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Amando de Miguel

Oda a la vacuna

Parece inverosímil el anuncio oficial de que, dentro de unos pocos meses, los españoles van a estar vacunados. ¿No será un ardid propagandístico?

Amando de Miguel
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En cuanto pase la pandemia del virus chino, en el año 2023 celebraremos el segundo centenario de la muerte de Edward Jenner, el descubridor de la vacuna (contra la viruela), en 1796. Pocos años después de tal sensacional avance, la corte ilustrada de Carlos IV emprendió en España la expedición de Francisco Balmis (médico del Rey) para llevar la vacuna a América. No tuvo más remedio que utilizar a los pobres hospicianos de Madrid como portadores de las pústulas de la viruela. No había otro medio de llevar la vacuna, a través del Atlántico, y luego desde Texas a Chile. El suceso fue tan extraordinario que movió al poeta Manuel José Quintana a componer la “Oda a la vacuna”, o sea, “a la expedición española para propagar la vacuna a América”. No sé dónde se podría hallar hoy el equivalente literario para la ansiada vacuna del virus chino, que asola al mundo. Los ilustrados hodiernos no sé dónde paran.

Después de nueve meses de angustia por la dichosa pandemia, cunden las noticias sobre las vacunas salvadoras. Como me indica mi amigo Fernando Faces, el suceso representa la dimensión de la esperanza, la misma que mueve las Bolsas y, en definitiva, la economía. No es asunto baladí. 

Hay mucho de mito en la difusión de las noticias sobre las vacunas, al tratarse de una enfermedad incurable, cosa que no se dice. Los interrogantes son muchos. ¿Por qué hay tantas vacunas en marcha? ¿No habrá, por casualidad, alguna española? Parece inverosímil el anuncio oficial de que, dentro de unos pocos meses, los españoles van a estar vacunados. ¿No será un ardid propagandístico? Más difícil de creer es que la operación salvífica será gratis, como no lo han sido las mascarillas. Se dice en los Estados Unidos: there is not such a thing as a free lunch. O sea, “no es verdad eso de las comidas gratis”. Es decir, alguien pagará el inmenso coste que suponen los cientos de vacunas en marcha. Porque habrá varias efectivas, unas más baratas y eficaces que otras. Maravilla que el Gobierno español haya decidido ya cuáles van a ser las óptimas desde todos los puntos de vista. Si la simple operación, hace seis meses, de proveernos de mascarillas supuso pingües y oscuros negocios, qué no sucederá con la importación de vacunas. ¿Seguro que no hay comisiones por aceptar una u otra? Ya es sospechoso que un laboratorio norteamericano, nada más anunciar la nueva vacuna, haya conseguido un fabuloso beneficio en la Bolsa, al desprenderse de un paquete de acciones. ¿No era eso un delito en los Estados Unidos? Agio se llamaba en la literatura clásica.

No está claro, para el público ignaro, si la vacuna puede ser también un remedio para los ya infectados, que son muchos millones en todo el mundo. Tampoco es fácil eliminar las dudas sobre los eventuales efectos adversos de las vacunas. Las diferencias de precio van a ser muy notables de unas vacunas a otras. Tengo escrito, desde haces meses, que las vacunas más rentables serán las provenientes de China. Es un suponer.

Dadas las angustias que genera la extensión de la pandemia, nadie se plantea la salida más sencilla. La enfermedad seguirá su curso natural; algún día, simplemente, se desvanecerá por ella misma. Hace seis meses escribí que tal plazo podría ser de tres años. No era un aserto científico (no podía serlo), solo una corazonada. El problema es que, mientras tanto, los daños en la salud y en la economía están siendo incalculables. Por eso interesa tanto el planteamiento del coste de las vacunas, algo que se hurta, bonitamente, a la opinión pública. Claro que nos engañan tantas veces, que una más no llama la atención.

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