elegir la base de cotización dentro de un máximo y un mínimo) y eliminar el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI) y la cuota de "solidaridad". Como el impacto presupuestario en este caso es mayor, seguramente habrá que hacerlo por fases.
Centrándonos en los impuestos, los políticos se inclinan por rebajar el IRPF. Desde su punto de vista es lógico: es lo más visible a ojos de los votantes. Pero empezar por recortar el IRPF no es lo que tiene más sentido económico (además, lo primero que habría que hacer con el IRPF es hacerlo menos progresivo, pero ese es otro tema).
España tiene empresas con un tamaño medio menor que el de Europa, la productividad está estancada (ahora es similar a la de 2012), la inversión privada es insuficiente y la tasa de paro sigue siendo una de las más altas del continente. Esos cuatro problemas pueden encararse simultáneamente rebajando el Impuesto sobre Sociedades.
Quienes solo vean los efectos inmediatos dirán que eso solo ayudaría a los "ricos", las multinacionales y las grandes empresas. El error no podría ser mayor. Porque bajar Sociedades aumenta la rentabilidad esperada de todos los proyectos de inversión. Por lo tanto, se estaría incentivando la inversión productiva de forma lineal, sin elegir ganadores y perdedores. A su vez, el aumento de la inversión implica la creación de empleo productivo. Y ese mayor empleo productivo permitiría aumentar la recaudación de IVA, IRPF y cotizaciones sociales de manera genuina.
Recortar el Impuesto sobre Sociedades, entonces, "se paga solo", porque es la forma más directa de estimular la actividad económica y el empleo. Con una ventaja adicional: que la inversión productiva tiende a subir la productividad general de la economía, que es el primer requisito para una subida sostenible de los salarios. Al alentar la creación de empleo y el aumento de salarios, rebajar Sociedades sería una medida de gran alcance social.
Ahora hay diferentes reducciones parciales en el tipo general de este impuesto (para empresas de nueva creación, startups, para las que facturen menos de € 1 millón, otro para las que tengan ventas de hasta € 10 millones, etc.). Lo óptimo sería definir una reducción gradual del Impuesto sobre Sociedades (por ejemplo, bajando el tipo general a razón de un punto porcentual por año, hasta dejarlo en 10%), fijando una escala única por tramos de facturación, que absorba los distintos regímenes que ahora existen.
Aunque la reducción fuera gradual, al ser preanunciada, los empresarios podrían incorporarla en sus proyectos, por lo que el impacto real debería ser mayor que el que sugiere el recorte de apenas un punto anual. Al mismo tiempo, fijar tipos menores para las pymes alentaría su crecimiento mediante la reinversión de beneficios, la forma más barata de financiación con que cuentan las empresas.
Recortar el Impuesto sobre Sociedades sería una forma rápida de empezar a recuperar la competitividad perdida por el aumento de cotizaciones, la subida exagerada del salario mínimo y la miríada de registros y exigencias burocráticas que se fueron imponiendo en los últimos años.
No hay que subestimar el impacto dinamizador de ofrecer a los empresarios un horizonte de reducción gradual del Impuesto sobre Sociedades. Si Irlanda fue capaz de revolucionar su economía por tener un tipo de 12,5%, ¿te imaginas lo que podría ocurrir en España con un tipo similar o incluso menor?
Director de Barceló & Asociados

