Lo que María Jesús Montero tiene que explicar a los andaluces
El legado de la vicepresidenta es el del expolio sistemático de las clases medias y trabajadoras, que ha convertido a España en un verdadero infierno fiscal.
La ministra de Hacienda y vicepresidenta primera del Gobierno deja sus cargos para quemar definitivamente su triste carrera política en las elecciones andaluzas. Montero cumple así el encargo de Pedro Sánchez, que la envía a Andalucía para que asuma el batacazo electoral que vaticinan las encuestas, aunque ella trate de presentar esta decisión como el acto de generosidad de una persona poderosa hacia su tierra de origen, gesto que los andaluces no parecen valorar en la misma medida.
Es cierto que María Jesús Montero ha ejercido un enorme poder durante el sanchismo, como corresponde a la responsable de la cartera de Hacienda en una de las principales economías de Europa. Otra cosa bien distinta es para qué ha utilizado esa capacidad de decisión, que en el caso de Montero no ha sido para mejorar el trato fiscal a las familias y empresas ni para distribuir los recursos públicos entre los distintos territorios de España con criterios de equidad. Muy al contrario, el legado de la vicepresidenta es el del expolio sistemático de las clases medias y trabajadoras, que ha convertido a España en un verdadero infierno fiscal, y la creación de un sistema arbitrario de financiación a la carta a favor de los partidos separatistas, de cuyo favor depende que su jefe siga en La Moncloa.
A esa trayectoria marcadamente contraria a los intereses generales, Montero añade su incapacidad técnica y política para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado, la primera obligación de su Ministerio, que ni siquiera ha podido presentar una sola vez en el Congreso de los Diputados en la presente legislatura. La insolvencia de Montero queda acreditada por el hecho de que el sanchismo gobierna con unos presupuestos aprobados por un Parlamento que ya no existe, un anacronismo sin precedentes en la democracia española que hay que atribuir a la flamante candidata socialista a la Junta de Andalucía. La ministra ni siquiera ha tenido la gallardía política de elaborar esa ley y someterla al escrutinio de las Cortes por el pavor sanchista a sufrir nuevos revolcones parlamentarios, una circunstancia que deja en muy mal lugar la pretendida excelencia gestora de una política, en realidad mediocre, que va camino de la irrelevancia definitiva.
Como corresponde a todo lo que se mueve en la órbita de Sánchez, María Jesús Montero no se ha librado de las sospechas de corrupción. La vicepresidenta fue la primera en poner la mano en el fuego por Ábalos o Santos Cerdán antes de que ingresaran en prisión acusados de graves delitos y, en lo que respecta a su departamento, su jefe de Gabinete ha sido investigado por la UCO por presuntos cobros de cantidades a cambio de dilatar procedimientos sancionadores de empresas defraudadoras.
Ese es el bagaje con el que María Jesús Montero aterriza en Andalucía para liderar el proyecto político socialista en sus horas más bajas, a tenor de los pasados resultados electorales y del vaticinio de todas las encuestas. Allí podrá explicar, entre otras cosas, las claves del concierto económico que ha diseñado para Cataluña y la manera en que ese acuerdo va a beneficiar a todos los andaluces mientras les pide el voto.
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