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No tomemos a Sánchez en vano

Los casos de corrupción del Gobierno no son aislados ni menores; al contrario, se trata de organizaciones criminales estructuradas.

Pedro Sánchez y el PSOE pretenden que los casos de corrupción les atraviesen como la luz pasa por un cristal: sin dejar mancha ni huella alguna. Desde el primer estallido del escándalo Zapatero con su imputación –y decimos primero porque van a llegar muchos más, estén seguros de eso– el presidente del Gobierno, la colección de nulidades que le acompañan como ministros y sus portavoces oficiosos en medios y tertulias insisten en que algún caso menor hay, pero eso no empaña la gran labor del Ejecutivo.

Las dos cosas son mentira, para empezar porque este Gobierno está siendo un desastre en todos los sentidos: la economía se sostiene con las pinzas del derroche público y a costa de un empobrecimiento de las clases medias que parece no tocar fondo; las instituciones están demacradas, las infraestructuras son un auténtico desastre y la calidad democrática del país ha descendido en muchos puntos, tanto que estamos ya mucho más cerca de un régimen autoritario que de una democracia liberal.

Y para seguir, porque la corrupción de este PSOE y este Gobierno no consiste en casos aislados, menores ni responsabilidad de cargos de medio pelo; muy al contrario, tal y como los autos judiciales señalan una y otra vez, se trata de organizaciones criminales estructuradas, con múltiples ramificaciones y relaciones. Una estructura que –cada vez está más claro– llegaba a lo más alto: baste recordar el nivel de aquellos que han sido ya juzgados –todo un secretario de Organización y hombre fuerte del Gobierno–, de los que están esperando su turno después de haber pasado por la cárcel –otro secretario de Organización– y de los que, por ahora, solo han sido imputados, pero tienen un futuro judicial muy negro y muy largo por delante: toda una gerente del PSOE y, por supuesto, el más que influyente, el referente ético, el todopoderoso supraministro de Exteriores, José Luis Rodríguez Zapatero. Y estos son solo algunos casos.

Un panorama que haría dimitir al primer ministro de cualquier régimen semidemocrático en cualquier rincón del mundo –no digamos ya de lo que hasta hace poco pensábamos que eran países occidentales equivalentes al nuestro– y que, encima, se culmina con los casos que afectan a la familia directa de Pedro Sánchez.

Frente a este cuadro grotesco que ya no es de corrupción sino de auténtica mafia, el PSOE reivindica su historia y su presente, para escarnio de las redes sociales, y Sánchez promete mantenerse en el poder cueste lo que cueste, atornillándose al sillón de Moncloa y con la intención clara de no dejarlo jamás. Creer que no es capaz o que tal cosa no es posible sería el mayor error que podríamos cometer: él mismo y su partido ya han demostrado tanto arrojo como falta de escrúpulos, tanto en el plano democrático como a la hora de cometer delitos. No, a menos que deseemos para España el calvario de décadas que está atravesando Venezuela, no hay que tomar a Sánchez ni a sus amenazas en vano.

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