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Agapito Maestre

El gusto por la libertad

Los españoles tendrán que pagar los gastos y destrozos de nuestros ineptos políticos.

Agapito Maestre
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Estos cinco meses de bloqueo político tienen consecuencias funestas en todos los ámbitos de la vida ciudadana. Los españoles tendrán que pagar los gastos y destrozos de nuestros ineptos políticos. Nadie ahorra palabras de desprecio y epítetos descalificativos contra la clase política. De momento, todos los liderazgos, todos, salen tocados de esta crisis. No se salva nadie, aunque la palma de la ineptitud, bien por incapacidad intelectual o por maldad moral, se la lleve Pedro Sánchez García-Castejón, encargado por el jefe del Estado de formar un Gobierno. La indignación y el desconcierto ante el fracaso de nuestros líderes políticos son canalizados de múltiples formas por los ciudadanos. Es el día a día de la libertad. Es el gozo de la libertad. La mejor forma de ejercerla es cuestionar a una clase política incapaz de hacer con decencia y eficacia su trabajo. Bienvenido sea ese cuestionamiento, pero tengamos cuidado de no llevar la crítica hasta el nihilismo político, a la nada intelectual, a que son tan proclives ciertos fanatismos ideológicos y periodísticos.

Reconozcamos, pues, lo obvio: los resultados de las votaciones del 28 de abril no sirvieron para formar un Gobierno para España, pero no nos alimentemos de nuestras heridas. Esto tiene salida. Cierto es que la complejidad de la vida política española supera a nuestras élites políticas. No digo nada de las intelectuales. ¡Para qué hablar de quien se pone de rodillas con extrema facilidad ante el poder político! Pero, si queremos ser honestos con nuestra democracia, no es menos cierto que el bloqueo político tratará de resolverse con unas nuevas elecciones el 10 de noviembre. No es poco. La fatalidad nos abre el camino de vivir, o mejor, disfrutar la libertad que aún nos garantiza nuestro sistema democrático. Ahí está la salvación. Quizá de ahí salgan unos resultados capaces de conformar un Gobierno estable.

Las nuevas elecciones, forzadas seguramente para mayor gloria de alguien, un presidente en funciones, que nunca ha sido elegido por los ciudadanos, puede ser una oportunidad para los españoles. No sólo se trata de hacer de la necesidad, como dice el clásico, virtud, sino de no caer en el idiotismo de quien niega lo real, del que huye obtusamente del aquí y ahora, para perderse en utopías ridículas o ucronías absurdas. Vuelta a la Realidad. No se diga que una nueva votación no aclarará nada ni perdamos el tiempo construyendo pasados idílicos. Comencemos por aceptar con inteligencia y jovialidad controlada la necesidad de la nueva circunstancia. No creo que pueda hacerse otra cosa con sentido común. Político. No convirtamos el hecho en problema. Disfrutemos, pues, de este sistema democrático que nos permite ir de nuevo a elecciones.

Reconozcamos que en nuestra, por fortuna, imperfecta democracia la libertad, incluida la de ir a votar, jamás es un problema, tampoco algo equívoco o problemático, sino que es un hecho. Un grandioso hecho. O lo asumimos o fenecemos. O aceptamos y disfrutamos de la libertad o nos convertimos en esclavos del nihilismo político.

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