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José García Domínguez

Vox tiene que madurar

A Vox se le están acabando los dos grandes chollos que le han permitido ser. Le ha llegado la hora de decidir, por fin, qué quiere ser de mayor.

A Vox se le están acabando los dos grandes chollos que le han permitido ser. Le ha llegado la hora de decidir, por fin, qué quiere ser de mayor.
El líder de Vox, Santiago Abascal, y el portavoz de la misma formación, Iván Espinosa de los Monteros, en el Congreso. | EFE

En circunstancias normales, Vox no existiría. Vox es el producto de una carambola imprevista del azar, igual que esos bebés que tienen algunas parejas maduras cuando los demás descendientes del matrimonio ya están acabando la universidad o estrenando sus primeros empleos como adultos emancipados. Porque Vox, ese penalti en el último minuto que se marcó la derecha a sí misma, es el fruto casi exclusivo de dos torpezas simultáneas e infinitas. Por un lado, la torpeza infinita de las élites rectoras del catalanismo, que acabaron creyéndose su propia propaganda, la que lleva más de un siglo presentando a España como un país atrasado, decadente, sin fuste moral y de tercera división, un erial medio africano que no sería capaz de soportar un envite serio contra su propia soberanía.

Por otro, la torpeza no menos infinita de las élites tecnocráticas del Partido Popular, ese mundo de altos funcionarios madrileños con una visión puramente leguleya y administrativa de la realidad de un país, el suyo, que desconocen, entre otras razones, porque nunca lo han pisado; un mundo aislado, miope y autorreferencial del que el registrador de la propiedad y muy erudito jurista Mariano Rajoy Brey constituía en aquel momento acaso el paradigma canónico. Vox existe, sí, por la revuelta catalana del año 17. Aunque también por otro azar casi tan inopinado, a saber: el improbable azar sobrevenido de que, casi medio siglo después de la desaparición del comunismo, un partido juvenil de diletantes adictos a la retórica iconoclasta e imbuidos de nostalgias criptovolcheviques lograra sentar a algunos de sus miembros nada menos que en la mesa del Consejo de Ministros del Reino de España.

Y es que Vox consiguió no sólo seguir existiendo sino crecer de modo exponencial gracias al miedo profundo de la España conservadora, católica y tradicional a Podemos. Pero Podemos ya es historia a estas horas. Y la edulcorada socialdemocracia melosa de Yolanda, su sucesora, no asusta ni a las colegialas del Sagrado Corazón. En cuanto a los otros, los catalanes, dan ahora más pena que otra cosa. A Vox, pues, se le están acabando los dos grandes chollos que le han permitido ser. A los de Abascal, en consecuencia, les ha llegado la hora de abandonar la alegre e irresponsable adolescencia y de decidir, por fin, qué quieren ser de mayores.

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