De Ábalos a Puente, el principio y el final
Puente quiere ser el Trump del PSOE sin Sánchez, el puente de plata por el que huya su "puto amo" dejándole a él defendiendo a patadones el siniestro alcázar.
Tanta corrupción nubla los sentidos hasta el punto de apartar la vista y taparse la nariz como si hubiera ante nosotros un cadáver en descomposición. Cada episodio, ya de por sí pestilente, se pudre con detalles que Santiago Segura jamás habría imaginado para su Torrente. Gracia, ninguna, en este caso.
Los amigotes Ábalos y Koldo deciden ponerse pelo en plena pandemia y eligen la clínica del hermano de Antonio Anglés, el asesino desaparecido de las niñas de Alcácer. Tras comerse unos bocatas de jamón en la sala de espera, aprovechan para endosarle a Mauricio (Mauri) Anglés, que ahora se llama Joaquín, unas mascarillas pero, según el empresario —clínicas, pisos, gasolineras, según se dé—, después de pagarlas todas le llegan la mitad. En eso consistía el asunto koldosférico de siempre. Bien es cierto que el crecepelo, si acaso lo pagaron, tampoco parece que hiciera mucho efecto.
El caso es que el hermano del criminal más buscado también sabe lo que es el trullo porque ha estado varias veces y aún tiene cuentas pendientes y recientes por una acusación de secuestro y torturas por la que piden más de dos décadas de cárcel. La historia, torrentiana donde las haya, la publicaron con acierto primero El Cierre Digital de Juan Luis Galiacho y luego El Mundo con una entrevista de Belén Picornell.
Mauri, o Joaquín, dice que está escribiendo un libro en el que cuenta lo mal que se pasa cuando tu apellido te persigue. Seguro que Koldo y Ábalos andan rumiando algo similar, una especie de venganza por la persecución de sus cargos y cargas titulada Confesiones, que mezcle tugurios con viajes oficiales, despachos con burdeles o saunas con el mismísimo Palacio de La Moncloa.
Hasta que no comprendamos de verdad que esta es la gente que nos sigue gobernando no superaremos el bache, más bien la tumba en la que se pudre España entera.
Y eso exige comprender que el presidente del Gobierno de España se vaya de viaje a China con su esposa, imputada en cuatro presuntos delitos, procesada ya, pendiente de juicio y que mucha prensa española lo defienda y ataque al juez que lleva el peso de la Ley. Y allí, en la fábrica del comunismo millonario que avanza con mano de obra esclava, habló Pedro de derecho internacional, de que Occidente debe ser más oriental y de que su esposa es la mejor y más virtuosa de la Banda de los Cuatro.
Exige también comprender que todo se rige bajo los mismos principios. Todo, desde la DANA de Valencia hasta la tragedia de Adamuz. Una banda que traficó con mascarillas entre mil muertos diarios no se para ante nada ni ante nadie. Un matrimonio que llevaba la contabilidad y rutina de una sauna de putiferio y menoreros repleta de cámaras, tampoco.
Esos principios, o su ausencia, son los que permiten que un partido que enterró a sus políticos asesinados por ETA ahora excarcele a sus verdugos por orden de un juez, Fernando Grande-Marlaska, que antaño los metía en prisión y que ahora es su ministro. Se lo pide un terrorista, Arnaldo Otegi, que es socio del Gobierno y, por descontado, la ética socialista lo permite, lo aprueba, lo aplaude. ¿Y Buesa, Lluch, Ramón Jáuregui, Enrique Múgica, Casas, Elespe, Priede, Pagaza, Carrasco o, mucho antes y al borde del olvido, Germán González, Enrique Casas y Vicente Gajate? Pues doblemente asesinados. Son capaces de todo.
Puente de plata
Entre José Luis Ábalos y Óscar Puente no sólo está la sucesión de un ministerio. El valenciano, superhombre de Ferraz, protagonizó el discurso que defendió la moción de censura contra Mariano Rajoy, fue el ariete principal del sanchismo, lo puso en La Moncloa. Luego supimos en qué se gastó nuestro dinero, con cuántas, cómo y dónde. Y todavía nos queda por saber lo mollar de la corrupción que atenaza al matrimonio rojo y que él conoce a la perfección porque le enviaban de negociador, de zapador, de cicerone clandestino o de señor Lobo a cambio de que no le faltara nunca de ná. Esas cosas que le gustan al ministro.
Con similares hechuras y todavía peores formas, Óscar Puente es el que pide la vez para ser algo en el postsanchismo, como el marqués de Villaverde con Franco, capaz de vender las fotos de la agonía y a la vez sostener el régimen desde El Pardo. El más chulo, el que más levanta la barbilla, el que pega más fuerte con el anillo en la mesa. El que menos escrúpulos gasta.
¿Los jueces?, prevaricadores de tomo y lomo, sin matices. ¿Los medios?, "Libertad Vegetal" y el "Ojete". ¿Adamuz?, culpa de Juan Manuel Moreno y de los servicios de Emergencia de la Junta de Andalucía, hecho posterior que, aunque fuera cierto, nunca habría provocado el accidente. ¿Qué importa un trozo de vía más o menos? ¿Vidas humanas? Las de la pandemia, las de Valencia, las de Adamuz… las del terrorismo. A muchos socialistas la vida ajena les importa un bledo. De Ábalos a Puente, a ninguno.
No sólo piden su dimisión los políticos del PP, también las víctimas de Adamuz que no ven siquiera a una persona, por mal que lo haga, al frente, sino a una máquina de escupir excusas y lanzar insidias. "¡Óscar Puente es un indecente!". Y de Ábalos a Puente, ese es el factor común: la indecencia.
Pero Puente cerrará el paréntesis criminal que ha roto nuestra democracia. Está ya en ese papel y confía en un milagro que le deje cara de delfín, difícil tránsito en todos los sentidos. Puente quiere ser el Trump del PSOE sin Sánchez, el puente de plata por el que huya su "puto amo" dejándole a él defendiendo a patadones el siniestro alcázar.
Pero acabará siendo una simple puerta de atrás, el cierre chusco de la época ominosa, casi década. Ábalos alfa, Puente omega. Cuanto antes.
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