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Luis Herrero Goldáraz

Pioneros de la opacidad

Ya no es que los votantes no sepamos qué hacen nuestros representantes con nuestros votos una vez han salido elegidos, es que no lo saben ni ellos.

Ya no es que los votantes no sepamos qué hacen nuestros representantes con nuestros votos una vez han salido elegidos, es que no lo saben ni ellos.
Pedro Sánchez y Félix Bolaños. | EFE

Si algo tiene de educativo que exista el Real Madrid es que crecer bajo su influencia ha vacunado a todos los españoles ante la posibilidad de que lo sorprendente se convierta en rutina. A nosotros, a diferencia de a cualquier otro habitante de este planeta anodino en el que por norma general se impone la lógica de lo cotidiano, lo inesperado nos pilla siempre un poco en posición de espera. De ahí que contemplemos las infinitas "jornadas de infarto" en las que Pedro Sánchez consigue sacar adelante votaciones que parecían encalladas en el último segundo como si fuésemos Toni Kroos ante la enésima remontada que él mismo acaba de protagonizar. Brazos en jarra, mirada aburrida y a pensar en la siguiente. Poco más. Si de verdad a nuestro presidente le va el espectáculo; si lo que quiere, como en ocasiones parece, no es sólo guiarnos férreamente hacia el progreso sino hacerlo dejándonos atónitos, lo que debería intentar sería aprobar una ley a través del procedimiento ordinario. Al fin y al cabo, el abuso de los reales decretos es muy de la temporada anterior.

De todas formas, el problema de fondo que mantiene amodorrada nuestra serie nacional es que no existe un sólo resquicio en la actual configuración de bloques del Parlamento por el que se pueda colar un mínimo de imprevisibilidad. Como el Gobierno está más débil que nunca, la cosa está más clara también. Sabemos que los socios de Sánchez le quieren esquilmar y que Sánchez dejará tranquilamente que esquilmen a los españoles con tal de permanecer en el poder. El hecho de que los necesite absolutamente a todos para sacar adelante la más mínima iniciativa sólo convierte sus negociaciones en una sucesión de humillaciones sin límite que podrán indignar, desde luego, pero nunca sorprender.

Rebuscando entre las líneas del guion, por tanto, el único avance detectable por detrás de las cámaras tiene que ver con la transparencia. Vivimos en una democracia tan sana y envidiable que ya no es que los votantes no sepamos qué hacen nuestros representantes con nuestros votos una vez han salido elegidos, como venía pasando hasta ahora, es que no lo saben ni ellos. Esta curiosísima particularidad se ha podido observar esta semana desde dos ángulos diferentes. Por un lado, los diputados del PSOE se limitaron a apretar un botón sin haber sido informados de las cesiones a Puigdemont que había detrás de esa elección; por el otro, los propios encargados de negociar aceptaron propuestas y regalaron competencias de una ambigüedad jurídica tan enrevesada que después no las sabían ni explicar. "No se queje, no se queje", estoy viendo que responderá un día Pedro Sánchez al siguiente ciudadano indignado que le vaya a increpar, "si aquí donde me ve yo me entero menos que usted". Para que luego digamos que no se ponen en el pellejo de la gente de a pie.

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