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La Nación, después de todo

    

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Son tiempos tan poco propicios para el orgullo patrio que, recién llegado de la gran manifestación que ha recorrido el centro de Madrid, los sentimientos son contradictorios. El 5 a las 9 ser español es un poco más fácil. O, al menos, ya no carece de sentido, sensación tristemente habitual en los últimos tiempos. Miles de personas, de ciudadanos dignos de tal nombre, nos han permitido visualizar que la Nación sigue viva, a pesar del deterioro institucional. Mal que les pese a ingenieros sociales y líderes tribales son las naciones las que construyen las instituciones, y no al revés.
 
Fue el 5 a las 5. Una multitud se agolpaba en la calle Serrano y aledaños desde mucho antes de las 5. No más mentiras, no más treguas trampa. Eso nos convocó a todos. Las banderas de España se contaban por miles. Algunos dirán que fue un acto político. Que las víctimas del terrorismo están haciendo política. ¡Faltaría más! Sus seres queridos fueron asesinados única y exclusivamente por ser españoles. Son huérfanos, viudos o están amputados porque son españoles. Pagaron con su vida el 'delito' de pertenecer a la Nación española. Ellos pagaron pero los señalados éramos todos. ¿Cómo no iba a ser un acto político? No se me ocurre otra ocasión mejor para ondear una enseña rojigualda. La memoria, dinidad y justicia que reclaman las víctimas del terrorismo es indisoluble de esa comunidad política y soberana de ciudadanos libres e iguales que es la Nación española, única fuente de legitimidad de las instituciones. Claro que es política.
 
El 5 a las 5, una vez más, fue un ejemplo de civismo. Es insólito que en concentraciones tan masivas no haya un solo incidente. En esa clima de serenidad transcurrió la marcha hasta que llegamos a la plaza de Colón. Fueron muchas las intervenciones, no sobró ninguna. ¡En mi nombre no! resonaba con fuerza en nuestras conciencias. ¡En mi nombre no! repitieron cerca de 20 de ciudadanos españoles. Porque no habrá ningún peces barba que pueda negarles esa condición a las víctimas del terrorismo. ¡En mi nombre no! Ni en el de todos los que allí estábamos. ¡En mi nombre no! exclamó, al cabo, la Nación española. 
 
Dijo Alcaraz que volverá a convocarnos a todos si quiénes tienen la obligación moral no lo hacen. La política española, la casta que ha secuestrado la soberanía en forma de partitocracia, ha ido expulsando a los mejores. Como Santi Abascal. Su discurso fue un ejercicio de patriotismo brillante, vibrante, valiente, estimulante, que debería sacar los colores a quiénes suben a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados cada semana. Fue el discurso de un político, en el sentido más virtuoso del término, de un patriota.
 
En el cierre del acto sonó el himno. Es curioso la fuerza de los símbolos. Cómo unas simples notas musicales pueden cobrar tanto sentido.
 
Y es que el 5 a las 5 fue la Nación.  

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