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Santiago Navajas

Todo sea por el cambio climático

Usan el ecologismo, manipulándolo y envileciendo, para su propósito real de destrozar, enfrentar y conducirnos a una guerra civil a escala planetaria.

Usan el ecologismo, manipulándolo y envileciendo, para su propósito real de destrozar, enfrentar y conducirnos a una guerra civil a escala planetaria.
Las dos radicales ecologistas que rociaron Los Girasoles con tomate. | Cordon Press

¿Cómo sabemos que estamos delante de una acción ética auténtica? Vivimos la era del postureo, definido por el DLE como el "comportamiento poco natural de una persona que se esfuerza por dar una imagen pública para conseguir la aprobación de otras personas". Un ejemplo paradigmático de postureo ha sido Penélope Cruz, cortándose un mechoncito del pelo para solidarizarse, de una forma tan banal e inane como interesada, con las bravas mujeres iraníes que desafían a los ayatolás para reivindicar su derecho a no taparse el cabello con el ominoso hiyab que las convierte en buzones andantes.

La diferencia entre la actriz española y la activista persa Masih Alinejad es que esta última se juega literalmente la vida llevando el pelo suelto con la misma libertad que reclama para las iraníes que no tienen su suerte de vivir en Occidente. Alinejad se juega el pellejo, y pone toda la carne en el asador, allá donde Penelopé Cruz hace un gesto que solo la beneficia a ella misma, apuntándose en su curriculum vitae la marca de la solidaridad impostada dentro de un activismo tan fofo como vacío.

El acto más radical de protesta política lo llevó a cabo en 1963 el monje budista Thích Quảng Đức para denunciar la persecución a sus compañeros de religión por el gobierno de Vietnam del Sur, nueve de los cuales habían sido tiroteados al manifestarse contra la prohibición de ondear la bandera budista. Thích Quảng Đức había estado tres años viviendo en total aislamiento. Bajó a la ciudad desde la montaña únicamente para unirse a la protesta budista en el centro de Saigón. En aquellas latitudes, monje budista se denomina "bonzo", y ya pueden imaginar el acto de protesta que iba a protagonizar nuestro monje. Antes lo he denominado acto radical, pero debe entenderse en el sentido de ir a la raíz de las cosas, no en el de tajante e intransigente.

¿Cómo no respetar la acción del bonzo, aunque nos parezca excesivamente radical, en esta ocasión en el sentido de extremosa? Sin duda su acción ética fue auténtica, libre de todo rastro de hipocresía o fariseísmo. En las antípodas de los activistas ecologistas de extrema izquierda que se están dedicando últimamente al vandalismo de obras de arte. De Londres a Berlín, de Van Gogh a Monet, la furia iconoclasta de la kale borroka ecoizquierdista nos revela lo que es manifiesto en grupos como Greenpeace o ahora Just Stop Oil: que solo se declaran verdes como marketing para poder llevar a cabo su real agenda política roja. Usan el ecologismo, manipulándolo y envileciendo, para su propósito real de destrozar, enfrentar y conducirnos a una guerra civil a escala planetaria. Luis Herrero Goldáraz nos ha recordado cómo el filósofo Roger Scruton se rebeló contra la revolución de pacotilla de mayo del 68, el antecedente del actual histerismo iconoclasta:

Yo me pregunto cuántos Scrutons, cuántos conservadores recalcitrantes de veinte años estarán naciendo al ver a los activistas del progresismo ecologista de hoy.

Greenpeace o Just Stop Oil son organizaciones criminales porque lo que necesitamos urgentemente es energía barata y diversa –nuclear, solar y fósil– para promover lo que más detestan los ecologistas de izquierda: la prosperidad, la riqueza y el desarrollo que continúe la tendencia a la eliminación de la pobreza mundial, que solo será posible si continuamos invirtiendo en crecimiento capitalista en lugar de decrecimiento socialista.

¿Qué podrían hacer estos ecologistas de extrema izquierda para llamar legítimamente nuestra atención sin causar más escándalos gratuitos ni dañar obras de arte? Podrían quemarse a lo bonzo; o podrían cubrirse con sus propios excrementos en lugar de arrojar salsa de tomate a Van Gogh y puré de patata a Monet; quizás podrían encaramarse durante 37 años a una columna como hizo Simeón el Estilita. Esta última propuesta es la que apoyo, a ver si nos libramos durante una temporada de sus delirios paranoicos y sus alucinaciones esquizoides. Porque a pesar de sus racionalizaciones del vandalismo, como que atacan pinturas protegidas por un cristal, están incubando el huevo de la serpiente del ecoterrorismo al estilo de organizaciones como el Frente de Liberación Animal (ALF) y el Frente de Liberación de la Tierra (ELF), por no hablar del infame asesino ecoterrorista Ted Kaczynski, conocido como Unabomber. Como advierte Carlos Granés en su magnífico ensayo Salvajes de una nueva época. Cultura, capitalismo y política:

Hoy en día volvemos a ser primitivos de una nueva época (...) tratando de entender una nueva lógica de comunicación en la que todos participamos en caliente, al instante, en función de la simpatía o el odio que inspire el interlocutor. El resultado es una violencia en el debate público que no se veía desde los años treinta.

Mientras reconsideran su actitud de postureo filisteo, espero que sean condenados con su propia medicina, teniendo que borrar todas las pintadas de Londres y Berlín. Por supuesto, con la lengua, para evitar más emisión de CO2 a la atmósfera. Todo sea por el cambio climático.

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