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España sin problema

La crisis económica será más cruel con los españoles porque va acompañada de una crisis moral que, aunque sólo ahora sale a la superficie, llevamos sufriendo durante un lustro por lo menos.

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No es nada catastrofista mantener que España está en manos de desarrapados y corruptos. Nacionalistas y terroristas están haciendo su apaño, y junto a ellos una casta política cierra los ojos a los problemas que ella mismo ha creado; quiere sobrevivir disimulando su agresión a España. Sin duda alguna, los políticos españoles son los peores de toda Europa. Pero, ¿son los políticos españoles peores que la llamada sociedad civil? La respuesta es obvia: Sí, sí, son muchísimo más dañinos y perversos, entre otras razones, porque han impedido con todo tipo de armas, especialmente las derivadas de la partitocracia, que se desarrolle una sociedad civil democrática. Por eso, precisamente, no entiendo que la gente de los medios de comunicación se escandalice tanto por ver prácticamente vacío el salón de plenos del Congreso de los Diputados. Eso es lo mínimo que podría pasar. Por cierto, ¿qué ha hecho el presidente del Congreso contra el absentismo continuado de los diputados? Nada, o peor, seguir impostando.

En otras palabras, si tenemos en cuenta que estos políticos han destrozado la nación y vulneran todos los días los principales artículos de la Constitución, entonces no entiendo por qué el personal se hace de bruces y se extraña tanto de que estos tipos no asistan a su lugar de trabajo. Estamos rodeados de golfos y pícaros. Aquí no se salva ni el Rey. Ni la Reina. Por ejemplo, los políticos, sí, todos los políticos han conseguido que los españoles, en determinados lugares de España, no puedan estudiar en español, entonces ¿por qué escandalizarnos de que sólo se preocupen por sus sueldos y por servir como esclavos al jefe de las listas de su partido? Este país está montado sobre una inmensa montaña de inmoralidades, pero el problema más grave, muchísimo más grave, es que nadie quiere ver el problema.

Tampoco el pueblo, o mejor, el populacho es mucho mejor que su casta política. Parecería que le gusta ser esclavo y, al final, sigue a sus "líderes" hasta el desolladero. Así pues, es conveniente repetir que los políticos españoles, salvo raras excepciones, son unos sinvergüenzas que les importa una higa la nación. Son, pues, los primeros culpables de que los principales derechos humanos sea conculcados un día sí y otro también en nuestro país con la estrecha colaboración de jueces y fiscales y, por supuesto, contando con la colaboración de un montón de asociaciones y cuentistas que no se les cae de la boca la expresión "derechos humanos".

Así las cosas, tengo que repetir las ideas expuestas hace varios meses. La crisis financiera y económica no está sola. Viaja por España acompañada por la dejadez moral de la sociedad española. Oculta durante años bajo los oropeles de la retórica populista de Zapatero, la quiebra moral sale a la luz pública espoleada por una crisis económica seria. La carencia de tensión vital de las instituciones sociales compite con el desánimo moral que cunde entre la ciudadanía. La desmoralización de hoy no tiene comparación con épocas precedentes de los treinta años de "democracia" o lo que sea este desvaído régimen político que padecemos. ¡Hasta cuándo le seguiremos llamando a esto democracia! ¿No sería mejor hablar de un régimen de derechos? La desmoralización, digo, es tan honda que basta con comprobar la importancia que el presidente del Gobierno da a lo mediocre frente a lo excelente, a los medios frente a los fines, para sumergirnos en la sordidez "inmoral" que lo rodea a él y se extiende por todas partes.

Quien repare en la "universalización" a toda la sociedad de esa obsesión presidencial, esa inmundicia moral, que otorga valor absoluto a todo lo relativo, pronto se percatará del enanismo moral que reina en la sociedad española. Falta tanto intelecto como coraje thymós en griego– moral. El relativismo, o mejor, la falta de ímpetu que se oponga a quienes cuestionan la verdad, lo auténtico, es la cifra clave de nuestra desmoralización. El enanismo moral de nuestro presidente parece extenderse al resto de la ciudadanía sin que nadie le plante cara con talento y decisión. Ésta es la cara más desesperanzada del triste proceso de desmoralización que vive la sociedad española. No estamos ante la lucha de un pesimismo inteligente frente a un optimismo absurdo, sino ante el triunfo del "optimismo" zarrapastroso y torpe del presidente del Gobierno.

Era y, sobre todo, es la fórmula ridícula para paliar la terrible crisis económica que padecemos. Las declaraciones "optimistas" del presidente del Gobierno, cuando mantenía que no había crisis económica, eran un insulto al sentido común, pero igual que nadie se atrevía a decir que fracasarían para adormecer la escasa conciencia ciudadana que aún quedaba en la sociedad española, tampoco ahora nadie se atreve a decirnos que fracasará estrepitosamente con sus medidas anticrisis. Ya sé, ya sé que unos pocos criticamos la obsesión de Zapatero por inyectar de modo oscuro dinero y más dinero al sistema bancario, pero la mayoría traga y otorga.

Dura, en fin, será la crisis económica, desde el punto de vista material, pero aún será más angustiosa soportarla con esa falta de horizontes vitales. No se trata de que el pueblo español no tenga capacidad de ascetismo, sino sobre todo que ha perdido, en los últimos años, algo mucho más importante: su moralidad social. Ha perdido las referencias de las excelencias éticas y políticas, o mejor dicho, la capacidad de responder a los problemas con una moral ciudadana propia de una sociedad madura y una democracia avanzada. La profundización de esa miseria moral de los españoles tiene un primer responsable: la casta política, que no dará un paso para descubrir que ellos son parte decisiva del problema.

La crisis económica será más cruel con los españoles porque va acompañada de una crisis moral que, aunque sólo ahora sale a la superficie, llevamos sufriendo durante un lustro por lo menos. Ejemplos de esa crisis moral hay por todas partes. El problema, insisto, es que la "conciencia ciudadana" está tan degradada como la de sus políticos. Ni unos ni otros quieren reconocer que exista un problema moral y político que pone en cuestión el sistema. Es menester reformarlo por completo. El comienzo es sencillo: reformar el sistema electoral. Más sencillo todavía: listas abiertas y desbloqueadas.

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