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LEVES TORTURAS VERANIEGAS

Los amables vecinos

Por alguna extraña razón hay gente que opina que las vacaciones veraniegas exigen intimar con los vecinos de urbanización hasta términos francamente molestos. Son esas parejas que pasan el invierno viendo en la televisión programas del famoseo y cuando llega agosto se sienten un poco huérfanos, razón por la cual utilizan a los vecinos de playa para sublimar su frustración. Todos los que veraneamos en la costa conocemos el arquetipo.

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Es esa pareja simpática que ocupa el lugar más estratégico de la urbanización, es decir, el adosado que hace esquina y desde el cual controlan visualmente las entradas y salidas de todos los vecinos, y por delante de cuyo jardín tienes que pasar necesariamente todos los días cuando bajas a la playa con los niños. Esta situación preeminente les permite charlar con todos y cada uno de los habitantes del recinto, de forma que al cabo de una semana conocen todas tus flaquezas y tus puntos débiles, además de los chismes del matrimonio del tercero B, que está a punto de divorciarse porque él es un maltratador, de cuyos detalles dan cumplida cuenta al resto del vecindario con exquisita puntualidad.

Un rasgo característico de estos vecinos coñazo es su interés permanente en organizarte la vida. Una tarde te piden que les dejes los niños para que jueguen con los suyos, pero lo que no sabes es que a cambio te van a endosar a su demonio asilvestrado de nueve años desde las tres hasta las cinco de la tarde el resto del verano para compensar. El niño es para estar todo el día abofeteándolo, pero tus hijos le cogen cariño y tampoco es menester estropear las vacaciones con una bronca monumental. Así que te jodes y pones la alarma del móvil a las tres menos cinco para atrancar la puerta, bajar las persianas y hacer como que te has ido a un restaurante. Con suerte el chiquillo cabrón se cansa de darle al timbre y busca a otro vecino con niños de su edad para compartir risas, juegos y gritos a la divertida hora de la siesta.

Estos vecinos particularmente afectuosos no te invitan a tomar una cerveza. Ya el primer día te obligan a pasar a su terraza a trasegar unas cañas, aunque sean las seis de la tarde y tú tengas el cocido a medio digerir, mientras te aplican un tercer grado para conocer qué es lo que tú y tu mujer habéis hecho desde que teníais quince años, que ya es echarle huevos. Claro, tú no les devuelves la pregunta porque tienes educación y porque, además, te importan un carajo su vida. De todas formas te la van a contar igual... pero eso sí, adornada convenientemente con algunas pinceladas que ellos suponen de gran sofisticación, cuando en realidad resultan de una horterez casi violenta.

Barbacoa sofisticadaTampoco entienden que tú y tu mujer prefiráis pasar la tarde leyendo acompañados de un elegante gin & tonic mientras los niños echan unas partidas a la playstation. Si te ven por la noche trabajando con el ordenador interpretan la situación como un agravio a las sagradas esencias del veraneo y, en consecuencia, pueden dedicar media hora de su tiempo a gritarte para que dejes el trabajo y bajes a la terraza a tomar cubalibres con el resto de vecinos como Dios manda. En ese momento haces mentalmente el cálculo sobre el impulso y la trayectoria parabólica con que debes lanzar el portátil para que le caiga al vecino gritón en mitad de los cuernos, pero enseguida recuerdas que tus jefes esperan ocho artículos ese mes y tu editor cuatro capítulos del nuevo libro, y entonces decides que es un mal momento para quedarte sin ordenador.

Para este tipo de vecino, en la playa hay que divertirse por cojones. El problema es que su concepto de diversión no tiene por qué ser el del resto de seres humanos, entre los cuales te cuentas. Si organizan una barbacoa y no bajas al momento con una tortilla de patatas están dándote por saco a voz en grito el tiempo necesario hasta convencerte por agotamiento. Si en un gesto heroico resistes en tu fortaleza, al día siguiente el interrogatorio camino de la playa adopta ya un perfil antiterrorista, o sea, que no tienes escapatoria.

En el fondo son buenas personas. Muy en el fondo. O sea, en el fondo del todo. Y en todo caso, bien mirado podemos interpretar su presencia en tus vacaciones como una prueba que Dios te manda para avanzar en el camino de la santificación. En efecto, soportar a un par de familias de estas durante un mes entero debe equivaler, en términos teológicos, a unas veinte peregrinaciones a Tierra Santa y a ocho o diez Caminos de Santiago, jubileo incluido.

Lo peor es que son incapaces de entender que las latas de cerveza tienen que estar una hora y diez minutos en el congelador a -4º antes de servirse. La madre que los parió, ¡qué cruz!
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