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Amando de Miguel

La desintegración de España

Un efecto colateral de la desintegración de España es la vigencia de la malhadada “ley de memoria histórica”.

Amando de Miguel
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Los árboles de tantas elecciones, con sus correspondientes "encuestas prescriptivas", nos cercan de tal manera que no nos dejan ver el bosque de la vida pública. Los españoles vivimos alegres y confiados por haber superado la crisis económica de 2007, pero los ingresos familiares languidecen sin darnos mucha cuenta. No hay forma de que desaparezca el paro endémico, mientras seguimos aceptando, resignados, un aluvión incontrolado de inmigrantes (ahora dicen "migrantes") extranjeros, muchos de ellos inactivos. No es mucho consuelo que las grandes empresas se hallen contentas con el Gobierno socialista, el que dice que va a crear no sé cuántos empleos. Al ejército permanente de unos tres millones de parados habría que añadir el millón largo de ocupados más o menos parasitarios.

Más grave aún es la tendencia indeclinable a la desintegración de España. Se ha llegado al punto de pensar que los representantes de los partidos separatistas (que por definición no se consideran españoles) se sienten en las Cortes Españolas y sigan constituyendo la clave oculta del Gobierno de España.

Lo lógico es que los graves problemas dichos preocuparan a los partidos con mayor representación política y, por tanto, con mayor apoyo del electorado. Pues no; solo parecen interesar de verdad a uno minoritario, aunque de alcance nacional: Vox. Se llega a la aberración lógica de menospreciarlo como "extrema derecha". El planteamiento del problema de la unidad nacional es realmente de "extrema necesidad", como señaló Santiago Abascal.

Un efecto colateral de la desintegración de España es la vigencia de la malhadada "ley de memoria histórica". Nada menos que trata de ocultar el hecho de que hubo una guerra civil y que la perdió el bando republicano. En consecuencia, hay que borrar todas las huellas y los testimonios que dejó el bando vencedor de las derechas. Un ejemplo mínimo. Recientemente, el Instituto de Bachillerato Ramiro de Maeztu, de Puente Genil, se ha visto obligado a cambiar el nombre. No creo que los ediles de la bella ciudad cordobesa hayan leído las influyentes páginas de Ramiro de Maeztu sobre "el sentido reverencial del dinero". Acaso solo entiendan que el eximio escritor fue fusilado por los republicanos. Conviene aportar el hecho de que, en las últimas elecciones regionales, los partidos de izquierda de Puente Genil ganaron por mayoría absoluta. Es solo una gota de agua en la corriente que nos inunda.

Lo más patético es que la orwelliana ley de memoria histórica no fue abolida en su día por el PP, cuando este partido gozaba de la mayoría absoluta en el Gobierno. Ni siquiera ahora en la oposición los líderes del PP plantean abolir la desgraciada ley. Seguramente creen que una acción así podría ser tachada de "extrema derecha", cuando el PP sigue emperrado en ser de "centro". Así le va.

No ya las tres derechas sino los cinco partidos nacionales tendrían que sentarse a plantear los graves problemas que acumula la vida pública española. He citado unos pocos a guisa de ilustración, pero todos confluyen en la idea o el sentimiento de que España se deshace. Ni siquiera un hipotético milagro económico nos daría la tranquilidad suficiente. De nada vale el consuelo adventicio de las estadísticas triunfalistas o la clásica mezcolanza de deseos y realidades a que se reduce últimamente la función de gobernar. Todo eso proviene de que el Gobierno pone a su servicio la formidable máquina de propaganda que es Radiotelevisión Española. Por cierto, se trata de un invento del franquismo convenientemente mejorado. Otra paradoja: Vox es el único partido que se plantea la privatización de ese gigantesco medio, multiplicado, además, por la red de televisiones regionales (que dicen "autonómicas"). Habría que dejar claro quién defiende y quién se opone a esa onerosa herencia del franquismo que son las televisiones públicas.

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