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EDITORIAL

Yolanda Díaz o la enésima escisión ultraizquierdista

Se trata de lavarle la cara al comunismo español para seguir influyendo en la política nacional de la manera en que lo ha estado haciendo estos años.

Este pasado domingo tuvo lugar la presentación de la nueva plataforma política de ultraizquierda liderada por la vicepresidenta segunda del Gobierno de Sánchez bajo el nombre de Sumar. La elección de la denominación del partido no podía ser más apropiada, teniendo en cuenta que en su seno concurren nada menos que quince fuerzas políticas a falta de que Iglesias autorice a sus subalternas, Montero y Belarra, a incorporarse al nuevo proyecto neocomunista, en cuyo caso habría que hacer sitio para la decena larga de partidos radicales que integran en la actualidad este movimiento de inspiración chavista.

A nadie se le escapa que tras la creación de esta nueva marca política no hay una voluntad sincera de renovar el mensaje de la extrema izquierda populista para convertirse en un partido democrático respetuoso con las instituciones. Se trata, simplemente, de lavarle la cara al comunismo español para tratar de seguir influyendo en la política nacional de la manera determinante en que lo ha estado haciendo estos últimos años gracias a su pacto con Pedro Sánchez.

Buena prueba de la inanidad del proyecto político anunciado durante meses por Yolanda Díaz es su mensaje central del acto de ayer, según el cual España necesita un cambio. El eslogan tendría cierto sentido si se tratara de un partido recién surgido de la iniciativa popular desde fuera de las instituciones. Dicho por la vicepresidenta de un Gobierno que lleva tres años ejerciendo el poder, este mensaje de cambio es un sarcasmo que busca concitar el apoyo de los sectores más radicales de la izquierda para destruir la marca liderada por Pablo Iglesias, su gran enemigo en el submundo populista.

El cambio, para Yolanda Díaz, consiste en quitar a Iglesias para ponerse ella, una estrategia legítima si no fuera por el uso miserable de su condición de mujer como argumento definitivo para reclamar el voto como una especie de exigencia moral. Sin embargo, nadie ha perjudicado tanto a las mujeres como este Gobierno sedicentemente ultrafeminista, cuya obra legislativa ha degradado al feminismo hasta convertirlo en un espantajo destructivo, como han denunciado no pocas organizaciones dedicadas a defensa de la mujer desde una perspectiva izquierdista.

La caída de la intención de voto de la ultraizquierda en las últimas citas electorales está siendo descomunal, como saben bien sus líderes. He ahí otra razón para esta presunta renovación de siglas y mensajes: la de mantener una marca política que proporcione un mínimo cobijo presupuestario a los cientos de inútiles amorrados a las siglas bolivarianas que están a punto de quedarse sin sueldo público y coche oficial.

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