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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Alejandro el empecinado

No guardo con Alejandro Solzhenitsin, como tampoco lo hago con otras personas que admiro, sean escritores o no, la exigencia de la unanimidad, de la coherencia absoluta de criterio. No solo no me molesta no compartir todas y cada una de sus ideas, sino que me encanta que sea así. Yo no soy ruso, ni ortodoxo, ni católico ni nada, ni me adhiero a los principios de su férrea moral, pero admiro a Solzhenitsin precisamente por eso, porque además de genial es diferente.

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La unanimidad es para los cementerios. ¡Todos calvos! Hago esta precisión porque con motivo de su muerte, igual que ocurrió cuando se publicaron los tres tomos de su Archipiélago Gulag (1974/76) en Francia, tanto en ruso como en francés, muchos de quienes le defendieron del huracán de críticas e insultos por parte de la extrema izquierda, de amplios sectores de la izquierda "de Gobierno" y de la derecha gaullista gala, eludían, ocultaban, el hecho de que Solzhenitsin era un pensador de derechas. Luego, cuando publicó otros libros como El error de Occidente, el desconcierto reinó en los círculos minoritarios de la izquierda "humanista". Silenciaron o criticaron los virulentos ataques de Solzhenitsin contra un Occidente conciliador y cobarde ante la URSS y el comunismo en el mundo. Prefirieron su denuncia del estalinismo y libros como Una día en la vida de Iván Denisovitch o el espeluznante Gulag.

Pero Solzhenitsin no se limitó a ser antiestalinista (el término se ha convertido en una canallada, porque significa implícitamente que hay comunistas malos y buenos). También criticó a Lenin, a Breznev, a Mao y a Pol Pot, no dejó títere comunista con cabeza. Asimismo denunciaba a los que pensaban que era posible reformar el comunismo, a los partidarios del socialismo de rostro humano, fueran estos disidentes soviéticos o intelectuales occidentales. El comunismo debía ser destruido sin miramientos, hasta los tuétanos. Y esto nunca se aceptó totalmente en Occidente salvo en los casos de Raymond Aron, Jean-François Revel, Martin Malia y los neoconservadores norteamericanos y pocos más, entre ellos mi menda (con perdón).

El señuelo del buen comunismo, o al menos el de la social-burocracia, perdura. También hay que precisar que los términos "derecha" e "izquierda" se han arrastrado por tantas alcantarillas que ya no significan gran cosa, o lo que significan es muy confuso y contradictorio (yo prefiero enfrentar los conceptos de reaccionario y liberal). Por ejemplo, afirmar como se ha afirmado durante decenios –y aún hoy– que Hitler era de extrema derecha y Stalin de extrema izquierda, es un aquelarre. Pero incluso aceptando como reto la poco convincente jerga periodística y sociológica, resulta que Solzhenitsin es un pensador de derechas. Cabe entonces hacerse la siguiente pregunta: ¿acaso un pensador de derechas no puede decir la verdad, no puede ser genial? La diferencia entre la condena radical del comunismo formulada por el ruso y los que lamentan sus "graves errores", incluso sus crímenes, pero no se atreven a ir más lejos, es abismal.

Otra de las formas de la defensa de Solzhenitsin que traiciona las ideas que quien la hace son declaraciones como esta: "Sí, critico el comunismo, pero también a Occidente, por lo tanto el primero no es malo del todo". Otra estafa. En cambio, el escritor criticaba a Occidente por no ser suficientemente anticomunista. Sus improperios contra el "bazar comercial" y las exageraciones publicitarias consumistas son lo de menos. Por cierto, dista mucho de ser el único. Además, ¿quién es el necio que considera que nuestras sociedades no son criticables?
En vida de Lenin no hubo en la URSS menos civiles inocentes asesinados que bajo Hitler. Sin embargo, los alumnos occidentales, los que consideran a Hitler el peor canalla de la Historia, toman a Lenin por un benefactor de la humanidad. (L'erreur de l'Occident, Grasset, 1980, pág. 10). 
Portada del número especial de Cambio 16 tras la muerte de FrancoCuando en el verano de 1976 comencé mi colaboración en la prensa española con un artículo en Cambio 16, precisamente sobre Solzhenitsin, titulado El hombre que sobra, en homenaje al libro de Claude Lefort, defendí al escritor ruso con vehemencia y critiqué las reacciones carco-pueblerinas que su reciente viaje a España había suscitado. Cité la frase inmortal de Juan Benet: "Un hombre así justifica los campos de concentración, de donde nuna hubiera debido salir". "Esta aseveración, radicalmente fascista, o comunista, será lo único que quede de Benet, porque sus novelas...", me decía un amigo. En diversas entrevistas, Solzhenitsin había demostrado que el régimen comunista era mil veces más represivo, inhumano y totalitario que el franquismo. Esto no lo podían tolerar los progres que defendían el socialismo. Tampoco los bobos de Coria, que se habían convertido al antifranquismo pero que afirmaban, como Javier Tussell y miles más, que la de Franco había sido la peor de todas las dictaduras de la Historia. Solzhenitsin les quitaba el chupete de mártires, y ellos, como no habían sido capaces de tumbar la dictadura, exageraban la violencia represiva del régimen para disimular su ineficacia o cobardía y convertir su miedo en heroísmo. Así, tomar un café en el Gijón por los años negros se convertía en un acto de resistencia. Gracias indirectamente a Solzhenitsin mis primeros pasos en la prensa española fueron triunfales: jamás había ni he recibido tantos insultos y amenazas.

Los desencuentros de Solzhenitsin con los intelectuales y políticos occidentales son tan numerosos que me limitaré a un solo ejemplo: A mediados de los años setenta, el escritor, que realizaba un viaje por Francia, es invitado por Bernard Pivot a uno de sus platós de televisión. Hubo varios invitados, aunque sólo recuerdo a uno, Jean Daniel, director entonces y ahora de Le Nouvel Observateur. Después de elogiar a Solzhenitsin por su valiente disidencia y por Archipiélago Gulag, intentó hacerle compartir su indignación contra el imperialismo americano por la guerra de Vietnam. La respuesta del escritor ruso fue tajante: no solo no condenaba, sino que aplaudía los esfuerzos militares de los EE.UU. para frenar la expansión imperialista soviética, y lamentaba que no hubieran hecho lo mismo en otras ocasiones.

La falsa imagen de un Solzhenitsin "humanista y pacifista" se derrumbó. Fue mucho más belicista que todos los dirigentes occidentales juntos. No para conquistar, sino para defenderse contra el peor de los enemigos, el comunismo. El bobo de Jean Daniel quedó boquiabierto: "Me ha decepcionado muchísimo", logró murmurar. Daniel es el prototipo de la izquierda con remilgos, la dichosa gauche divine. Su interlocutor, el abanderado del anticomunismo.

Podrán desayunar juntos en Tiffany's, pero no tienen nada en común. Y lo que digo de Jean Daniel vale para muchísimos más que no han querido entender el testimonio de Solzhenitsin, que no pueden aceptar que sea un hombre de derechas. Muy singular, pero de derechas.

Por mi parte, no se analiza a un personaje tan gigantesco en pocas líneas. Por lo tanto, me reservo el derecho de admisión. Un día de estos comentaré su novela corta La casa de Matriona, una de sus obras maestras.

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