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EDITORIAL

Matones de una dictadura

El gesto es grave, pero lo peor es que es sólo una consecuencia bastante lógica del matonismo verbal que el PSOE viene desarrollando en los últimos años.

Lo ocurrido este jueves en el Ayuntamiento de Madriddonde un socialista ha agredido al alcalde José Luis Martínez Almeida durante la celebración del pleno– es extremadamente grave.

Incluso a pesar de la rápida reacción del líder del PSOE madrileño, Juan Lobato, que ha criticado en público a su concejal y le ha pedido que abandone su acta, es un incidente que no puede pasar por alto y que no se soluciona con la dimisión del propio edil, también anunciada poco después de los hechos.

Habrá quien piense que tampoco pasa nada por unos toques en la cara que no han supuesto ningún daño físico. No es así: ha sido un gesto intolerable, invadiendo el espacio físico del alcalde y con unas formas y en un contexto que sólo se pueden entender como amenazantes.

Algo bastante peor que un despropósito, en suma, que en el caso de haber sido obra de un concejal de Vox y haber tenido como víctima a un regidor del PSOE habría supuesto no sólo un escándalo de proporciones mayúsculas, sino la excusa para poco menos que pedir la ilegalización del partido de Santiago Abascal.

Pero si el gesto es grave, lo peor es que en realidad es sólo una consecuencia bastante lógica del matonismo verbal que el PSOE viene desarrollando en los últimos años y, singularmente, desde que lo dirige Pedro Sánchez. Es un comportamiento que concuerda a la perfección con las actitudes del propio presidente del Gobierno en funciones, con su falta de respeto absoluta por sus rivales políticos y por las instituciones.

Su actitud en la sesión de investidura de Alberto Núñez Feijóo es un buen ejemplo de ello: no sólo mostró un desprecio absoluto por el líder popular, sino que eligió como representante del PSOE a su más descarnado y barriobajero perro de presa. Las agresiones del diputado por Valladolid que tuvieron que sufrir Feijóo y su partido no fueron físicas, es cierto, pero resultaron igualmente intolerables: por ejemplo les acusó de "instigar" los atentados del 11-M y de narcotráfico, nada más y nada menos. Pasar de ahí a unos cachetes no es nada extraño sino más bien lo lógico.

A este caldo de cultivo de años hay que añadir un elemento en absoluto baladí y que parece haberse incrementado en los últimos meses: la sensación de impunidad con la que viven los socialistas y con la que agreden verbalmente –al menos hasta ahora– a sus rivales políticos, tal y como harían los esbirros de un régimen dictatorial de esos con los que los socialistas y sus socios tienen tan buenas relaciones.

El PSOE se ha entregado a un nivel de intimidación que no es propio de un sistema democrático y que nos adelanta lo que está por venir: al fin y al cabo no se puede instaurar una dictadura, que es lo que pretende Sánchez, sin amedrentar, intimidar y, en su caso, agredir a todos aquellos que se opongan. Una vez más, no es la primera vez en nuestra historia en la que esto ocurre, los socialistas están dispuestos a todo.

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