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Antonio Robles

Aniversario del estafador

Nadie recordó que hace cinco años el honorable Jordi Pujol largó en directo que había estado defraudando a Hacienda toda su vida.

Antonio Robles
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Con tanto ajetreo en el Congreso, entre los que forcejeaban por el Gobierno y los que procuraban hacer tiempo para dejar que todo se pudriese en beneficio propio, nadie recordó que hace cinco años el honorable Jordi Pujol largó en directo que había estado defraudando a Hacienda toda su vida. Un despiste, según él. Bueno, en realidad dijo que no había encontrado el momento. Ahí sigue, sin procesar y sin visos de pisar jamás la cárcel. Cosas veredes.

Y mientras esos politiquillos se mentían en el Congreso, y el padrino del 3% pasaba desapercibido, un fascistilla del dret a decidir decretaba desde la Cámara de Comercio de Barcelona que los que hablan español son gente prescindible. Al menos su lengua. Ya se verá qué se hace con su ciudadanía más adelante. De momento ya ha vetado el español en las ruedas de prensa.

Si estos señores de la burguesía catalana chulean de esta guisa a periodistas profesionales a la vista de todos y con las cámaras de TV grabando… ¿se imaginan lo que hacen con nuestros niños en la escuela, a resguardo de los medios?

Así llevamos 40 años. Bueno, seamos exactos, así llevamos 39 años, exactamente desde que el señor del 3% decidió considerar al idioma común de todos los españoles de origen sospechoso: "El castellano en Cataluña viene de una violencia antigua". No me extraña que no tuviera ocasión de declarar las bolsas de basura llenas de billetes camino de Andorra. Por entonces estaba muy ocupado en convertir una sociedad catalana cohesionada y emprendedora en una sociedad infectada de identidades y odio. Por doquier deberían levantarle estatuas, nadie como él hizo tanto por esta Cataluña desquiciada.

Y mientras estas pequeñeces se multiplicaban, nuestros padres de la patria se partían el lomo en el hemiciclo.

Pedro Sánchez habló de "principios" (carcajadas y mucha coña), y enfatizó que prefería la derrota a renunciar a éstos: "Si usted me obliga a elegir entre el Gobierno de España o bien optar por mis convicciones, yo no tengo ninguna duda, elijo mis convicciones". Si ríen o lloran, háganlo con moderación, no vayamos a tener un disgusto.

Pablo Iglesias pasó de asaltar los cielos de otros tiempos a ronronear como un gatito amedrentado por la amenaza de nuevas elecciones. Puro tigre de papel.

Mientras, Albert Rivera pasó de predecir un pacto ya cerrado entre "Sánchez y su banda" a justificar el error con la retórica: "Han tratado a España como un botín (…) Porque el plan de Sánchez era esto, llegar al final y repartirse el botín. ¿Cuál es el problema en todo esto? Que la banda no se ha puesto de acuerdo en cómo repartirse el botín". Para algo sirve la labia. Gorgias, aquel sofista griego que invitaba a los atenienses a retarle dialécticamente a favor y en contra de una misma cosa, era capaz de convencerlos de la una y de la otra.

Quizás fuere Rufián el más patético. Su abstención vendida como acto de responsabilidad no era más que el precio adelantado para comprar el indulto de los suyos. ¡Sálvese quien pueda!

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