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El BCE: un balance lamentable

Tras 27 años y medio de euro, un análisis cuestiona la gestión del BCE y sostiene que ha erosionado el poder adquisitivo en Europa actual.

Tras 27 años y medio de euro, un análisis cuestiona la gestión del BCE y sostiene que ha erosionado el poder adquisitivo en Europa actual.
Europa Press

En enero de 1999 se lanzó el euro. Al Banco Central Europeo (BCE) se le encomendó la tarea de velar por la estabilidad de precios para proteger el poder de compra de la moneda común. Desde entonces hasta junio último han pasado 27 años y medio (330 meses), un período suficiente para evaluar qué tan buena ha sido la tarea del BCE.

Tarea que puede calificarse con una palabra: lamentable. También valdría llamarla empobrecedora. Veamos por qué.

El objetivo de inflación comenzó siendo "inferior al 2%", algo común en otros bancos centrales. Si medimos la actuación del BCE según esa definición inicial, vemos que en 156 meses la meta se consiguió, pero en 174 meses no. El objetivo inflacionario, con la definición amplia con que comenzó, solo se alcanzó el 47% de los meses. Algo que no alcanza ni para un aprobado raspado.

En mayo de 2003, aunque en los nueve meses anteriores la inflación se había mantenido persistentemente por encima del 2%, el BCE se vino arriba y se autoimpuso una meta más exigente: la inflación debía ser "inferior, pero cercana, al 2%". Nunca se aclaró qué tan cercana, pero podemos suponer razonablemente la interpretación de que la inflación debía ser superior a 1,5% pero inferior a 2%.

Esa definición estuvo vigente más de 18 años. Por alcanzarla, Mario Draghi, presidente del BCE desde noviembre de 2011, comenzó a experimentar todo tipo de alquimia monetaria: préstamos a largo plazo, compras de bonos con garantías de activos, reducción del tipo de interés hasta el 0% (algo contra natura, porque implica que da lo mismo consumir hoy o dentro de un año, por ejemplo), etc.

Con todo, el resultado fue penoso. La meta autoimpuesta por el BCE apenas se cumplió 37 de los 218 meses en que fue válida. Durante el 83% del tiempo, el BCE no cumplió su objetivo de inflación.

Con Christine Lagarde, la autoridad monetaria se rindió. O se sinceró, abrazando una meta más flexible, pero coherente con una mayor inflación. Desde julio de 2021, el objetivo es "2% simétrico", por lo que vale tanto un 2,3% como un 1,7%. Aun con esta interpretación laxa (1,7% a 2,3%, ambos inclusive, como valores que cumplen con el objetivo autoimpuesto), la meta del BCE se cumplió solo en 17 de los 59 meses que lleva en vigor: un 29% del tiempo.

Se alegará la pandemia, la guerra de Ucrania, ahora la guerra en Medio Oriente y cualquier otra cosa, como ha ocurrido siempre. Porque los bancos centrales nunca admiten su culpa en los brotes inflacionarios pese a que tienen el monopolio de la emisión monetaria (y, recordemos, la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario).

Las excusas del BCE son fáciles de desmontar: en el mismo continente, con la misma pandemia y las mismas guerras, entre diciembre de 2020 y junio de 2026, Suiza tuvo una inflación media anual de 1,5%. En la eurozona fue casi tres veces mayor, 4,3%.

¿Qué hacer? La solución más simple sería derogar el curso forzoso del euro. Es decir, permitir que contratos y salarios se paguen en la moneda que acuerden libremente las partes; el estado (siempre con minúscula) debería aceptar cualquier moneda para el pago de impuestos (o, al menos, definir una lista de monedas aceptadas). El euro no desaparecería, pero debería competir; podríamos transaccionar en francos suizos, dólares australianos o coronas suecas, por ejemplo. La competencia ejercería su acción disciplinadora y el BCE, ahora más pendiente de las necesidades de los gobiernos que de la estabilidad de precios, debería portarse bien.

Si no lo hiciera, provocaría un daño menor, ya que podríamos huir del euro usando otras monedas. Si persistiera en sus políticas inflacionistas, el BCE condenaría al euro a la marginalidad monetaria.

Por supuesto que hay alternativas más audaces: abolir el BCE y devolver la libertad monetaria al sector privado, que podría no solo usar cualquier moneda sino también emitir una o más (posibilidad, obviamente, reservada en la práctica a un conjunto de grandes bancos u organizaciones). Esto incluiría la posibilidad de utilizar criptomonedas libremente.

La moneda común fue un proyecto político para intentar disputar la supremacía global al dólar norteamericano. No consiguió ese objetivo político y tampoco logró las metas inflacionarias explícitamente fijadas. El euro es un experimento que nos está costando demasiado caro y es hora de empezar a discutir alternativas superadoras. Con la mente abierta.

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