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Emilio Campmany

Presidencialismo a la española

Lo que tenemos ahora no es un Gobierno ni un Consejo de ministros, sino un rebaño que dice a todo que sí adormilado y sin preguntar.

Lo que tenemos ahora no es un Gobierno ni un Consejo de ministros, sino un rebaño que dice a todo que sí adormilado y sin preguntar.
Pedro Sánchez. | Europa Press

Al constituyente español se le plateó un dilema. No podíamos optar por un régimen presidencialista, como el de Estados Unidos o Francia, porque aquí el jefe del Estado es el rey. Como régimen parlamentario, corríamos el riesgo de acabar como Italia, con un par de docenas de partidos que derrocan al Gobierno cada seis meses. Para evitarlo, además de un sistema electoral que prima a los partidos mayoritarios, se exigió que, para derribar a un Gobierno, era necesario un candidato alternativo que reuniera a su favor la mayoría absoluta de los votos del Congreso de los Diputados. De forma que nuestro presidente no es un primus inter pares, como en el Reino Unido o Italia, sino que es algo más que, si lo desea, puede gobernar como si fuera el presidente de una república presidencialista.

El que adoptó los primeros tics presidencialistas fue José María Aznar, que no sólo nombró a los ministros, sino a muchos otros cargos de la Administración sin escuchar la opinión del ministro del que dependieran, da igual que fuera el director del CNI o el director general de Televisión Española. Sus sucesores ahondaron en el hábito y hoy día, ser ministro no pasa de ser lo equivalente a un mero gestor del día a día del ministerio, lo que antes hacían los subsecretarios y secretarios de Estado. La política se lleva desde La Moncloa, cuyo gabinete es mucho más poderoso que el conjunto de los ministros. Por eso, al Consejo de ministros, llega todo atado. Hasta tal punto es así que los ministros, especialmente los de Sumar, no se enteran de lo que se aprueba en ellos. Y luego se oponen a lo que no les gusta como si ellos no hubieran tenido nada que ver con lo resuelto. Es verdad que no se enteran. Pero también es cierto que no se lo cuentan.

Pedro Sánchez ha llegado al límite de lo que le permiten las leyes españolas hasta abusar del sistema y transformarlo en lo que éste no quiere ser, por mucho que lo haya hecho sin cometer ninguna ilegalidad concreta. De ahí que sus ministros sólo digan lo que se les manda, que el presidente nos sermonee desde la escalinata de La Moncloa como si aquello fuera la Casa Blanca y que decida la política exterior de España sin someterla a consideración, no ya del Parlamento, sino tampoco de sus ministros. Algunos periodistas, que repiten como papagayos lo que La Moncloa les susurra, dicen que la política exterior es prerrogativa del presidente del Gobierno. Mentira. El artículo 97 de la Constitución dice que el Gobierno dirige la política exterior. Y el Gobierno no es Sánchez, mucho menos en uno que es de coalición. Otra cosa es que los ministros se dejen mangonear a cambio de ir en coche oficial, ya que poco más hacen. El problema sería sólo de ellos si no fuera porque Sánchez fuerza las leyes para hacer lo que le place sin control alguno.

Es de esperar que el que le suceda, en vez de seguir el pésimo ejemplo de sus predecesores, nombre a ministros responsables que dirijan sus departamentos y lleven al Consejo las decisiones que crean mejores para España para allí discutirlas bajo la dirección del presidente. Porque lo que tenemos ahora no es un Gobierno ni un Consejo de ministros, sino un rebaño que dice a todo que sí adormilado y sin preguntar.

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