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Con nocturnidad y alevosía

¿Han reparado estos pirómanos de salón en las consecuencias inquietantes que están deparando a la sociedad catalana?

Antonio Robles
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Choque de legitimidades, ley de transitoriedad jurídica, proceso de desconexión. Nunca un golpe de Estado institucional se había servido de tanta casquería lingüística para lograr sus fines con apariencia de legalidad.

Ayer la mayoría independentista del Parlamento de Cataluña se otorgó el derecho a pisotear la democracia en nombre de la democracia. Una falange de camisas negras puede ser menos educada, pero no más cínica y fascista. Porque estos cantamañanas del derecho a decidir por encima del derecho del resto de españoles sólo son eso, delincuentes crecidos con una alta autoestima.

Con estos abusos parlamentarios pretenden sacar adelante leyes de desconexión sin garantías jurídicas ni parlamentarias, llevadas en secreto y por el procedimiento de urgencia para que no puedan ser recurridas y debatidas por el resto de los grupos parlamentarios, que tienen derecho a ello según las normas del propio Parlamento. Pretenden ampararse en la astucia de la raposa para impedir la acción constitucional del Estado de Derecho al que deben su existencia. Todo es muy sucio y sin maldita gracia.

Ya está bien de respetar las formas que nunca respetan ellos. ¿Qué diferencia hay entre el filibusterismo parlamentario que están desplegando estos libertadores de salón ylas tretas de Erdogan o de Maduro para poner las constituciones de sus países al servicio de sus ideologías e intereses? ¿Qué diferencia hay entre estas artimañas para impedir que se debatan leyes en el Parlamento y la Ley Habilitante de 1933 que concedía al canciller Adolf Hitler y a su gabinete el derecho a aprobar leyes sin la participación del Parlamento? Entonces, en nombre de los peligros que acechaban al Pueblo y al Estado; ahora, en nombre del derecho del Pueblo de Cataluña a decidir su independencia del Estado opresor español. En ambos casos, pisoteando las reglas del propio Estado democrático que les daba a los nacionalsocialistas entonces y da a los nacionalcatalanistas ahora su propia legalidad.

Nuestros representantes políticos, se preguntaba la catedrática de Derecho Constitucional Teresa Freixes, "¿van a continuar aceptando la ignominia consistente en que una mayoría parlamentaria legisle saltándose las propias normas?", para pasar a recordarles que la Ley 19/2014 de transparencia aprobada por el propio Parlamento catalán establecía la obligación de dar a conocer las actuaciones y decisiones de relevancia jurídica, los procedimientos normativos en curso de elaboración y tramitación, las memorias y los documentos justificativos de su tramitación, el tiempo para presentar enmiendas, información y participación ciudadana, etc. ¿Las leyes elaboradas por ellos mismos también deben saltárselas en nombre de la independencia?

Bien está comparar para apreciar la impostura, pero mejor analizar la propia impostura. ¿Qué melonada jurídica es esa de choque de legitimidades o de ley de transitoriedad jurídica? Aquí no hay choque de legitimidad alguno, como no lo hay entre un delincuente y la ley que le prohíbe violar; aquí no hay transitoriedad jurídica alguna, como no la hay entre pagar los impuestos debidos y negarse a hacerlo en nombre de la religión que profesas. La ley es una, y todo lo que se le opone o pretende suplantarla ni siquiera es ley, solo es una forma sofisticada de delinquir. Son nuestros representantes elegidos democráticamente los que hacen, modifican o sustituyen leyes, y ninguna institución que no esté facultada para ello puede arrogarse tal facultad. El Parlamento de Cataluña tiene limitadas sus facultades legislativas a las recogidas en su Estatuto de 2006 y garantizadas por la Constitución de 1978. Nunca puede haber, si no es violentando las competencias del Estatuto y la Constitución, doble legalidad ni transitoriedad alguna. Quien se otorga desde el Parlamento de Cataluña atribuciones que no tiene no es mejor que Maduro, Erdogan o el propio Hitler. Al menos en las formas. Suena fuerte, por eso habrá que írselo recordando para que vayan asumiendo de una vez que su comportamiento no es muy diferente a los de estos otros nacionalistas. Sobre todo, nacionalistas de lo suyo.

¿Han pensado estos pirómanos de salón las consecuencias inquietantes que están provocando en la sociedad catalana? ¿Han sopesado el odio creciente que se huele ya en miradas y comentarios de tertulianos afines, tuits de internautas, o discusiones entre nacionalistas y el resto? ¿Se harán responsables de sus consecuencias? ¿O alguien cree a estas alturas que esto acabará bien?

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