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Federico Jiménez Losantos

Ciudadanos y la Ley del no es no, ya no

Pocas cosas más tristes que ver arrastrarse como si estuviera en pie al que una vez, no hace tanto, fue figura política apreciada y popular.

Pocas cosas más tristes que ver arrastrarse como si estuviera en pie al que una vez, no hace tanto, fue figura política apreciada y popular.
Arrimadas y Bal, en el Congreso. | EFE

El carácter tóxico del gobierno Sánchez no se manifiesta sólo en los daños que el presidente provoca en la Oposición, que van del fervorín sin freno al pánico sin motivo, sino en las leyes especialmente siniestras de la facción podemita, que, siempre con el apoyo de Tigrekán III –el I fue, como cuanta Galdós, Fernando VII; el II, se lo puse yo a Felipe González; y el III es Sánchez– perpetra la pandilla de género, del género tonto, sin duda, pero también deletéreo y destructivo. La ley del sólo sí es sí, o Sísí, cuyo nombre cita orgullosa Mamá Montero, no ha producido sólo la suelta de una docena de violadores y agresores sexuales y la rebaja de penas de medio centenar, sino que, con bastante probabilidad, va a producir la muerte de Ciudadanos. Se dirá que no tiene mérito matar a un cadáver. Díganselo a Cum Fraude a propósito del de Franco, a ver si lo convencen de no hacer más el ridículo.

Dialéctica del Ama y el esclavo

Edmundo Bal, esclavo moral de Inés Arrimadas, a la que se declaró eternamente fiel la semana pasada, ha dicho que se presentará contra su Ama para disputarle la presidencia del partido, y supongo que para acabar con la extravagante dirección bicéfala urdida por ella para mandar sin que se note. Es la maldición histórica de un partido que nació como proyecto colectivo, el de los intelectuales del Taxidermista, con Arcadi y Boadella a la cabeza, y se convirtió en el partido de Albert Rivera, contratado como criado sonriente por los fundadores, en la ingenua creencia de que iba a obedecer sus sabios consejos, y el criado se hizo con el partido, despreció a los amos fundadores y, sordo a cualquier consejo, acabó echándolo a pique.

Después, fue la pubilla fichada por Albert Rivera como su segunda para Cataluña, mientras él se lanzaba a la conquista de la Moncloa, la que, tras ganar las elecciones catalanas después del golpe de Estado de 2017, se largó también a Madrid para tener una familia y criar a sus hijos sin que les tirasen piedras, cosa que felizmente ha conseguido, echando a los girautas y fichando a Edmundo Bal, un abogado del Estado que se hizo popular por oponerse a las órdenes de Sánchez de no combatir a los golpistas catalanes. Ni que decir tiene que un abogado decente no tiene por qué ser un político brillante, pero es tal el socavón creado a su alrededor por Inés Arrimadas que, al final, a su lado sólo ha quedado Edmundo Bal, porque no era nadie.

Este 22 de agosto decía de Inés el que, entre bebé y bebé, se había convertido en su sombra:

"Soy su leal escudero. Me comprometí con ella, le di mi palabra. Ella me ha enseñado mucho de lo que es la política, yo le prometí que iba a estar con ella y voy a cumplir mi promesa hasta el final: siempre voy a estar con ella".

Pero ya Hegel explicó la dialéctica del Amo y el Esclavo, ampliada por Kojéve, según la cual, el Amo solo lo es si el esclavo lo reconoce como tal, y si no, uno y otro dejan de ser lo que eran. Pierre Louÿs, siguiendo La Venus de las pieles de Sacher-Masoch, lo trasladó a la relación erótica de dominación en La femme et le pantin, en la versión de Buñuel, Ese oscuro objeto de deseo; y que, tras Nueve semanas y media, abarató y popularizó Cincuenta sombras de Grey. En fin, que el que se sorprende es porque quiere, no porque no se sepa.

El discutido liderazgo de Arrimadas

Porque nadie es nadie; y Bal, tampoco. Hombre de escasa formación ideológica y política, y por tanto susceptible de guiarse por lo que está de moda o sigue la mayoría, que en España es lo que manda la izquierda, al llegar al Congreso la ley del sólo sí es sí, Bal convenció al grupo parlamentario de Cs de apoyarla. E Inés, que ahora dice que estaba en desacuerdo, no lo estuvo cuando había que estarlo, según la interpretación de sus enemigos, que creen que lo aprovechó para inutilizar a Bal, del que desconfiaba, ante el futuro del partido, que debe resolverse ya o naufragar definitivamente.

El brillante y estrepitoso vallisoletano Francisco Igea lo planteó con su estilo habitual en las velaciones de la refundación, redefinición o lo que sea del partido naranja: "Hablemos del elefante en la habitación: hablemos del liderazgo de Inés Arrimadas". Porque, en efecto, esa era la cuestión, si se aceptaba o no el liderazgo de Inés, que traía como escudero en el partido a Guillermo Díaz y al que cambió por un rival asturiano, ambos nulificados por la declaración del único cargo importante que queda, Begoña Villacís. La vicealcaldesa de Madrid, dijo: "Yo no veo alternativa al liderazgo de Inés", lo que se tradujo como "ni la sucedo, ni acepto que otro la suceda". Y entonces fue cuando Bal dijo: Yo.

Naturalmente, Begoña no se ha desdicho. Al revés, ha asegurado que dejará el partido si Bal se hace cargo de su dirección. Lo cual plantea varias salidas, todas malas. Edmundo puede renunciar, por esa presión, en cuyo caso la democracia interna se va al garete y las primarias por el sumidero. Inés quedaría a merced de poderes internos de escasa entidad: amigos que aparca por insuficientes o enemigos que convierte en aliados temporales. El tiempo de traicionarse una a otros, otros a una o traicionarse todos a todos.

El trágico precedente de UPyD

UPyD, su hermana y predecesora en la ruina autoinfligida, que no quiso en 2014 unirse a Ciudadanos, decidió disolverse cuando no hubo para la luz y se consideró más decoroso liquidar el partido que arrendarlo a unos y otros, para mantener la nómina, el modo de vida cuando no se tiene otro. No se ha hecho la novela ni la película del crepúsculo de los políticos, al modo de los westerns crepusculares de Steve Mc Quinn o Clint Eastwood. Y pocas cosas más tristes que ver arrastrarse como si estuviera en pie al que una vez, no hace tanto, fue figura política apreciada y popular, y al que hoy no reconocen los niños para un selfi y los que le votaron cambian de acera al cruzársele, si le reconocen, aunque no haya pasado tanto tiempo.

El tiempo de Ciudadanos parece haber pasado. Pero ¿cuál fue su tiempo? ¿El de 2016, con 3,5 millones de votos y 40 escaños, cuando intentó formar gobierno con el PSOE y Rajoy lo impidió para provocar nuevas elecciones? ¿El de ese mismo año, con 32 escaños, cuando apoyó a Rajoy con unos compromisos que el PP nunca cumplió? ¿El de 2019, con 4.100.000 votos y 57 escaños, cuando técnicamente podía formar Gobierno con el PSOE, pero lo desechó, quizás con razón, ante la alianza de Sánchez con los partidos comunistas y separatistas? ¿O, más probablemente, el de 2017, cuando ganó las elecciones catalanas con un millón cien mil votos, pero Inés no forzó la investidura y, como Rivera, se marchó a Madrid? ¿O cuando Inés pactó con Sánchez la moción de censura en Murcia, puerta de las de Madrid, que desbarató Ayuso y las urnas no les dieron ni un escaño?

El rastro del abandono de sus votantes

Este es itinerario de la desafección de sus votantes: en las generales de 2019, pasó de 57 escaños a 10, dimitió Rivera y el partido pudo volver a sus orígenes, irse al PP o disolverse. El PP, en las manos de Casado y las zarpas de Teodoro, quiso comprarlo y aún lo deshizo más. Castilla y León fue la prueba de que, en la derecha, aunque bramase Igea, sólo Vox era la alternativa o complemento del PP. Y la puntilla se la han dado las últimas elecciones andaluzas, donde perdieron todos los escaños, como en Madrid. Marín no era traidor a lo Aguado, pero se impuso la ley del no es no; ya no.

Las encuestas les dan un escaño o ninguno para las generales y algún concejal en Madrid. Es el magro bagaje, la ruin expectativa de un partido que, como en tantas herencias pobres, se arruina disputándolas. Hace cinco años, si Rajoy dimite, hubieran ganado las elecciones. Fue una de las torvas razones para no hacerlo. Y si antes no hubieran abandonado Barcelona, hoy tendrían dónde volver. Ahora, en Madrid, no encuentran dónde sepultarse.

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