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EDITORIAL

Francia, ingobernable y en manos de la peor izquierda

Mélenchon es un peligro para Francia y Europa mucho mayor que Marine Le Pen, cuyas propuestas son indudablemente mucho más moderadas.

La segunda vuelta de las elecciones legislativas francesas ha supuesto un vuelco respecto a los resultados de la semana pasada, donde el partido de Marine Le Pen se impuso a sus rivales por una amplia mayoría. En esta ocasión, la estrategia conjunta del centro y la extrema izquierda de retirar sus candidatos peor colocados para hacerse con la mayoría de distritos electorales se ha saldado con un éxito rotundo que deja a la Agrupación Nacional de Le Pen como la gran derrotada de estos comicios.

El resultado de estas legislativas, adelantadas apresuradamente por Emmanuel Macron a raíz del batacazo de su partido en las pasadas europeas, ratifica así mismo la debacle de su movimiento centrista y ha puesto de manifiesto la debilidad del liderazgo nacional de un político elitista, cada vez más alejado de las verdaderas preocupaciones y necesidades del pueblo francés.

Macron lo ha fiado todo a la necesidad de parar los pies a la extrema derecha, que amenazaba con hacerse con la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional. La consecuencia es que ahora tendrá que convivir con un personaje atrabiliario como Jean Luc Mélenchon que, al frente del Nuevo Frente Nacional, viene dispuesto a hacer saltar por los aires todos los consensos políticos, económicos y sociales sobre los que se asienta la V República.

El parlamento francés surgido de estas elecciones está fragmentado en tres grandes bloques de difícil, por no decir imposible, conciliación. El líder de la ultraizquierda, ganadora de las elecciones, reclama el puesto de primer ministro y una amplia representación en el nuevo gabinete. Hablamos de un político radical que hace gala de un antisemitismo atroz y exige implantar un programa de máximos con medidas populistas surgidas del comunismo más rancio. Su rechazo a la OTAN, su proximidad a Putin y la defensa encendida del terrorismo islamista, del que presume en sus intervenciones públicas, convierten a Mélenchon en un peligro para Francia y Europa mucho mayor, desde luego, que el que representa Marine Le Pen, cuyas propuestas son indudablemente mucho más moderadas.

Por eso resulta sorprendente asistir a las muestras de alivio generalizado con que los grandes medios han saludado la victoria del Nuevo Frente Popular, como si Mélenchon fuera un político moderado compatible con los usos democráticos y no un marxista fanático dispuesto a poner fin a todos los consensos establecidos desde De Gaulle.

A la espera de lo que decida Macron en las próximas semanas, lo que han dejado claro las elecciones legislativas francesas es que la V República Francesa ha muerto, sin que sepamos todavía qué nuevo modelo de relaciones institucionales va a surgir en un país que, desde ayer, depende para ser gobernable del peor populismo marxista.

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