Menú
Antonio Robles

Un vulgar golpista

Confunde sus percepciones particulares con el fundamento de la democracia, cree que su conciencia basta para fundamentar el Derecho.

Hay en todo este proceso de exaltación emocional por la independencia una impostura que debe ser denunciada. Es el recurso fundamental en que han basado su causa los nacionalistas a lo largo de sus ciento y pico años de existencia: el victimismo, la lamentación, la queja constante y la falsa predisposición al diálogo. Para escenificar su rol de víctimas, buscaron desde siempre un enemigo, que con el trascurso del tiempo pasaron de personalizarlo en personaje históricos –Felipe V en el siglo XVIII, Alejandro Lerroux en el XIX– a identificarlo con un régimen –el franquismo en el XX– o un Estado –el español, claro–. La secesión ha seguido un curso progresivo. Ha sido necesario, eso sí, ir incrementando las quejas para demostrar el imposible encaje de Cataluña en España, como pedantemente suelen decir. Si es el mismo Estado la causa de los males de Cataluña, solo queda la independencia.

Un enemigo exterior, su condición de víctimas y unas formas educadas para contrastarlas con la fuerza bruta de los tanques del Estado que los oprime: he aquí sus armas preferidas. La más socorrida es la de presentarse como ciudadanos pacíficos, amantes de la paz y el diálogo. Un ejemplo de lo más burdo, y sin embargo resultón, guay, enrollado, progre. Como casi todos los suyos. En la manifestación de la Diada de la independencia, un lema decía: "No hay camino para la independencia, la independencia es el camino". Por supuesto, en catalán. Aquí el contenido también es la forma.

La frase es tan manida, y su autor tan conocido dentro de los movimientos pacifistas, que casi me da vergüenza identificarla. El original es de Gandhi, a propósito de la paz: "No hay caminos para la paz, la paz es el camino".

Mancillar esta sentencia de un hombre grande que inventó la resistencia pacífica y dio su vida por la tolerancia entre ideologías, nacionalismos y credos es vergonzoso. Así son nuestros nacionalistas: no toleran al otro, excluyen su cultura y su lengua, se mofan de su patria, pretenden quedarse con lo de todos, diseñan rupturas unilaterales... y encima quieren pasar por pacifistas. Complejo de poetas. Unos caraduras.

La independencia es violencia, porque el propio nacionalismo es violencia. La mejor definición formalmente lógica que conozco es esta: "El nacionalismo es excluyente o no es". Y toda exclusión entre iguales es violencia. Como violencia es criminalizar a los demás, excluirlos socialmente, imponerles una lengua; violencia es tratar al otro de ladrón, imperialista y maltratador; violencia es buscar la ruptura del Estado cuando saben que será traumática para millones de personas que no la quieren; violencia es violar las leyes, amenazar con el factor numérico, publicar direcciones, nombres y declaraciones de ciudadanos disidentes; tener en vilo a toda una nación para buscar ventajas propias del antiguo régimen sin tener en cuenta el bien común; pretender lograr la secesión y tachar de verdugos a los excluidos.

El presidente Artur Mas ha encarnado ese buenismo empalagoso y contrapuesto la actitud de los gobernantes españoles y la del "pueblo catalán" (del que, parece, es dueño y señor) un día antes de su encuentro con Rajoy: "El President constata que de España sólo llegan amenazas, mientras que la actitud catalana es positiva y de construcción. No vamos contra nadie. No consideramos a nadie enemigo nuestro, pero queremos construir nuestro proyecto de país". Un angelito.

Sólo un día después, lo que ha dicho tras su reunión con el presidente del Gobierno español delatan su carácter mesiánico y nada democrático:

Hay un pueblo que se siente nación, y esto no lo van a cambiar con una Constitución. (...) Las constituciones se adaptan. Y si Cataluña, de forma mayoritaria y pacífica, decide en los próximos tiempos emprender un camino y un proyecto de futuro, no se puede simplemente poner la Constitución como una pared insalvable.

¿Y cuál será el criterio? ¿El suyo?

Un vulgar golpista. Confunde sus percepciones particulares con el fundamento de la democracia, cree que su conciencia basta para fundamentar el Derecho. No se entera de que es la Constitución la que da legitimidad ante las cosmovisiones de cada uno, no el encabronamiento de uno o de un millón. La misma confusión de Tejero. Aunque, como va sin tanques y con una estelada de corbata, se cree ungido. Lo dicho, un Tejero con espardenyes.

Temas

En España

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Biblia Ilustrada
    • Libro
    • Curso