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Antonio Robles

Coro de plañideras

Bien harían en salvarse a sí mismos, abriendo las ventanas de la consulta del psiquiatra y respirando aire puro.

Antonio Robles
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EFE

Exhausto de tanta melonada catalana, un revés en la escritura de ayer, me retrotrae en mitad de la noche a la niñez de Castilla para refutar con desdén tanta plañidera. Un receso en la memoria para comparar actitudes. Y dejar fluir la tinta literaria tanto tiempo relegada por el lenguaje sobado de la política. Alzar la mirada, volar sobre los acontecimientos, y rumiar nostalgias. Y así, sin darnos cuenta, nos vamos haciendo viejos. Enterrados en vida por tanto necio.

Cuando uno se aproxima a la historia de Cataluña de los últimos tres o cuatro siglos y la compara con el presente, al final siempre se acaba encontrando con el mismo coro de plañideras. Es como viajar a esos pueblos fosilizados en el tiempo, donde las amistades y enemistades que en su día tuvieron los que ya están muertos siguen condicionando las relaciones, los afectos y hasta los matrimonios de los vivos. Durante años he frecuentado la historia de España y su variante catalana y mientras los castellanos con carácter general hace tiempo que dejamos de flagelarnos con las glorias y los fracasos del Imperio, los catalanes llevan varios siglos en el diván del psicoanalista, preguntándose quiénes son, si su carácter se forjó en la montaña o en el litoral mediterráneo, cómo les afecta el viento del Ampurdán, si predomina el seny o se impone la rauxa y discerniendo sobre el daño que les ha infligido Castilla o en su versión corregida y aumentada, el Estado español. Es más, muchos de sus historiadores, incluidos los mejores como Vicens Vives, dedican más tiempo a la terapia de grupo sobre sus cambiantes complejos de inferioridad o superioridad, que a la explicación en su contexto de los hechos históricos.

Todos tenemos pasado y hemos sufrido lo nuestro. Los cabecillas de la sublevación comunera fueron ajusticiados y Villalar es solo una aldea perdida de Valladolid. Pero aquí seguimos. Y el famoso Imperio español en Europa, que, según algunos críticos, nos ha hecho orgullosos y pendencieros (aunque pocos se reconocerán en el retrato), dio mucha gloria y escasa paga a soldados de fortuna, pero dejó exhausta la hacienda y el censo de población del reino. Pero habrá que seguir viviendo. También la generación del 98 se dedicó a buscar el alma inmortal de Castilla y me temo que Unamuno, Azorín y el resto no encontraron nada que ahora nos sirva de mucho provecho.

Si resulta agotador hablar de si el abuelo fue falangista o republicano en medio de una memoria histórica de vivos, es aún más cansado seguir con las heroicas rebeldías de Pau Claris, Rafael de Casanovas o Lluís Companys, que acabaron todas en humillantes derrotas. Y cuando son los hijos y los nietos de la última emigración los que se suman al coro de plañideras, entonces ya la fatiga se convierte en malhumor y furia. ¿Y eran estos los que tenían que catalanizar a España para salvarla de su postergación? Bien harían en salvarse a sí mismos, abriendo las ventanas de la consulta del psiquiatra y respirando aire puro, de la montaña o el mar, pero que no esté contaminado de tanta mitología adulterada.

¡Qué alivio! Escribir por escribir sin decir nada de provecho. Nostalgia de la mugre. Silencio.

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