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Luis Herrero Goldáraz

El rastro de un hedor

El acercamiento de los presos de ETA no es el hedor que nos incita a hablar. Su rastro nos permite percibir el grado de nuestra degeneración moral.

El acercamiento de los presos de ETA no es el hedor que nos incita a hablar. Su rastro nos permite percibir el grado de nuestra degeneración moral.
Txapote en la Audiencia Nacional durante un juicio en 2010. | EFE / J. J. Guillén

No lo sé, yo no lo he vivido, pero no parece una locura suponer que lo peor de ser asesinado por ETA era haber sido señalado por ETA previamente. A la muerte se llega siempre como por sorpresa. Ni siquiera los moribundos de largo recorrido dejan de estar del todo vivos, esto es, un poco esperanzados, hasta un segundo después de estar ya muertos. La vida funciona así. Uno pasea sus desgracias por esta angustiosa orilla y de repente, sin tiempo a estar seguro de si sigue estando aquí o está por fin allá, deja de estar. Lo que nos mata en realidad es esa muerte que viene antes de la muerte. Ese andar muriéndose sin morirse nunca. El señalamiento previo es un crimen ruin porque funciona a modo de recordatorio. Inicia un estertor postrero que se prolonga y sigue, hasta matar de aburrimiento a la propia muerte. Y aún peor. Es un matar continuamente a quien nos quiere, que no consigue discernir dónde termina la espera y cuándo comienza el lamento.

Por eso, quizá, lo peor que llegó a hacer ETA fue "socializar el sufrimiento", eufemismo rastrero que no conseguía enmascarar lo que su nueva estrategia ya había desenmascarado. Es decir, que señalados habíamos estado todos desde siempre y que, desde siempre también, sólo ellos habían tenido derecho a vivir sin miedo. El asesinato de Gregorio Ordóñez no fue un simple aviso. Ni siquiera solamente un recordatorio. Fue la constatación de que la diana había pendido sobre nuestra nuca todo el tiempo, y que a partir de entonces ya nadie podría dejar de esperar un balazo que quizá, eventualmente, nunca terminaría de llegar. ETA nos mató antes de que nos matase la muerte.

Tenían sus motivos, claro. Todos buscamos el cielo en nuestros vicios y el cielo del nacionalismo vasco no es otra cosa que una tierra homogénea y feliz en la que la discrepancia política ya no tenga que ser combatida, porque habrá dejado de existir. Fue Fernando Savater quien señaló que el asesinato de Gregorio Ordóñez, y el de Múgica, y el de Buesa, "fue un acontecimiento triste y lamentable, naturalmente, todo el mundo lo siente mucho", pero que a algunos también "les trajo un beneficio colateral". "Si ETA no se lo impide, Ordoñez hubiera llegado probablemente a la alcaldía de San Sebastián. Ya no es posible que el caso vuelva a darse. Mira qué bien. Como suele repetirse, las víctimas no pertenecen a ningún partido: pero está claro a cuál beneficia su inmolación".

Decir de Bildu que son los herederos de ETA sólo es incorrecto en su inexactitud. Herederos de ETA han sido y son todos esos partidos que han recibido como una herencia una masa electoral cincelada aparatosamente por los terroristas. Herederos de ETA son todos los nacionalistas que se han beneficiado de la limpieza étnica que una banda de asesinos perpetró bajo el silencio cómplice y el hipócrita anhelo atormentado de cada uno de ellos. Eso incluye al PNV, desde luego. E incluso quizá sobre todo a ellos.

Es necesario recordarlo, ahora que se habla de justicia y reparación en tantos niveles de la esfera pública, para no permitir que el foco quede puesto allí donde no hay demasiado que enfocar. El acercamiento de 13 presos de ETA al País Vasco, incluido el asesino de algunos de los nombres citados más arriba, no es el hedor que nos incita a hablar. La peste viene de otro cuerpo mucho más corrupto y repulsivo, uno que el actual Gobierno se afana en perfumar para que toda España se atragante. Los presos no son más que el dinero manchado, el pago ominoso y degradante por un apoyo inconcebible. Seguir su rastro simplemente nos permite percibir el grado de nuestra degeneración moral. No es sólo que una tierra enferma de nacionalismo pretenda convencernos de la bondad de su maldad. Tampoco que las competencias penitenciarias lleven tiempo en manos de quienes arden en deseos de agasajar, homenajear y, si por ellos fuese, poner en libertad a criminales orgullosos de serlo. Ni siquiera que la mayoría de las víctimas sigan sin saber quiénes son los responsables de su desgracia debido a que esos mismos responsables se niegan a colaborar con la Justicia. Es todo eso y un poco más. Desandando este camino inmundo se llega a la única verdad del muerto: que un fascismo gobierna España, y es, precisamente, el que sostiene a Sánchez.

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