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Luis Herrero Goldáraz

Pensamiento criminal

Hay que estar muy acostumbrado a soltar el puño y pensar después para considerar necesario acallar los pensamientos que le incitan a uno a pegar. 

Hay que estar muy acostumbrado a soltar el puño y pensar después para considerar necesario acallar los pensamientos que le incitan a uno a pegar. 
Irene Montero, respondiendo a Vox. | Imagen de vídeo

Descubro leyendo El País que "toda violencia verbal o de pensamiento contra una persona es una violencia física" y recuerdo automáticamente aquella otra frase que dice que el pensamiento sin provocación es imposible. Yo a todas estas sentencias rotundas suelo darles la misma credibilidad, así que me pongo a hacer cálculos rápidos con los dedos y llego a la conclusión confusa de que el pensamiento es un tóxico de manual. Algo que no sabe interactuar contigo sin buscarte las cosquillas y que a la mínima que se caldea el ambiente te levanta la mano no puede tener tan buena prensa, me digo. Es posible que esa sea la razón por la que cada vez más personas parezcan dispuestas a hacerle la cruz nada más encontrárselo, con tantas "red flags" que atesora el angelito. Como pueden observar, he pensado un montón para evitar tener que seguir pensando, y he terminado convertido en sociólogo.

A mí es una cuestión que me preocupa porque la verdad es que el pensamiento nunca me ha puesto una mano encima. Pero como temo estar encubriendo a un maltratador no puedo hacer otra cosa que continuar. Todo se complica cuando recuerdo la cantidad de veces que me ha dado por pensarme violento; y que lo que ha terminado salvándome de hacer el ridículo ha sido mi instinto de supervivencia, primero, y mi intelecto después. También son innumerables las veces en las que ha sido el instinto el que me ha incitado a la violencia pero luego, pensándolo mejor, he preferido envainármela. Y ni cuento todas las que, pensando fríamente en algo a lo que odio a rabiar, el Barsa durante la disputa de un Clásico, digamos, he pasado noventa minutos insultando en voz alta a la madre de Gamper y he terminado escribiendo columnas sesudas repletas de deseos de fraternidad y ansias por construir entre todos el andamiaje de una futura rivalidad ejemplar.

Una de las cosas que más me gustan de la violencia de pensamiento es que después las disculpas sólo te las tienes que decir a ti mismo. La violencia verbal exige que esté presente al menos un afectado y la física, a veces, requiere la configuración de todo un tribunal. Saltarse cada uno de los pasos que separan la primera de la última se me antoja una manera demasiado engorrosa de extender las paredes del juzgado. Algo que, a la larga, ni siquiera estoy seguro de que amplíe la justicia, pero que lo que consigue sin duda es multiplicar las condenas. Personalmente, si en algo puedo empatizar con el criminal es en su falta de motivación para castigarse a sí mismo una vez ha comprobado que para eso ya se amontonan los demás.

Siempre me ha costado entender los argumentos de quienes quieren erradicar los discursos del odio porque una de las cosas que más he experimentado en mi vida es el arrepentimiento viscoso que aparece justo después de odiar. Soy muy consciente de que la distancia que separa el pensamiento del golpe es inmensa porque, en la provocación infinita del primero, ya se encarga él solo de enredarse y de impedirse avanzar. En el fondo, sospecho que hay que estar demasiado acostumbrado a soltar el puño y pensar después para considerar necesario acallar los pensamientos que le incitan a uno a pegar.

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