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La tenaza política de "Putinistán" sobre Francia, Alemania y España

El agente electoral de Moscú en el Parlamento europeo es Orban, y Santiago Abascal ha sido elegido presidente de la Internacional Putiniana.

El agente electoral de Moscú en el Parlamento europeo es Orban, y Santiago Abascal ha sido elegido presidente de la Internacional Putiniana.
El presidente de Rusia, Vladimir Putin | EFE

La muy relativa sorpresa sobre la crisis política en Francia, que era sólo cuestión de tiempo, por la extrema debilidad parlamentaria del Gobierno, ha revelado la guerra de trincheras entre la extrema izquierda y la extrema derecha, que sólo se han puesto de acuerdo en cargarse el llamado centro, a la espera de una guerra civil en las urnas cuando Macron disuelva en 2025. Melenchon y Le Pen han derribado juntos el gobierno Barnier.

En todo lo demás parecen diferir radicalmente. Sólo en apariencia: hay dos cosas en las que están de acuerdo: no bajar el gasto público, pese a un déficit del 6'1 %, que duplica el 3% permitido por la UE, y que, si no se abre expediente a Francia, y todos coinciden en que por razones políticas no se abrirá, lleva a la depreciación del euro, a una inflación creciente y mayor malestar social.

Revel y la profecía de 'El conocimiento inútil'

Pero hay otro ámbito en que las coincidencias de Melenchon y Le Pen son notables: la tendencia pro-Putin y un antiamericanismo típicamente francés. J-F. Revel lo analizó en sus últimos libros, y los hechos han superado lo que el gran maestro liberal subrayó: el triunfo de la mentira, la ceguera ante el comunismo vía estatalismo, el antiamericanismo mediático generalizado y el desarme de los principios liberales de las democracias representativas. El conocimiento inútil comienza así: "De todas las fuerzas que mueven el mundo, la más importante es la mentira". ¡Y algunos acaban de descubrir la desinformación, como si la ideología comunista no la utilizase desde 1917!

A raíz de la invasión de Ucrania, se han recuperado textos y publicado las nuevas investigaciones sobre las guerras híbridas del Kremlin. En lo que se refiere a España, el juez Aguirre incorporó en su auto sobre la injerencia rusa en el golpe de Estado catalán de 2017, una sólida introducción sobre la teoría y práctica de esta estrategia subversiva cuyo origen está en la URSS.

Pero a pesar de la abundancia de pruebas, nadie ha tomado muy en serio la relación con Moscú del forajido Puigdemont. Al Gobierno, que depende de los votos separatistas, no le interesa. Al PP, que sueña con el apoyo de Junts a una moción de censura para echar a Sánchez, tampoco. Y Vox, avanzada en la lucha contra el comunismo, se ha pasado a Putin a través de Orban. Los medios se niegan a utilizar los términos "comunismo" o "soviético" y escriben "iliberal" o "populismo", como si Lenin nunca hubiera existido. Es la versión renovada del "conocimiento inútil" de Revel, que citaba antes.

Para cualquiera que observe las corrientes de fondo en la política alemana del siglo XX, vigente en el XXI, la atracción de Moscú es una constante. De la Ostpolitik del SPD de Willy Brandt, cuyo eterno secretario Guillaume resultó ser agente soviético, a Schroeder, que pasó de canciller a ejecutivo de Gazprom, y, sobre todo, Merkel, que liquidó la autonomía energética de Alemania, cerró las centrales nucleares y ligó su crecimiento al gas ruso. Es la clave del suicidio energético de Europa a manos del timo climático y de la Agenda 2030: "En 2030 no tendrás nada y serás feliz". O sea, el anticapitalismo comunista de siempre, disfrazado de amor al planeta.

Cuando Scholz disolvió las cámaras y convocó elecciones, llamó en primer lugar a Putin. ¿A santo de qué? ¿Para prevenir una guerra híbrida que desestabilizase Alemania? En todo caso, es sorprendente en un país tan comprometido con la defensa de Ucrania, que es la prioridad del Kremlin. Y delata que, pese a la política exterior aparentemente pro-OTAN, existe una reserva esencial sobre el futuro de esa guerra, que es la de Occidente. Y con una extrema izquierda putiniana, como todas las europeas, y la extrema derecha de Alternativa por Alemania más favorable aún a la paz de Putin, está claro que, en el futuro inmediato, con otro débil gobierno semáforo, no se podrá contar con Alemania salvo éxito de la CDU, que parece imposible.

Tras dos años matando ucranianos y arruinando rusos, el tirano del Kremlin no sólo sigue recuperando la zona de influencia del antiguo Pacto de Varsovia —el último caso, Rumanía—, sino que domina los parlamentos supuestamente más hostiles. La única derecha inequívocamente favorable a Ucrania es la italiana. Y sería la española, de no mediar el cambio de Vox. El partido más occidental y tradicional se ha deslizado por la pendiente del populismo derechista, que se proclama enemigo de todas las guerras, que serían fruto de una conspiración de las llamadas "élites europeas". Claro que eso favorece a la élite totalitaria de Moscú, la meca del comunismo, pero el ruido pacifista resulta electoralmente rentable, y es cada vez mayor.

El agente electoral de Moscú en el Parlamento europeo es Orban, y Santiago Abascal ha sido elegido presidente de la Internacional Putiniana.

La estrategia del Kremlin es la misma desde Lenin y Stalin: sabotear la estabilidad de las democracias parlamentarias y la economía de mercado, salvo para comprar gas y petróleo rusos, con opíparas comisiones para los intermediarios, que siempre fueron los aliados políticos. Nueve millones de euros prestó el llamado "banco de Orban" a Vox, que asegura que ya los ha devuelto y que los pidió por el boicot que le hacían los bancos españoles. En realidad, como Merkel a Alemania, Abascal ha ligado financieramente a Vox al grupo parlamentario "Patriotas por Europa", cuyo signo más claro es negar de hecho a los ucranianos la defensa de las fronteras de su patria. Por si había alguna duda, Orban acaba de amenazar a la OTAN si se empeña en atender las peticiones de los países europeos que buscan protección contra el imperialismo neosoviético y su doctrina de la "soberanía limitada". Eso son los patriotas de Abascal: soberanos, pero limitados por Orban y Putin. No cabe caer más bajo desde lo alto, ni irse más a Oriente desde Occidente.

El gran discurso de Xavier Colás sobre la naturaleza del régimen de Putin

Los premios de periodismo que cada año otorga El Mundo (los últimos con Víctor de la Serna como secretario del jurado) han correspondido este año a Michael Reid, veterano corresponsal en Iberoamérica y España, ahora en The Economist, y Xavier Colás, corresponsal en Moscú de El Mundo, y con quien conversamos recientemente en esRadio sobre su obra Putinistán.

Además de su heroica resistencia frente al régimen ruso, Colás tiene una ventaja esencial sobre otros brillantes testigos de esa tiranía: la entiende en sus fundamentos y en sus alcances, que llegan ya a toda Europa, como explico al principio. Su discurso ante Letizia, reina de España, antes y siempre periodista, fue, en verdad, extraordinario, recordaba al primer Soljenitsin, más moralista que nacionalista, aunque Archipiélago Gulag es y seguirá siendo el mejor análisis que se ha escrito sobre el comunismo.

Los párrafos esenciales de ese discurso sirven para cerrar cualquier reflexión sobre cómo se construyó o reconstruyó el totalitarismo ruso, y cómo puede reproducirse ese proceso en una democracia como la nuestra:

"El viejo mundo del fin de la historia.

El totalitarismo ruso propaga hacia afuera las mismas trampas con las que intoxicó a los suyos: les dijo que no necesitaban asociarse, que no necesitaban partidos de verdad, ni sindicatos de verdad, ni medios de verdad.

Ese régimen les convenció de que el gobierno debía meter en cintura a medios y a jueces. Por el bien del país. Ahora el gobierno pone firme a todo el mundo. Y no existen medios, ni jueces, ni partidos de verdad para denunciarlo.

…….

Ahora mucha gente tiene miedo. Pero es demasiado tarde.

El mismo mensaje adormecedor y victimista trata de imponer ahora la propaganda rusa en lo que considera su patio trasero europeo. Nos dice que nuestras alianzas de seguridad crean inseguridad, que nuestras uniones políticas son antidemocráticas, que nuestras sanciones nos debilitan, que nuestra evolución es nuestra degradación.

……..

Que Ucrania cambie, para ellos es una traición.

Que los modelos de familia evolucionen lo ven como una desviación.

Que los moscovitas en la calle pidan un cambio, les parece una sublevación.

No tratan de reconstruir el imperio ruso/soviético, sino de destruir las alternativas que surgieron tras ese imperio. La integración europea es la alternativa aburrida a las aventuras del colonialismo y a la guerra. Por eso la UE está en la mirilla.

No hay que ser ingenuos. No existen dos Vladimir Putin. Uno despiadado hacia adentro, que nunca tiene suficiente. Y otro hacia afuera transitoriamente enfadado por nuestra arrogancia y con el cual podemos encontrar una solución razonable para todos.

……

También el paso del autoritarismo al totalitarismo es una lección para nosotros. La transición rusa, que salió mal, nos ayuda a ver con nitidez que la nuestra salió bien.

………

Rusia no es nuestra dictadura del pasado. Es la dictadura del futuro, la dictadura que podemos ser si no cuidamos la limpieza del sistema. Si no somos exigentes con cada gobierno de turno. Si nos creemos su relato de inocencia eterna.

Los contrapesos siempre son más limpios que el poder. El poder siempre es más vicioso que sus contrapesos.

Todo el tiempo que el gobierno pase respondiendo ante los ciudadanos, aunque sea mal, es un tiempo en el que por lo menos los ciudadanos no pasan miedo pensando cómo no enfadar al poder.

…..

Por eso mostrar la verdadera cara de la represión es tan urgente para que un día la tiranía acabe. O por lo menos para que no exporte sus patrañas al continente en el que nos hemos acostumbrado a ser libres."

Sólo añadiré una frase: también las buenas costumbres se pierden.

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